Blas A. Buendía

 

El pueblo mexicano, ese pueblo que tan generosamente me ha colmado de honores, que me proclamó su caudillo durante la Guerra de Intervención, que me secundó patrióticamente en todas las obras emprendidas para impulsar la industria y el comercio de la República, ese pueblo, señores diputados, se ha insurreccionado en bandas milenarias armadas, manifestando que mi presencia en el ejercicio del Supremo Poder Ejecutivo, es causa de la insurrección: Porfirio Díaz Mori.

 

El relato histórico escrito por el dictador oaxaqueño, carta dirigida al Congreso el 25 de mayo de 1911, cuando México vivía momentos álgidos y sociales en la desatada convulsión revolucionaria, y que de forma cíclica, a más de 109 años de distancia de Díaz a López, pareciera que la maldición satánica presidencial, retumbarán de las lúgubres paredes de Palacio Nacional.

A la distancia de los tiempos, que aunque no son los mismos, las codicias nunca han dejado de ser las mismas; esos actores fueron consolidando sus ambiciones personales amasando dinero del pueblo, y ejercer un poder absoluto dominador sobre un pueblo que ancestralmente ha sido invalidado por su fuerte decisión de auto-flagelarse para ser castigado por la tiranía del comunismo, conforme a la directriz del Foro de Sao Paulo, lo que se traduce en una verdadera aberración, en un masoquismo a ultranza.

Los agüeros así también lo han dictaminado a la distancia de las épocas, surgiendo nuevos dictadores en la vida del quehacer político de la nación que es también cíclica, que a decir de la pandemia de contagios del virus SARS CoV2 (Covid19) -que lamentablemente ha arrojado saldos necro-estadísticos y que para López Obrador “le cayó como anillo al dedo”-, han repercutido como acicate en contra de esos gobernantes que se sienten iluminados, como el caso de presidente mexicano, formándose voluntariamente en una ficticia escalinata de las inmediatas renuncias de la alta jerarquía.

Si bien la situación del brote de COVID19 es emergente y está cambiando rápidamente los usos y costumbres de todo el mundo, en México se vive un terror latente, debido a que millones de mexicanos que votaron por un caudillo de papel  para encumbrarlo en la Silla Presidencial de Palacio Nacional, ahora están pagando las consecuencias de su macro error histórico, porque el tabasqueño se transmutó en “un terrorista de baja intensidad” abanderando un espejismo comunistoide con base a la famosa 4T.

Las presunciones también surgen no como arte de magia, sino por inercias de la fantasía de sus gobernantes, es decir, Adolf Hitler perdió toda dimensión para generar confianza entre su pueblo, las fuerzas judías a las que calificaba como “judíos usureros e ingratos”, se proyectaron en su contra al cometer el peor genocidio que haya registrado la humanidad con el asesinato de millones de seres humanos.

Porfirio Díaz Mori duró en el poder más de 30 años, reconociendo que durar tanto tiempo, tendría en lo sucesivo a un pueblo alzado. El segundo párrafo de su histórica misiva dirigido a los diputados federales, queda a la interpretación un mensaje perverso: “…No conozco (sic) hecho alguno imputable a mí (…), que motivara ese fenómeno social; pero permitiendo, sin conceder (…), que pueda ser un culpable inconsciente, esa posibilidad hace de mi la menos apropósito para raciocinar y decir sobre mi propia culpabilidad…”   

Las comparativas en política son enteramente válidas porque sustentan hechos históricos que en “los futuros” que vive toda nación, vaticinan el sacudimiento de parásitos que pretenden adueñarse del poder.

Don Porfirio –cansado de mantenerse como autócrata por tanto tiempo, la historia lo consigna como “un dictador y héroe“-, tuvo un halo de esperanza que bañara en la riqueza de la fuerza moral de la democracia, a su pueblo.

Anunció su dimisión como Presidente Constitucional de la República, “sin reserva”, amparado en el Artículo 82 de la Constitución Federal de su tiempo, “…y lo hago con tanta más razón, cuanto que para retenerlo sería necesario seguir derramando sangre mexicana, abatiendo el crédito de la nación, derrochando sus riquezas, segando sus fuentes y exponiendo su política a conflictos internacionales…”

Para el presidente Andrés Manuel López Obrador “el juicio al porfiriato” no le es basto, es como si le jugara al peligro para ver hasta dónde podría llegar su estrategia para seguir crispando a la sociedad a 109 años de distancia entre el régimen del oaxaqueño Don Porfirio Díaz, al del tabasqueño.

Dista mucho que el macuspano esté haciendo un buen gobierno, porque desde que tomó posesión, su criterio personal es atacar a quienes no creen en su “ideología” y sus proyecciones de la 4T (Cuarta Transformación), dejando las políticas públicas a un lado.

