el populismo

Blas A. Buendía  

El populismo y/o neopopulismo no es una doctrina, es una propuesta política oportunista que pretende tomar ventaja de las instituciones democráticas para acceder al ejercicio del poder. Es un fenómeno de múltiples caras, con una acendrada “ideología de bipolares histrionismos y  crónicos, y trastornos resentimientos de quienes la profesan y manipulan grotescamente”.

El populismo es una estrategia de “personalidades” obsesivas que explotan los sentimientos de la gente, inducidos por la sobre exaltación de los conflictos sociales como la desigualdad, la injusticia y carencia de oportunidades para polarizar y enfrentar a la sociedad, culpando a unos de las carencias de otros.

La esencia del populismo reside en hacer creer a la gente que se lucha por ella en tanto se lleva la economía al fondo del precipicio, a tal suerte que la sociedad es utilizada únicamente como un medio auto-suicida.

El populista se dedica a sembrar el odio social, y nadie representa un mayor riesgo para una Nación que aquel que se esmera en dividir a sus connacionales, en sus acciones se empeñan en fragmentarla.

Los populistas implementan políticas que hacen a un lado las leyes y normas constitucionales para aparentar favorecer a la población, no pagar la deuda externa, nacionalizaciones escénicas, creación de antagonismos contra los actores empresariales y la satanización del mecanismo de libre mercado, para favorecer las propuestas del dirigente populista.

No es fácil sustraerse a la tentación del populismo. Es la personificación de un avance político efímero, destello de pirotecnia verbal y promesa de escenarios vanos ante una problemática social que es utilizada para hacerse del poder político y luego criminalmente ya no soltarlo.

Si en algún campo del quehacer político es más peligroso el populismo, es en el económico, ya que es un enfoque de la economía con base a un modelo que “privilegia” políticas radicales de redistribución del ingreso pero, menosprecia los riesgos de la inflación, la inversión privada y el financiamiento deficitario. Esto conlleva a restricciones externas y a la reacción negativa de inversionistas y de los mercados.

Rudiger Domsbuch, eminente economistas del Instituto Tecnológico de Massachusetts, en su conocida obra “Macroeconomía del Populismo en la América Latina”, sostiene que el destino de las políticas populistas es el fracaso. Este fiasco siempre produce estragos y un costo mayor para la sociedad que supuestamente se pretende beneficiar.

Los populistas crean espejismos, es decir, primero prometen elevar la producción y los salarios; sus políticas macro económicas aparentar marchar correctamente mientras dilapidan el producto de la exportación de materias primas o del endeudamiento con el exterior.

La inflación de inicio no es mayor problema, y las importaciones alivian una oferta nula o escasa.

Sin embargo, casi de inmediato, ante el hostigamiento al sector privado por parte del Estado y la vulnerabilidad de los derechos de propiedad, surge la insuficiencia de bienes y la falta de estragos en la población, los capitales se fugan, cae la recaudación, la inestabilidad se generaliza y el odio social se agrava, por lo que la economía como un todo se colapsa.

En su fase final se desploman los salarios reales, cesan las inversiones, la economía decrece y resulta aislada de los mercados del resto del mundo.

En este momento aparecen las condiciones para que surja el rostro desenmascarado del fascismo y la anarquía.

Como se ha observado en los gobiernos populistas de América Latina, es la peor adulteración de la democracia, es decir, basta con observar históricamente qué ha pasado en Argentina, Ecuador, Venezuela, Bolivia, Cuba que sin ser democrática, vive aún de un fascismo trasnochado, y no es casualidad que la persistencia del régimen populista venezolano o argentino, hayan ubicado a esos países como el primero y segundo lugares en el índice de miseria económica global (evaluado por sus tasas de inflación y desempleo en forma conjunta).

Tales experiencias muestran que sus políticas son la antítesis de una política económica responsable, ejercida por un gobierno democrático.

Bien lo ha dicho Manlio Fabio Beltrones, cuando era líder del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Revolucionario Institucional (PRI): “Los países han vivido en diferentes latitudes del mundo circunstancias en las cuales los populismos, los han llevado a la desgracia”.

Una política responsable conlleva la superación de la “tentación populista”. Por eso, México postula una política económica responsable: crecimiento, desarrollo y mejora en la distribución de la riqueza en forma exitosa y continuada.

