¿Hasta dónde alcanzarán los programas sociales?

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Suenan las alarmas en el mundo por los severos problemas económicos que, en opinión de los especialistas, amenazan con derivar en graves disturbios sociales. Los precios del petróleo y el gas están más altos que nunca, lo que se viene a sumar a la carestía de los productos de consumo masivo que ya existía previamente; se pronostica mayor escasez de combustibles, de granos y de otros alimentos de origen agrícola o pecuario que, de convertirse en realidad, dispararía los precios de todo, es decir, elevaría todavía más la inflación que ya hoy es un problema grave. En México, por ejemplo, ronda el 9%, lo que vuelve más difícil el acceso a la canasta básica alimentaria, acercándonos al borde de la hambruna.
Sorprende por eso la indiferencia con que el Gobierno de la 4T atiende la emergencia, como lo prueba la ausencia de medidas de fondo y realmente eficaces para hacer frente al problema. Sigue inventando salidas infantiles como el PACIC, que ya vimos que paró en agua de borrajas, y la convocatoria a los agricultores del país para que se centren en la producción de alimentos básicos, maíz y frijol principalmente, con vistas a una economía de autoconsumo, un total disparate visto con la óptica de cualquier teoría económica seria. En realidad, el presidente López Obrador le está apostando todo a sus transferencias de dinero a los sectores más vulnerables, sus famosos programas sociales para el bienestar, que considera sobradamente suficientes para el caso.
Al mismo tiempo, acorazado con una soberbia y una prepotencia que desafían al cielo y a la tierra, avanza con los ojos cerrados en sus obras emblemáticas (Tren Maya, Aeropuerto Felipe Ángeles, refinería Olmeca y ferrocarril Transístmico), apresurando a los constructores para que las mal-terminen en la fecha fijada de antemano, para ser él, y nadie más, quien las inaugure. Lo vimos con el AIFA, lo acabamos de ver en Dos Bocas y lo veremos en 2023 con el Tren Maya. En estas obras faraónicas, improvisadas en lo fundamental a decir de los especialistas, se está gastando ríos de dinero (como suele decir él mismo) que salen, en parte al menos, de severos recortes a otros programas de mayor impacto social, como los destinados a reforzar el ingreso de los trabajadores, la salud y la educación.
No soy autoridad competente para juzgar y decidir de qué lado está la verdad entre críticos y aplaudidores de las obras insignia de AMLO; pero sí puedo asegurar que la mayoría de quienes entienden de tecnologías específicas, de alta ingeniería civil y de rentabilidad de proyectos tan complejos y costosos como los del presidente, coinciden en que dichas obras no cumplen con los estándares internacionales mínimos en ninguno de los tres aspectos mencionados, e incluso que se iniciaron sin la debida constancia de impacto ambiental que la ley exige presentar antes de que se inicien los trabajos. Les auguran, pues, serios, continuos y costosos problemas de mantenimiento y muy escaso rendimiento económico en el mejor de los casos.
Sobre el AIFA: es del dominio público que ni pasajeros ni aerolíneas quieren utilizarlo por su lejanía y falta de conexión expedita con el actual Aeropuerto Internacional Benito Juárez y con el centro de la Ciudad de México. El problema es tal, que se lleva más tiempo el ir de cualquiera de esos dos puntos al AIFA, que un vuelo a Villahermosa o a Cancún. Además, faltan servicios y falta un menú de horarios de salida para que el viajero pueda escoger la que mejor se acomode a sus necesidades. En consecuencia, el AIFA luce desierto, y para tratar de poblarlo, han presionado a las aerolíneas para que ubiquen algunos de sus vuelos allí, han prohibido los vuelos de carga desde el Benito Juárez e inducen la obsolescencia de este último dejando que se deteriore físicamente y provocando retrasos exagerados en los servicios, por ejemplo, en el retiro de maletas. El objetivo es obligar a los pasajeros a preferir el AIFA.
Sobre la refinería Olmeca: las advertencias y pronósticos negativos comenzaron desde el momento mismo en que se conoció el proyecto. La primera fue la insuficiencia del presupuesto de ocho mil millones de dólares para toda la obra. Teniendo en cuenta la complejidad técnica, la naturaleza especial de la obra civil, las vías de acceso a todo el conjunto y las características desfavorables del terreno, los expertos calcularon en por lo menos el doble ese costo total. Y en efecto, aunque hay un total hermetismo sobre el dinero invertido a la fecha, es un secreto a voces que ya se han rebasado con creces los ocho mil millones de dólares iniciales. Se calcula que su costo final será de unos 16 mil millones de dólares, el doble de lo programado como pronosticaron los expertos.
La segunda advertencia fue el anacronismo de las refinerías, en México y en el mundo. Los compromisos internacionales para el combate conjunto del cambio climático, condenan los combustibles fósiles a favor de las energías limpias (solar y eólica) y los automotores eléctricos. La actual escasez de combustibles ha llevado sus precios a las nubes y vuelto un gran negocio las refinerías, lo que pudiera hacer pensar que el presidente ganó la apuesta. Pero es seguro que la bonanza será corta (relativamente) y que los precios elevados de los combustibles la harán más corta todavía acelerando el cambio a las energías de fuentes renovables para sacudirse la esclavitud del petróleo y el gas. Para nuestra mala suerte, Dos Bocas no está lista todavía para producir, y su vida útil será más larga que la bonanza actual. Su obsolescencia se retrasa, pero llegará fatalmente.