Las políticas públicas son los proyectos/actividades que un Estado diseña y gestiona a través de un gobierno y una administración pública con fines de satisfacer las necesidades de una sociedad. También se puede entender como las acciones, medidas regulatorias, leyes, y prioridades de gasto sobre un tema, promulgadas por una entidad gubernamental.

La evolución del término va vinculado a las necesidades específicas de nuestro entorno social, cultural, político, económico, psicológico e institucional. En el siglo XX, la toma de decisiones era exclusiva desde el propio gobierno, poseyendo el poder de crear, estructurar, modificar el ciclo de la política pública.

En el siglo XXI, la participación de diversos actores es imprescindible en la toma de decisiones para formar una gobernanza en cualquier territorio, se debe crear consenso y legitimidad en los asuntos públicos que se emprendan en cualquier sociedad, y hasta hoy-día, al presidente López no se le ve ni la finta de ser mejor que el prócer Don Benito Juárez García, ya no se diga el impulso ideológico de los caudillos Pancho Villa y Emiliano Zapata. Peligrosamente y con un acento de importa-madrismo, se ha opuesto a proteger al pueblo que lo llevó a la Presidencia de la República.

Tales circunstancias, la reelección indefinida, forzosa y violenta del Ejecutivo Federal, so pena al gran poder que posee, sigue poniendo en peligro las instituciones nacionales, sentencian  constitucionalistas, donde sobresale hasta el propio Porfirio Díaz, en el Plan de la Noria (1871), en un doble lenguaje cínicamente demagogo, retrógrada y actualista, vociferando: “Que ningún ciudadano se imponga y perpetúe en el ejercicio del poder, y ésta será la última Revolución”.

Su enunciado fue floreciente que ante la convulsión social que ya se había generado, puntualizaría: “…Espero, señores diputados, que calmadas las pasiones que acompañan a toda Revolución, un estudio más concienzudo y comprobado, haga surgir en la conciencia nacional, un juicio correcto que me permita morir, llevando en el fondo de mi alma una justa correspondencia de la estimación que en toda mi vida he consagrado y consagraré a mis compatriotas…”

Entre las seis y las siete de la mañana del 2 de julio de 1915, Porfirio Díaz expiró a los 85 años de edad, en la cama de su casa de la avenida Bois de Boulage en su amada ciudad de París, en lo que Martín Luis Guzmán llamó “un tránsito serio”, mientras a su lado -dice el propio escritor en Muertes Históricas-“el sol lo inundaba todo de luz”, terminando así un dorado exilio en Europa, al que fue obligado el protagonista central de la Historia de México durante tres décadas –a caballo entre dos siglos-, por el retumbar de las balas del inicio de la Revolución Mexicana.

Los restos de José de la Cruz Porfirio Díaz Mori, conocido como Porfirio Díaz, y quien fue un militar mexicano que ejerció el cargo de Presidente de México en siete ocasiones, ocupando el cargo por 31 años -una extensión sin precedentes, y cuyo lapso, en la historia de México, es denominado como Porfiriato-, se localizan  en el Cementerio de Montparnasse.

Sus detractores valorizan que “si tiene dignidad y poder pasar a la historia con su oratoria de Honestidad Valiente”, Andrés Manuel López Obrador –pese a su vida omnipresente-, debe evitar emular la época del porfirismo -como lo describiera el politólogo Daniel Cosío Villegas-, antes de ganar fama como “represor sanguinario”, o caer en el maleficio porfirista del “mátelos en caliente”, para aparentar su Proyecto de Transformación el cual ha generado inconformidad y un gran reto a las vías institucionales, así como en la complejidad de liderazgos populares que ya ni siquiera le hacen un contrapeso político, ni dentro o fuera del Congreso de la Unión.

De tal suerte que el general Porfirio Díaz Mori, para algunos fue un villano, para otros un héroe; para algunos más, fue una época de tranquilidad y avance; y para otros de retraso y opresión.

En breve, alertan sus detractores, AMLO emulará a Don Porfirio frente a su inminente renuncia presidencial; el tabasqueño ya convocó a la insurrección no solo de “las bandas milenarias armadas”, sino a todo un pueblo que está agraviado por tantas mentiras que ha hecho como forma de gobierno.

La dignificación del siguiente paso es, desde luego de su renunciar como Presidente de México, solicitar asilo político en los países que tienen acuerdos oscuros en el Foro de Sao Paulo, un grupúsculo de resentidos antisociales que en lugar de consolidar el desarrollo de sus pueblos, se han encargado en destruir sus naciones creando repúblicas bananeras, para lo cual, México puedrá seguir presumiendo a nivel internacional, estar sumergido en un Estado fallido.

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