Pese a la crisis globalizada, México sigue creciendo alentadoramente según lo estimado, en medio de un mundo con inestabilidad financiera y letargo en su crecimiento.

Este resultado se traduce en baja inflación, en salario remunerador, alto volumen de inversión privadas directas, explotación racional de los recursos naturales, un comportamiento dinámico del consumo y mayores y mejores empleos.

Aun cuando los agoreros del desastre perfilen sus baterías de la denostación para crear la zozobra ideológica entre los mexicanos, México frecuentemente tiene un Jefe del Ejecutivo federal surgido por voluntad del voto limpiamente emitido, un Estadista que enarbola una política económica racional y responsable.

No es lo mismo un gobierno populista que promete mucho y entrega poco, que un Gobierno responsable y de resultados.

De tal suerte, el populismo jamás dejará de ser un súper peligro para cualquier nación de Latinoamérica, y México no está exento en la emboscada de los azares de quienes se sienten Mesías perturbadores, Redentores dislocados o Salvadores bipolarmente trastornados.

¿De qué hablamos cuando hablamos de populismo?

El populismo es el arma necesaria para convertirte en un buen líder populista. El populismo es una corriente política que fue muy popular a mediados de la segunda década del Siglo XX en Latinoamérica.

Consistía en que un grupo de personas, con carisma y buena demagogia, decían mentiras para que “su pueblo”, quienes eran nada menos que los trabajadores (cuando estos líderes ni trabajaban), les dieran sus votos y salir así elegidos presidentes. O también, como en la mayoría de los casos, para no ser echados del palacio presidencial a patadas.

El origen del su terminología, se remonta al popular pueblo romano, quienes eran muy populares por sus increíbles fiestas estilo Hangover y también por sus brillantes conquistas, que valieron para que después los Hunos si te interesaran en ellos y quisieran acabar con toda su gente.

Entre sus líderes populares más conocidos, se puede nombrar a Catilina, Cayo Mario o Julio César. Éste último fue muy popular entre los bárbaros Galicios, ejemplo de ello, es que tuvo el honor de salir en la serie animada Asterix & Obelix.

También este César fue conocido como El Seductor, además es considerado un populista por hablar siempre de un trato igualitario entre los pobres y los aristócratas (los esclavos no contaban, a pesar de que eran una gran parte de la población). Lástima que antes de hacer una gran reforma a favor del pueblo, fuera asesinado.

Un punto en común que tuvo el populismo en este época con el actual, es que también hubo personas no populares, que debido a la envidia de no tener la fama de los populares líderes de Roma actual, se vieron obligados a usar su única opción, el asesinato.

Es así como Cicerón, tal cual como lo hizo el autócrata Augusto José Ramón Pinochet Ugarte, en 17 años (1973-1990), acabó con la vida de varios líderes populistas. Cicerón, por cierto, pertenecía al partido aristócrata Optimates, quienes eran veneradores de su Dios Optimusprime.

En discusiones políticas y en los medios, el concepto “populismo” suele mencionarse como una amenaza. Sin embargo no existen en el mundo movimientos que así se autodefinan.

El historiador Ezequiel Adamovsky hace un recorrido cronológico sobre el término, arrancando en la Rusia de 1800, pasando por América Latina e incluyendo el sentido positivo que le dio Ernesto Laclau. ¿Sirve una categoría que se le puede aplicar tanto a la coalición de izquierda griega de Syriza como a sus enemigos del movimiento neonazi?

Por todas partes se habla del “populismo” en los debates políticos y en los medios. No hay día en que no se lean en columnas de la prensa norteamericana, europea o de América Latina, que adviertan sobre alguna amenaza “populista” en algún lado: de Venezuela a Grecia; de España a Argentina. Incluso dentro de los Estados Unidos se suele acusar a algunos políticos de ser “populistas”.

Es como si fuera una especie de plaga desconocida: está por todas partes y nadie puede explicar del todo cómo se ha expandido tanto. ¿Pero qué quiere decir “populismo”? ¿Existe realmente una “amenaza populista” que esté afectando a las democracias de todo el planeta?

“Populismo” y el adjetivo “populista” fueron términos académicos antes de transformarse en expresiones de uso común. A su vez, como muchos otros conceptos académicos, nacieron como parte de vocabularios políticos de algún país en concreto.

