Blas A. Buendía

Dice el proverbio “perro no come perro”, pero ha sido inverosímil que la periodista y escritora Elena Poniatowska haya cometido -en la curva de su vida- un imperdonable desafío social al calificar de “panzonas” y “mensas” a un grupo de indígenas femeninas que habitan la región de Juchitán, Oaxaca, por ingerir cerveza.

Para su nivel intelectual, la Poniatowska, cabe citar, “es tanta su inteligencia que raya en la estupidez”, que ciertamente salta a la luz pública el maniqueísmo de la autora del libro Hasta no verte Jesús mío.

Si bien el maniqueísmo forma parte de una doctrina religiosa que tuvo su origen en las ideas de Manes (siglo iii d. C.) y que se caracterizaba por creer en la existencia de dos principios contrarios y eternos que luchan entre sí, el bien y el mal, para la Poniatowska –hoy metida en el engañoso oficio de la política-, le valió un comino “su amor” a las comunidades olvidadas por las Mafias del Poder de todos los colores, y de todos los sabores (…). Su alocución resultó indignante y una elemental falta de respeto.

Al considerarse de igual modo que “existieron huellas de maniqueísmo en algunas herejías del occidente medieval”, la Poniatowska no ocultó su ventajosa seudo-intelectualidad, toda vez que su actitud o interpretación de la realidad que tiende a valorar las cosas como buenas o como malas, sin términos medios, incurrió en un “maniqueísmo político; un maniqueísmo partidista” que no era necesario promover. ¿Exceso de confianza?, tal vez.

Las lecciones de la vida no tienen fin, y como una comparativa intelectual con la actriz París Hilton quien sin proponérselo sorprendió “con su humilde” visita a la Venecia mexicana -por distinguir de alguna manera a Xochimilco, en estos tiempos de desgracia tras el terremoto del 19 de septiembre (2017) que azotó a la Ciudad de México-, la empresaria, autora, modelo, actriz, diseñadora y cantante estadounidense, tuvo más carácter humano y sentido común del cual aparentemente carece la Elena Poniatowska, ante el reflejo de su lamentable expresión frente a un pueblo que ancestralmente ha sido sistemáticamente marginado y por pertenecer a un género femenino juchiteco, en extrema pobreza. (https://www.youtube.com/watch?v=zAzInRDz2T0)

Para rematar, se señala la misoginia como uno de los rasgos psicológicos de Quevedo; la evolución de Strindberg comienza con el volumen de cuentos “Los Esposos”, en el que destaca su misoginia, y a la Poniatowska se le subió la chocarrera bilirrubina, es decir, cuando dio cuenta de su crueldad y diarrea mental, ya era demasiado tarde para corregir, saliéndose por la tangente.

La aseveración de la acreedora al Premio Cervantes en 2013, se dio cuando comparaba su visión de las mujeres de la región con la de fotógrafa Tina Modotti. “Fue la primera en retratar a las juchitecas y eran bien delgaditas… Ahora las juchitecas que yo he visto, por la cerveza, están bien panzonas y mensas”, fue el sello de la brutalidad de una crítica no convencional. Incluso, en su plática se alcanza a escuchar en lugar de “mensas”, “inmensas”. “Panzonas inmensas”.

Es de recordar que la Elena Poniatowska resultó ser más “pior” que Vicente Fox en el más sentido peyorativo de reconvenir al pueblo mexicano “no leer libros para no abrir sus ojos”; o bien, la brutalidad del destino que dejó asentado en la historia contemporánea Felipe Calderón, con su ya famosa frase: “Haiga sido como haiga sido.”, en su etapa de campaña presidencial.

En este concurso de estulticios, Enrique Peña Nieto también se suma a las acciones de lo más “pior”; su récord ya reconocido mundialmente lleva 22 pifias y la más reciente fue la propuesta de “hacer tandas” para los damnificados del terremoto del 19-S.

