Salinas, el soberbio, dijo Camacho, el codicioso

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Leopoldo Mendivil

SEN. MANUEL CAMACHO SOLÍS:

+Tres cosas destructivas

tiene la vida: la ira, la codicia

y la excesiva autoestima

Mahoma

Justo el 23 de marzo del año 94, al día siguiente de que usted abdicó de su ambición presidencial, apareció en este espacio el siguiente párrafo, cuando nadie imaginaba que por la tarde de ese día Luis Donaldo Colosio caería asesinado:

“… ‘Seguire impulsando —dijo a los reporteros— la construcción de un centro democrático, una convergencia democrática que trabaje por la paz, la justicia, las libertades públicas y la democracia’. ¿A una nueva corriente política se refirió el comisionado (por la paz en Chiapas)? ¿A un nuevo partido político? ¿A un movimiento cívico? ¿A una fundación? ¿A qué clase de organización ‘que facilite —prosiguió usted— las reformas democráticas, que reduzca las polarizaciones, que prepara mejores respuestas a las necesidades populares sin perder la conducción de la economía y que reafirme los valores de nuestra identidad nacional frente al mundo de la globalidad?’. Todo lo anterior solo puede hacerse desde el Poder Ejecutivo o desde un Poder Legislativo realmente soberano, pero ya Camacho declaró que no aspirará a uno ni al otro. ¿Entonces qué va a ser su centro democrático? Ahí dejó Camacho el punto planteado, su nueva carta de inquietud sobre la mesa para que nos sigamos haciendo bolas…”

Después la pensó mejor; intentó el partido político, el movimiento cívico y otra candidatura presidencial, pero dolido porque la Nación le dio solo un uno por ciento de apoyo a su última ambición, aspiró al Poder Legislativo del que desde entonces no sale…

La semana pasada usted calificó de soberbio a Carlos Salinas por sus declaraciones a El Universal. Parece que todavía no entiende usted el fondo por su derrota por la candidatura presidencial, don Manuel: su codicia. No económica, esa se la resolvió su padre, sino política. Por cierto, al respecto escribí, en la misma entrega del 23 de marzo de 1994, los reclamos que se le hacían a Salinas por, supuestamente, haber privilegiado la reforma económica sobre la política, y reproduje el comentario que —ahora ya puedo decir quién fue— el lamentablemente finado Ángel Aceves Saucedo me hizo:

“Quienes han filtrado esa acusación son los mismos que no le dieron al presidente un proyecto consistente de reforma política. No es cierto eso de que Salinas quiso evitar que a México le pasara lo que a la URSS (el derrumbe) y que por eso postergó la reforma política sobre la económica. La verdad es que el presidente pidió proyectos de reformas; el equipo económico le presentó uno que le pareció adecuado pero, además, de urgente aplicación, y lo puso en marcha. ¿Qué pasó con la reforma política? Pues que los responsables y los consejeros en asuntos políticos nunca realizaron un proyecto que mereciera la aprobación presidencial. ¿De quiénes habló? —se preguntó Aceves—: Pues de don Fernando (Gutiérrez Barrios) en su momento; y de Manuel Camacho, como los principales’.

“Curioso —continué comentando con mis lectores de entonces—. Ahora Camacho es promotor de una profunda reforma política. ¿De la que quiso instrumentar como presidente? ¿La que no propuso a su amigoCarlos Salinas…?”

¿Ve, don Manuel, que fue su codicia política lo que mató su ambición presidencial? Salinas se percató con toda oportunidad de que usted le aplicaría la norma no escrita de que todo aquel que llegara a presidente, atacaría a muerte —política, claro— a su antecesor; y que mientras más amigos hubiesen sido antes del traspaso del cargo, más rápido actuaría el nuevo hombre en el poder…

Fue usted excesivamente claro con su amigo, pero también su jefe. Un jefe con un trabajo de naturaleza tal que debe prescindir, hasta lo humanamente posible, de amistades, cuando éstas tratan de servirse de él. Todo mandatario, en cualquier parte del mundo, tiene que llegar al momento de considerar que sus mejores amigos del pasado pueden convertirse en sus peores enemigos del futuro y usted se abrió de capa lo suficiente para hacer entender a Salinas que si en alguna ocasión realmente llegó a considerarle su sucesor, mirándole actuar, hablar y decidir como regente capitalino llegó el momento ese de que le hablo, y tan sencillo como ejercer el derecho a cambiar de parecer…

Lo mejor que ambos debieran hacer sería olvidarse cada uno del otro y dejarse en paz. Salinas ha pagado sus errores. Usted también. Bueno, no podrán retomar jamás la amistad. Déjense en paz y descansen de esos rencores que tanto han alimentado. Ya esa historia terminó. Construyan otra, propia, que sea mejor…

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