GARCÍA MÁRQUEZ Y LA VIDA QUE SE VA…

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Raymundo Medellin

Alguna vez Gabriel García Márquez dijo: “Yo pude escribir todas mis obras gracias a que Mercedes se hizo cargo de los asuntos de la vida diaria como mantener la casa y pagar las cuentas cuando no teníamos con qué hacerlo, y también cuando tuvimos mucho. Cuando me meto a algunos de esos asuntos ella me dice: “No fastidies; lo único que tú sabes y debes hacer es escribir.”

Si así fue, cuánta razón no le asistía a Mercedes Barcha, su esposa; Gabriel, El Gabo, se fue pero nos deja como herencia el trabajo de su prodigiosa pluma con el Realismo Mágico; cómo no recordar las frases que como en todas las obras clásicas, llegan para permanecer en la mente: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en la que su padre lo llevó a conocer el hielo…”

Mucho se ha hablado de quien fue Gabriel García Márquez, de que nació en Aracataca, Colombia; ni que decir de todo lo que se ha dicho de Cien Años de Soledad, su obra cumbre, por cierto en “Una vida”, biogfrafía escrita por el inglés Gerald Martin, se cuenta que cuando Gabriel García Márquez terminó de escribir “Cien años de soledad”, tomó el gran paquete de hojas escritas de la obra y haciéndose acompañar de su esposa Mercedes, fueron hasta la oficina de correos para enviar al editor lo escrito; cuando en dicha oficina pesaron las hojas les dijeron la cantidad que debían pagar por el envío y ambos, Gabriel y Mercedes buscaron hasta la última moneda que llevaban y no lograron reunir el total del envío, por lo que el empleado de correos tuvo que quitar hoja por hoja, como si fueran rebanadas de jamón, hasta que el peso de las hojas correspondía al dinero que llevaban; luego, la pareja de Gabriel y Mercedes llegaron a su domicilio y sacaron la plancha, la licuadora y algunas cosas más para reunir lo que les faltaba para envíar al editor la otra parte de “Cien años de soledad”; al salir, de la oficina de correos luego de pagar el envío total de la obra, Mercedes vio de reojo a Gabriel y le dijo: “sólo falta que este libro no resulte bueno Gabo”.

Ese era Gabo.

El periodista Germán Castro Caicedo, le hizo una entrevista a Gabo, la misma fue publicada en El Espectador de Bogotá, durante los días comprendidos entre el 16 y 23 de marzo de 1977, en uno de los fragmentos de le entrevista se cuenta el durísimo proceso de escribir la novela. Un buen día Gabriel se da cuenta que tiene en la cabeza una idea que puede convertirse en un gran libro, él lo presiente; la anécdota está en la genial entrevista y es la siguiente:

“… le dije a Mercedes, “tú te haces cargo de este asunto”. Ella, por supuesto, no lo pensó dos veces. Es curioso que mis hijos, ahora, yo les pregunto por esta época y ellos me recuerdan como a un hombre que estaba encerrado en un cuarto, que no salía nunca…

Y yo tenía la impresión de que era el ser humano más humano y más sociable del mundo. Y ahora me doy cuenta de que durante dieciocho meses no salí del cuarto. Pero yo recuerdo que salí una vez. Salí una vez cuando Mercedes me dijo que ya no había nada que hacer. Que ya había llegado al fondo. Entonces yo tenía un carro y lo llevé al Monte de Piedad y lo empeñé y le traje a Mercedes la plata y le dije, mira, aquí tienes como para diez años… Y duró tres meses. Y seguía escribiendo.

