Otra cicatriz en el alma de bicampeón Argentina: Arabia Saudita gana 2-1

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+La albiceleste empezó el campeonato mundial como uno de los favoritos en la última oportunidad de la superestrella de conseguir el trofeo

+Lionel Messi marcó el gol

+… luego todo salió indescriptiblemente mal

+Oda del diario The New York Times a los dioses del balón derrotados

 

BALÓN CUADRADO

Jesús Yáñez orozco

 

Ciudad de México. Narra, lacónico,  Rory Smith para The New York Times, una derrota impensable, tras 35 juegos invictos, oda a los vencidos dioses del balón:

Se suponía que esta vez sería diferente. Para Lionel Messi, esta vez no iba a terminar como todas las demás, con esos hombros caídos, esa mirada distante, esa mueca apagada.

Rostro de niño eternamente huérfano ante la adversidad.

Se suponía que Qatar no sería tan malo como lo que le sucedió al que posiblemente sea el mejor jugador de todos los tiempos con los colores de Barcelona en esas noches en Roma, Liverpool y Lisboa, y mucho menos con la albiceleste de Argentina en Río de Janeiro.

Y, en cierto modo, no lo fue.

Fue peor.

Argentina llegó a esta Copa del Mundo con la única ambición de asegurarse de que el último Mundial de Lionel Messi fuera recordado como uno que bañara su legado en el brillo dorado y resplandeciente que solo este torneo, su triunfo último, puede conceder.

En cambio, ahora enfrenta la agobiante posibilidad de que siempre sea sinónimo de una de sus humillaciones más oscuras, una de las más grandes derrotas en la historia de este torneo.

Para Argentina, perder frente a Arabia Saudita 2-1 no solo fue una derrota, fue una vergüenza, una humillación, un estigma tallado en la piel argentina frente a 88.000 espectadores, emitido en vivo por televisión y alrededor del mundo. Al final, cuando los extáticos sustitutos sauditas inundaron la cancha, los jugadores argentinos lucían disminuidos, los rostros macilentos, los ojos atormentados.

Ninguno por supuesto más que Messi. Ha lucido esa apariencia más de lo que le gustaría en los últimos años. Esa imagen se ha vuelto más usual de lo que le gustaría en los últimos años.

Se ha convertido en un aspecto más familiar de lo que se esperaría para un jugador considerado el más grande de todos los tiempos.

El ocaso de la carrera más fulgurante de todas se ha divisado en gran medida en la sombra: esas derrotas traumáticas en los últimos años en el Barcelona contra Roma y Liverpool y el Bayern Múnich, la temida inevitabilidad de la desilusión arrebatada de las fauces de la gloria con el París St. Germain contra el Real Madrid este año.

Luego de cada una de ellas, esa misma figura desanimada —manos en las caderas, ojos gachos al alejarse lentamente de la cancha— fue la que se trazó cuando sonó el silbato final en Lusail, el estadio que será escenario de la última Copa del Mundo de Messi el mes próximo.

La pesadilla de Argentina se encarnó.

En todo caso, el dolor de esta derrota dolerá más que las demás. No solo debido al contrincante: un equipo saudí inesperado y sin atractivo que había sido presentado como poco más que un chivo expiatorio al que el príncipe Mohamed Bin Salman —un hombre que no parece ser del tipo que realmente crea que lo que importa es participar— le aconsejó antes del torneo que se concentrara más en “disfrutar” que en ganar.

La verdadera diferencia, sin embargo, fue Argentina misma. Por primera vez en años, el país había fraguado un equipo nacional que no estaba enredado en una intrincada red de complejos.

Con Lionel Scaloni, el discreto entrenador que había tomado el puesto primero en calidad temporal y había resultado bueno para ello, Argentina creó un sistema diseñado para darle a un Messi de mayor edad el apoyo que necesitaba.

Desde 2019, la selección jugó 35 partidos sin perder ninguno de ellos.