“Populismo” fue utilizado por primera vez hacia fines del Siglo XIX para describir un cierto tipo de movimientos políticos. El término apareció inicialmente en Rusia en 1878 como Narodnichestvo, luego traducido como “populismo” a otras lenguas europeas, para nombrar una fase del desarrollo del movimiento socialista vernáculo.

Como explicó el historiador Richard Pipes en un estudio clásico, ese término se utilizó para describir la ola anti-intelectualista de la década de 1870 y la creencia según la cual los militantes socialistas tenían que aprender del Pueblo, antes que pretender erigirse en sus guías.

Pocos años después los marxistas rusos comenzaron a utilizarlo con un sentido diferente y peyorativo, para referirse a aquellos socialistas locales que pensaban que los campesinos serían los principales sujetos de la revolución y que las comunas y tradiciones rurales podrían utilizarse para construir a partir de ellas la sociedad socialista del futuro.

Así, en Rusia y en el movimiento socialista internacional, “populismo” se utilizó para designar un tipo de movimiento progresivo, que podía oponerse a las clases altas, pero –a diferencia del marxismo– se identificaba con el campesinado y era nacionalista.

Aparentemente sin conexión con el precedente ruso, “populismo” surgió también como término político en los Estados Unidos luego de 1891, para referir al efímero People’s Party (Partido del Pueblo) que surgió entonces, apoyado principalmente por los granjeros pobres, de ideas progresistas y anti-elitistas.

Tal como en Rusia, el término también refirió allí a un movimiento rural y a una tendencia anti-intelectualista; utilizado por los oponentes del nuevo partido, también adquirió de inmediato una connotación peyorativa.

Como mostró Tim Houwen, “populismo” permaneció como un vocablo poco utilizado hasta la década de 1950. Sólo entonces fue adoptado por la academia -entre otros por el sociólogo Edward Shils– aunque con un sentido completamente novedoso.

En la formulación de Shils, “populismo” no refería a un tipo de movimiento en particular, sino a una ideología que podía encontrarse tanto en contextos urbanos como rurales y en sociedades de todo tipo.

“Populismo” para Shils, designaba “una ideología de resentimiento contra un orden social impuesto por alguna clase dirigente de antigua data, de la que supone que posee el monopolio del poder, la propiedad, el abolengo o la cultura”.

Como un fenómeno de múltiples caras, tal “populismo” se manifestaba en una variedad de formas: el bolchevismo en Rusia, el nazismo en Alemania, el Macartismo en Estados Unidos.

Movilizar los sentimientos irracionales de las masas para ponerlas en contra de las élites: eso era el populismo. En otras palabras, “populismo” pasó a ser el nombre para un conjunto de fenómenos que se apartaban de la democracia liberal, cada uno a su modo.

En las décadas de 1960 y 1970, otros académicos retomaron el término, en un sentido algo diferente, aunque conectado con el anterior. Lo utilizaron para nombrar a un conjunto de movimientos reformistas del Tercer Mundo, particularmente los latinoamericanos como el peronismo en Argentina, el Varguismo en Brasil y el Cardenismo en México.

A pesar de que algunos de estos académicos valoraban positivamente la expansión de nuevos derechos para las clases bajas que había venido de la mano de estos movimientos, su tipo de liderazgo era el rasgo distintivo: era personal antes que institucional, emotivo antes que racional, unanimista antes que pluralista.

En este sentido, se medían con la vara implícita de las democracias “normales”, es decir, liberales del Primer Mundo. En eso, estos trabajos se conectaban con los de los académicos como Shils: implícitamente compartían una mirada normativa sobre cómo se suponía que debían ser y lucir las verdaderas democracias.  

Así, en el mundo académico el concepto de “populismo” mutó de un uso más restringido que refería a los movimientos de campesinos o granjeros, a un uso más amplio para designar un fenómeno ideológico y político más o menos ubicuo.

Para la década de 1970, “populismo” podía aludir a tal o cual movimiento histórico en concreto, a un tipo de régimen político, a un estilo de liderazgo o a una “ideología de resentimiento” que amenazaba por todas partes a la democracia.