Recuerdo que en mitad de camino el dueño de la casa llamó a Mercedes y le dijo, “señora, ustedes me deben tres meses de casa”. Y Mercedes tapó el teléfono y me dijo, “¿cuánto tiempo te falta para terminar el libro?” y yo le dije, “como seis meses”. Y entonces ella le dijo, “Mire, señor, no sólo le debemos tres meses, sino que le vamos a deber seis más”. Y entonces el tipo le dijo, “¿y dentro de nueve me pagan todo?” y dijo ella, “sí, todo” “

Y así fue. Gabriel García Márquez dio todo el dinero que tenía a su esposa para que intentara salir adelante como pudiera y se encerró en una pequeña habitación en el barrio mexicano de San Ángel. En 18 meses sólo salió dos veces, una ya lo vieron en la cita y la segunda cuando en plena noche salió del cuarto, se acostó al lado de su mujer, a la que mientras lloraba le dijo: “He matado al coronel Buendía”. Había terminado la novela. Eran tan pobres cuando terminó que no les llegaba el dinero para mandar por correo el libro de México a Argentina, a la sede de la editorial Sudamericana, por lo que tuvieron que empeñar en el monte de piedad el secador y la batidora para poder pagar el franqueo.

Y es que, como vemos, todo tiene un proceso en la vida y el tiempo suele poner todo en su lugar, al menos sí lo hizo con la genialidad de este gran escritor que tan mal lo pasó en esos años.

El periodista cubano Manuel Gayol Mecías, recuerda a Gabo de la siguiente manera: En lo personal algo hermoso recuerdo de García Márquez, fue la vez que lo llevé a la empresa de grabaciones EGREM, cuando yo trabajaba en el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas, en Cuba, y él había ido a La Habana en relación con el Premio Literario de esa institución cultural.

Ese día lo fui a recoger al hotel y en el auto me trató con cordialidad, y siempre hablaba de algo que concernía a los cubanos, me decía también que nosotros, los isleños, éramos caribeños a más no poder, y que de alguna manera andábamos por allá también, por esos predios casi míticos de Aracataca.

Al llegar a la empresa de grabaciones le llevé directamente a la sala de grabación, le di unas brevísimas explicaciones de cómo tenía que hacer para grabar algunos fragmentos de uno de sus libros; me escuchó con atención. Y de esa manera me fui tranquilo para la cabina donde se encontraba el técnico.

Llevábamos alrededor de una hora en la que él leía, tomaba agua y leía, y de pronto el técnico saltó y me dijo algo así como: “¡Oh, Dios mío, está máquina se atoró y no ha grabado nada!”.

Y yo, por supuesto, me puse tan frío como el hielo que conoció Aureliano Buendía.

No me quedó otra alternativa que interrumpir al escritor desde la cabina y me le acerqué como si me fuera a colocar frente al mismo pelotón que iba a fusilar al legendario coronel Buendía.

Entonces, García Márquez sacó su cabeza de entre los papeles y me dijo con una sencillez lapidaria: “Ya sé lo que pasó, ni me digas, que la máquina no grabó y que todo lo que he leído ha sido como una preparación para la lectura que volveré a repetir”.

Y yo, totalmente, frustrado, al tiempo de asombrado, le pregunté:

“Pero ¿cómo usted lo supo?”. “Pues nada, amigo”, me dijo con una sonrisa amuecada: “Yo conozco a los cubanos y con ustedes casi siempre pasan estas cosas”… Acto seguido, tomó agua, y me sugirió: “Dile al técnico que ahora sí no falle, eh”, y se dispuso —como un escolar aplicado— a leer nuevamente lo que iba a salir grabado para uno de los discos del Archivo de la Palabra, de la Casa de las Américas.

Ese era Gabo, quien dice del Realismo Mágico que: “La primera condición del realismo mágico, como su nombre lo indica, es que sea un hecho rigurosamente cierto que, sin embargo, parece fantástico” y afirmó en su autobiografía “Vivir para contarla” que “La vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

Vaya nuestro homenaje releyendo su obra y recordándolo como el ser humano que, seguido de una gran carcajada, recordaba aquella frase de su obra “El otoño del patriarca”, en la que dice que “El día en que la mierda tenga algún valor los pobres nacerán sin culo”.

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