Lo que es más importante, había puesto fin a la espera de una generación para ganar un honor internacional al quedarse con la primera Copa América desde 1993 del modo más satisfactorio imaginable: derrotando a Brasil en Brasil.

Luego de eso había desmantelado al campeón europeo, Italia, en un juego que se publicitó como la Finalíssima.

Argentina contaba con el mejor jugador del planeta —posiblemente el mejor de todos los tiempos— con un rico filón, un elenco de reparto supremamente talentoso y un inmenso ejército de aficionados para respaldarla.

Las calles de Doha estaban atestadas de camisetas albicelestes, mantas y banderas. Todo eso, por supuesto, también había sucedido en las últimas tres Copas del Mundo. Esta vez la diferencia era que el equipo parecía seguro, confiado y algo parecido a sereno.

Bastaron menos de cinco minutos para derrumbarlo todo. Argentina había dominado la primera mitad tomando la delantera con un penalti que ganó, un poco por azar, Leandro Paredes y que Messi convirtió con poca ceremonia.

Hasta ahí llegó la buena suerte —otros tres goles fueron marcados como fuera de lugar, uno de los cuales al menos por un margen muy ajustado— pero cuando los equipos se retiraron para el descanso parecía haber pocos motivos para preocuparse.

Tal vez lo que pasó después lo explica la complacencia: Argentina dormitaba cuando Saleh Al-shehri marcó el gol del empate y luego vio impotente cuando Salem Aldawsari esquivó tres barridas y lanzó un tiro que trazó una parábola perfecta fuera del alcance de Emiliano Martínez.

Los fanáticos de Arabia Saudita, miles de ellos trasladados en autobús desde la frontera a 140 kilómetros de distancia, estallaron; Argentina se puso de pie, conmocionada, con el fantasma de la derrota ante Camerún en Milán en 1990 en los hombros. Los jugadores también parecían incapaces de responder; este no es un equipo que, en los últimos años, haya tenido mucha experiencia en recuperarse de contratiempos.

Así que, en lugar de mantener la cabeza fría y darle vuelta despacio a unos contrincantes que se cansaban, los jugadores de Argentina se inquietaron y se fatigaron y persiguieron y se apresuraron. Hay una delicada línea entre lo urgente y lo frenético y Messi y sus colegas quedaron firmemente del lado equivocado de ella.

Con media hora para crear una sola oportunidad para algunos de los mejores delanteros del planeta Argentina no logró generar nada. Incluso Messi, un ser aparentemente esculpido a partir de un equilibrio puro y sin cortes, parecía afligido, apresurándose en sus pases, perdiendo el ritmo, desvaneciéndose del juego mientras el reloj marcaba en lugar de doblegarlo a su voluntad.

Quizá, a estas alturas, haya sufrido estas humillaciones lo suficiente como para oler cuándo se acerca una; quizás esté en sintonía con la crueldad del destino.

No todo está perdido, por supuesto. Argentina aún tiene dos partidos para revertir el desastre, para ahorrarse el bochorno, derrotar a México y Polonia en los dos juegos que quedan de su grupo y, superficialmente perder frente a Arabia Saudita no tendrá daños duraderos.

Esa derrota con Camerún en 1990, después de todo, no evitó que Diego Armando Maradona llevara a su equipo hasta la final de la Copa del Mundo.

No es el fin del torneo de Messi.

Puede que no sea otra cosa que un inicio en falso.

En el momento, mientras Messi y sus colegas se reunieron en un grupo apretujado en el centro de la cancha, como si se acurrucaran por seguridad y calor, no se sintió así. Parecía como si algo se hubiera desbaratado en el calor blanco del sol de Lusail. Esta vez debía ser diferente.

De pronto, para Messi y para Argentina, todo se sintió exactamente igual que siempre.

Alguien dijo una vez que los dioses también se cansan.

Quizá hoy sucedió.

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