Otro histrionismo es el del acaudalado y poderoso abogado Diego Fernández de Cevallos, con su célebre frase: “El viejerío”, acción por demás misógina, altanera e ilustremente soez.

Si bien queda claro que Elenita se quiere igualar a los grandes políticos que cometen infracciones de intelectualidad, en ella existe “la gran muestra del botón”.

La frase de “panzonas” y “mensas” se rubricará en la parodia de la historia política, sumándose también a su “líder patrono” morenista, Andrés Manuel López Obrador, quien debido a su notable e inconfundible dislexia, sus articulaciones “ideológicas” carecen de todo sentido humanitario llamando a los solovinos, que se supone viven de la popularidad para pensar que solovino es un apelativo.

En vez de externar palabras de aliento, la Poniatowska bajó la moral a las juchitecas, que lejos de haber sido enriquecedora su visita a Oaxaca, su comentario dejó muy mal sabor de boca en [email protected], sobre todo alrededor de ese mal acostumbrado laberinto de los grupúsculos de seudo-intelectuales de doble moral.

“La pobreza no la hizo Dios, la hacemos tú y yo votando por los mismos corruptos”, es otra oración genial y paradigmática muy aplicada a la usanza del quehacer político mexicano, en el país del que “aquí no pasa nada”.

La señora Elena Poniatowska, controversialmente, no podrá conciliar su sueño en muchísimas noches después de haber releído su aventurilla por el sureste mexicano, particularmente Oaxaca, donde comparativamente con Chiapas, se asientan lastimosamente los pueblos más pobres y marginados de la república mexicana.

Por lo tanto, y una vez más, el género femenino está indignado por las aberrantes afirmaciones y misóginas de doña Elenita, que no solo maltrató a las mujeres indígenas que viven con tantas limitaciones sociales y económicas, sino que todavía se agregó a esos personajes nefastos y oscuros como lo narrara en su libro La Noche de Tlatelolco.

En su texto Hasta no verte Jesús mío, hace una perfecta descripción en la víspera de su visita a tierras del Istmo. Se narra la vida de Jesusa Palancares, una mujer de origen oaxaqueño.

Jesusa siempre vive en un ambiente de pobreza, y durante su infancia –para rematar- en Oaxaca, queda huérfana de madre a temprana edad.

Jesusa se casa con un militar y combate en la Revolución, y a pesar de su descontento por la violencia que recibe por parte de su marido, Jesusa logra conocer todo México combatiendo.

Cuando su esposo muere, Jesusa, quien se queda varada en la capital, decide quedarse a vivir ahí.

En la Ciudad de México Jesusa trabaja como obrera en varias fábricas, como sirvienta y como lavandera.

Se involucra especialmente en actos religiosos y conoce la obra espiritual.

Jesusa, quien cree en la reencarnación y en la espiritualidad, se ha convertido en un personaje inolvidable de la literatura mexicana.

Solo que si Jessusa se enterara de lo que la Poniatowska piensa en realidad de las indígenas, se moriría de la pena por beber cerveza, estar “panzonas” y “mensas”, es decir, la originalidad de la frase poniatowskista, “…por la cerveza están bien panzonas y mensas”.

La aseveración de la acreedora al Premio Cervantes en 2013, se dio cuando comparaba su visión de las mujeres de la región con la de la fotógrafa Tina Modotti, en el montaje de una feria del libro en Oaxaca.

Se puntualiza que la octogenaria Elena Poniatowska, debido a su empatía con el partido político MORENA –se extracción subversiva-, se sumó a ellos por igual, se asienta la ignorancia galopante.

“Es tanta su inteligencia que raya en la estupidez”, puntualizan los críticos de obras literarias, advirtiendo: “Quien con lobos anda, a aullar se enseña”, pero a sus 85 años de edad –en la plena curva de su vida-, cuenta todavía con la lucidez de agitar el estandarte de su estulticia. [email protected]

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