Vladimir Galeana

Alguna vez tuve la mala fortuna de visitar a un subdirector de tránsito que presuntamente era mi amigo,  con la finalidad de obtener de forma fácil una licencia de manejo. Fue en Acapulco y tendría yo cerca de veinticinco años. Cuando me recibió en su despacho y le señalé el motivo de mi visita entró uno de sus subalternos para avisarle

que traían a un sujeto que había robado en una tienda departamental. Pidió que lo introdujeran. Venía esposado con las manos atrás. Era muy Moreno y de bigotes ralos, lo que me indicó su origen en la costa chica. Sin siquiera preguntarme si quería permanecer en el mismo lugar, le preguntó sobre lo que se había robado, a lo que el sujeto contestó que él no había robado y que no le habían encontrado nada que no fuera de él.

El subdirector movió imperceptiblemente la cabeza y al pobre hombre comenzaron a lloverle rodillazos en los bajos y en el vientre que le sacaron el aire, y al doblarse, le propinaron durísimos codazos en la espalda hasta caer desfallecido. Muy enojado nuevamente preguntó lo mismo y el sujeto tuvo que señalar que se robó una licuadora para que lo dejarán de golpear. Ordenó que lo consignarán y yo me retire de inmediato sin decir nada. Nunca volví a ver a ese ruin sujeto, pero solicite a mi primo Pedro Galeana, abogado postulante en Acapulco, que lo ayudara a salir del aprieto en que lo metieron por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Muchas veces he escuchado relatos de casos de tortura y he constatado los excesos policiales, incluso en los retenes del alcoholímetro en la Ciudad de México donde alguna vez me retuvieron en una fila durante veinte minutos, solamente que quien pagaba el taxi era yo y no ellos. Por negarme a hacerme la prueba de alcoholemia, estuve a punto de ser remitido, aunque no viniera manejando.

La tortura ha sido un hábito en este país, y no necesariamente se da a base de golpes. Cualquier elemento policiaco utiliza la tortura psicológica para intimidar a cualquier ciudadano buscando colocarse por encima de ellos. Lo mismo hacen los Agentes del Ministerio Público cuando, en uso de sus acostumbrados abusos, amenazan con remitir a cualquiera que haya cometido una falta para sacar provecho de la circunstancia. En México, la tortura es algo habitual, y eso no puede ser negado porque existe mucha evidencia de ello.

De las 7 mil 164 quejas por tortura y abusos evitados entre 2010 y 2013 por la Comisión Nacional de Derechos Humanos, ninguna acabo en condena, lo que a juicio de los especialistas provocó que ninguna queja prosperara. Para decirlo de otra forma, la tortura es habitual en este país y la realizan en todo tipo de dependencias policiales cuando de “sacar” verdades a fuerza de golpes, asfixia o simplemente por amenazas. Es monstruoso lo que se provoca en la psique de quien la padece. Creo que la única forma de erradicarla es mediante la aplicación de la ley a quienes piensan que esa es la mejor manera de hacer las cosas. No podemos seguir por ese camino. Al tiempo.[email protected]

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