En todos los casos, el término tenía una connotación negativa. Para complicar incluso más las cosas, el filósofo post-marxista Ernesto Laclau propuso un sentido más para nuestro término, completamente diferente a todos los anteriores.

La influyente obra de Laclau planteó la necesidad de reemplazar la noción de “lucha de clases”, entendida como una oposición binaria fundamental que se generaba por la propia naturaleza de la opresión de clases, por la idea de que en la sociedad existe una pluralidad de antagonismos, tanto económicos como de otros órdenes.

En tal escenario, no puede darse por sentado que todas las demandas democráticas y populares van a confluir como una opción unificada contra la ideología del bloque dominante.

El plano político tiene un papel fundamental a la hora de “articular” esa diversidad de antagonismos. Y los discursos aquí son fundamentales, ya que son ellos los que “articulan” las demandas diversas, produciendo un Pueblo en oposición a la minoría de los privilegiados.

Así entendido, el Pueblo es un efecto de la apelación discursiva que lo convoca, antes que un sujeto político pre-existente. En esta visión política, la articulación de un Pueblo en oposición al bloque dominante, es decir, el ordenamiento de una variedad de demandas en una oposición binaria, es fundamental para la “radicalización de la democracia” (una expresión que, para Laclau, tenía un sentido positivo).

En uno de sus últimos trabajos, Sobre la Razón Populista (2005), Laclau utilizó el término “populista” para nombrar ese tipo particular de apelaciones políticas que recortaban un pueblo en oposición a las clases dominantes.

“El populismo comienza –escribió– allí donde los elementos popular-democráticos son presentados como una opción antagonista contra la ideología del bloque dominante”.

Pero en verdad esa etiqueta no era indispensable. Laclau podría haber llamado al estilo específico de apelación política que le interesaba de otro modo, por ejemplo, “popular-democráticas” o alguna otra variante, en lugar de “populistas”.

Pero el hecho es que decidió llamar a eso “populismo”, con lo cual, contrariamente a los académicos del pasado, le otorgó a ese término un sentido positivo. En su filosofía, el “populismo” era el nombre de la necesaria y esperada “radicalización de la democracia”.

Como consecuencia de la propuesta teórica de Laclau, por primera vez algunos referentes e intelectuales de ciertos movimientos políticos (por caso el kirchnerismo en Argentina y Podemos en España), comenzaron a llamarse “populistas” a sí mismos, desafiando de ese modo el sentido común según el cual ser “populista” era algo malo. Y a su vez, eso alimentó a los liberales, dándoles más motivos para creer que existe una “amenaza populista” acechando la ciudadela de la democracia.

Cabe hacer hincapié, que al comienzo de septiembre del 2015, en su informe anual ante el Congreso de México, el presidente Enrique Peña Nieto identificó al populismo como el gran riesgo que enfrenta su país.

A fin de mes, llevó similar mensaje a la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU), alertando a todas las naciones los peligros que se cierne en torno a la democratización de América Latina, y en ello, Andrés Manuel López Obrador, aun cuando no se canse de engañar a la gente, mantendrá su ego para llegar al poder.

Haciendo un repaso como resumen, el “populismo” es una propuesta política oportunista; es un fenómeno de múltiples caras, con una acendrada “ideología de bipolares histrionismos y  crónicos, y trastornos resentimientos de quienes la profesan y manipulan grotescamente”

El populista se dedica a sembrar el odio social.

Los populistas implementan políticas que hacen a un lado las leyes.

Se hacen del poder político, para luego criminalmente ya no soltarlo.

Los populistas crean espejismos; primero prometen elevar la producción y los salarios.

Los capitales se fugan, cae la recaudación, la inestabilidad se generaliza y el odio social se agrava.

En este momento aparecen las condiciones para que surja el rostro desenmascarado del fascismo y la anarquía. Véase Venezuela, particularmente que luego de ser un país petrolero, sus condiciones económicas fueron corrompidas hasta dejar a un pueblo en la miseria.

Cuba que sin ser democrática, vive aún de un fascismo trasnochado.

Y reiterando, el “populismo” es también un fenómeno de múltiples caras, se manifesta en una variedad de formas: el bolchevismo en Rusia; el nazismo en Alemania; el Macartismo en Estados Unidos; el pejismo, en México. [email protected]

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