Además, Pemex Transformación Industrial, la división de PEMEX a cargo del negocio de la refinación, ha registrado pérdidas anuales por 116 mil millones de dólares, según el Instituto Mexicano de la Competitividad (IMCO), y los expertos dudan de que pueda recuperarse aprovechando la actual coyuntura de precios altos. La probada ineficiencia de PEMEX Refinación provocó que el Fondo Monetario Internacional (FMI), en octubre de 2020, aconsejara posponer la construcción de la refinería para aliviar la carga de las finanzas públicas e invertir los recursos liberados en “usos más productivos” (portal EXPANSIÓN, 30 de junio de 2022). El presidente desestimó el consejo.
Por su lado, las agencias calificadoras dijeron que Dos Bocas no ayudaría a mejorar las finanzas de PEMEX, y recomendaron invertir los recursos en exploración y producción de crudo. Tampoco se atendió esta recomendación. “En su último reporte, Fitch no se refiere en concreto a la refinería Olmeca, pero dice que el perfil crediticio de PEMEX podría verse afectado como resultado del aumento en inversiones en refinación «especialmente si es a costa de reducir inversiones en exploración y producción y aumentar el apalancamiento»” (es decir el endeudamiento) (EXPANSIÓN). No hay que olvidar que PEMEX perdió el grado de inversión en 2020, después de que Fitch y Moody’s hicieran ajustes a sus respectivas calificaciones.
El argumento de AMLO para empecinarse en construir Dos Bocas junto con la modernización del resto de refinerías que ya existen, es que el país necesita alcanzar la autosuficiencia en productos refinados del petróleo para no tener que importarlos a precio de oro. “Pero los cálculos no dan, dicen los analistas. El plan presidencial busca llevar el uso de seis refinerías ya en funcionamiento hasta su 85%, lo que implicaría procesar alrededor de 2.5 millones de barriles diarios en 2024. La producción petrolera se ha estancado en 1.6 millones de barriles diarios y por ahora no hay señales de aumento de esta cifra en el corto o mediano plazo” (EXPANSIÓN). O sea que, en realidad, estamos construyendo capacidad de refinación ociosa, y para colmo, Dos Bocas se inaugura en medio de una ola de cierres de complejos de refinación acelerada por la pandemia.
¿Y qué tiene que ver todo esto con los precios de los alimentos y la hambruna que nos amenaza? Resulta que está sucediendo justo lo que advirtió el FMI en 2020: las obras y los programas sociales del presidente están gravitando sobre el presupuesto nacional, que no es infinito, y obligan por tanto a hacer recortes a programas que afectan directamente a las clases populares. Según 24 Horas del 27 de junio: “Los programas estrella del Gobierno de la cuarta transformación fueron apapachados con ampliaciones presupuestales en 2021, mientras que a varios organismos, relacionados con Salud, mantenimiento de carreteras y cultura, les pasaron tijera”. La misma nota informa que fue el propio presidente López Obrador quien metió mano al presupuesto aprobado por la Cámara de Diputados, para favorecer sus programas sociales y sus obras insignia. Entre los beneficiados están: la pensión para adultos mayores; la subsecretaría de Hidrocarburos que comprende la refinería Olmeca; el programa Sembrando Vida y las subsidiarias Diconsa y Liconsa, a pesar de ser las que acumulan las mayores irregularidades financieras.
Fueron castigados con menos dinero, la Dirección de Conservación de Carreteras; los Servicios de Navegación del Espacio Aéreo Mexicano (SENEAM); la Comisión Coordinadora de Institutos Nacionales de Salud y Hospitales de Alta Especialidades; el Centro Nacional de Equidad y Salud Reproductiva y el Centro Nacional para la Prevención y Control del VIH. Estos recortes se suman a los que ya venían de antes. Ya vimos la vacilada que resultó el PACIC; la inflación sigue creciendo y, sobre eso, se recortan los servicios de salud, las escuelas de tiempo completo, las guarderías, los refugios y comedores públicos, etc. Es verdad que se están subsidiando las gasolinas para evitar que la inflación se dispare, pero ese subsidio sale también del presupuesto federal, y provoca, por tanto, más recortes. O sea, los subsidios los paga el pueblo trabajador con mayor pobreza y hambre.
También es cierto que la inflación no es culpa de la 4T, es importada. Al amainar la pandemia, los grandes consorcios mundiales intentaron retomar su nivel de producción y contrataron la mano de obra necesaria; pero las cadenas de suministro se habían colapsado y les faltaron materias primas, materias auxiliares y piezas clave para armar sus productos terminados. La productividad de sus obreros bajó; sus costos de producción subieron y sus ganancias disminuyeron. Para recuperarlas, desencadenaron la espiral inflacionaria actual. La inflación no es un fenómeno natural, como los ciclones y los terremotos; es obra de los dueños del capital mundial, que no admiten jamás una disminución de su ganancia. La inflación es, en esencia, una rebaja disimulada del salario: los obreros consumen menos porque todo está más caro, aunque su salario nominal siga siendo el mismo; las utilidades del capitalista, en cambio, aumentan proporcionalmente.
La elevación de las tasas de interés no es el remedio mágico contra esto, sino la forma en que el capital financiero recoge su parte del botín generado por la inflación. Teóricamente, la suba de los intereses busca reducir la demanda y, por esa vía, bajar los precios; pero la escasez de dinero reduce también la inversión; la economía se ralentiza o se detiene y, por tanto, hay más desempleo y pobreza. Bajan la inflación, efectivamente, pero a costa de matar de hambre a los hambrientos. AMLO sabe esto y, sobre ello, recorta las ayudas al salario, con lo que viene a resultar que sus programas sociales y sus obras estrella son solo el complemento de la maniobra de industriales y banqueros. ¿Hasta cuándo?

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