Guadalupe Orona Urías

 

Pachuca, Hidalgo.- Soy de las que piensan que era necesario, al menos por una razón, que ganara la presidencia de la República el actual mandatario, licenciado Andrés Manuel López Obrador, a pesar de las calamitosas consecuencias que ello podría traer y que hoy estamos ya padeciendo.

Que llegaríamos a dicha situación era esperable, sin ser adivinos; era cuestión de valorar bien el diagnóstico que se hacía del país por parte del entonces candidato, pero sobre todo de la medicina que consideraba debía aplicarse para curar a este enfermo país. 

En su momento, el Movimiento Antorchista trató de explicar a los mexicanos a través de los medios a su alcance, donde, obviamente no se incluyen los medios electrónicos de comunicación masiva;  así, con las limitaciones propias de una organización independiente, fuera de las esferas del poder económico y político, intentó explicar por qué era peligroso para la nación que se pusiera en práctica un proyecto de país cuyo diagnóstico básico era claramente erróneo, ya que se colocaba como problema principal la corrupción y no la inequitativa distribución de la renta nacional; es decir, López Obrador, a pesar de su slogan de campaña, “primero los pobres”, no consideraba como problema principal de México la pobreza y sus graves padecimientos: falta de salud, de educación de calidad, vivienda, servicios públicos, seguridad, etc.

Y cuando digo que el triunfo de López Obrador tuvo un aspecto positivo es porque era necesaria una lección política viva, una experiencia, por amarga que fuera, que arrancara la venda de los ojos de muchos mexicanos mareados por la campaña de AMLO. La lección se nos había dado en argumentos, en explicaciones y con sólido fundamento teórico por parte del Movimiento Antorchista, pero así, en su forma verbalizada no llegaba a calar lo suficiente en la conciencia popular.

Se necesitó, pues, que la realidad, la práctica, de la que aprende la masa, la sacudiera, la cimbrara y le ayudara a despertar de aquel sueño hipnótico. La lección era, y sigue siendo clara, y profundamente cimentada en la experiencia histórica: la solución a los problemas del pueblo debe ser obra del pueblo mismo; nadie nos salvará de nuestra miserable situación; en política no hay mesías que por su puro poder personal resuelvan lo que al propio pueblo corresponde solucionar.

No es este un dogma o una cuestión de fe; simplemente la historia, la realidad a través del tiempo nos muestra que en ningún lugar del mundo se ha podido transformar la realidad gracias a los deseos o a los superpoderes de un solo individuo tipo Batman o Supermán (tales prodigios se ven solo en películas e historietas de Hollywood), sino que ha sido posible por la acción organizada y consciente de la población en general, en particular de la inmensa mayoría sufrida, pero también, la que por su número puede constituirse en fuerza transformadora, revolucionaria, capaz de cambiar al país y con ello, su situación.

Hoy, de nueva cuenta ha llegado la decepción, si no aún a los 30 millones que votaron por AMLO, sí a un número muy importante. Según revela la encuesta de MITOFSKY, López Obrador tenía una aprobación de 62.6 por ciento de los mexicanos en noviembre de 2018, y para junio de 2020 solamente 46.8 aprueba su gobierno, es decir, más de la mitad lo reprueba: ha perdido 15.8 puntos, porcentaje que, aplicado al total de sufragios reales emitidos en la pasada elección presidencial (56.6 millones), representan arriba de 9 millones de votos reales.

Mientras la mayoría de los mexicanos siga dejándose llevar por las promesas, como tradicionalmente ha sucedido, y se repitió en julio de 2018 con López Obrador; o bien, vendiendo su voto al mejor postor, habrá siempre vivales que se aprovechen de la necesidad económica de millones de mexicanos y también de su falta de herramientas intelectuales para discernir con claridad si lo que escuchan es creíble, y factible; habrá siempre vividores de la política, dispuestos a entregar una migaja a cambio de los votos que necesita para escalar un puesto y luego gobernar como reyezuelos, despreciando y pateando a quien se dejó comprar.

Mientras esa mayoría se mantenga dispersa y poco dispuesta a hacer uso de sus derechos constitucionales, y a invertir parte de su tiempo para hacerlos efectivos, seguirán llegando falsos mesías que nos ofrezcan el oro y el moro, y pasarán otros tantos años y seguiremos padeciendo las mismas calamidades y peores, como está ocurriendo en el actual gobierno de López Obrador, pues hoy, mucho bla, bla, bla del presidente, pero, por otro lado, miles y miles de muertos por falta de atención médica oportuna y por la negativa a dar apoyos a la población para que no tenga necesidad de salir y arriesgarse a contagiarse por el Covid-19; millones de desempleados y sin opciones inmediatas o a corto plazo de conseguir trabajo; aumentos indiscriminados a servicios públicos como la energía eléctrica, sin importar que el número de familias que no tienen ni para comer ni pagar la renta se haya multiplicado.

Y para apreciar mejor la calaña de los actuales gobiernos de los tres niveles, empezando por el federal, simplemente veamos su actuar ante la pandemia, y comprobaremos que su “amor al prójimo” es puro cuento; que no les importa ni les duele el sufrimiento de los familiares de los casi 30 mil muertos por el coronavirus; ni tampoco de los que se han quedado sin trabajo. Vemos que López Obrador prefiere gastar miles de millones de pesos en su famoso tren Maya o en la refinería de Dos Bocas que usar ese dinero para salvar vidas y dar alimento y sustento a millones de mexicanos. Y siguiendo el ejemplo del gran tlatoani, vemos gobernadores, como el de Hidalgo, que también prefiere continuar con sus puentes monumentales en Pachuca en lugar de apoyar a los miles de hidalguenses que están pasando las de Caín para sobrevivir; vemos al gobernador Fayad que prefiere gastar millones en frivolidades como su “imagen” que pagar el salario a profesores que sí han trabajo, o invertir realmente en la educación y en la salud de los hidalguenses.

Millones de mexicanos necesitan un verdadero apoyo y se les niega; se les escamotean sus propios recursos para salvarlos de la miseria, pero pronto, muy pronto veremos a esos señores o a sus correligionarios de partido entregando una despensa a cambio de un voto. Hoy que la gente necesita esa despensa, ese apoyo alimentario no hay recursos, no hay presupuesto, pero en las campañas sí habrá recursos y presupuesto para dejarnos en claro que les importa un bledo el ser humano y sus sufrimientos, que a ellos lo único que les importa son las elecciones, el poder.

Así que, fijémonos muy bien por quién votaremos; valoremos al candidato y su trayectoria, lo que realmente ha hecho por su pueblo, por su municipio o por su pueblo. La vida nos habrá enseñado que sólo el pueblo organizado y educado podrá transformar sus circunstancias actuales y gobernar con justicia, y así la amarga experiencia de la falsa ilusión llamada AMLO será útil porque nos habrá dado una lección: que el pueblo supere su credulidad, su inocencia política, y asuma una actitud más crítica y exigente ¿Aprenderemos la lección?

 

 

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