Alejandra Teopa

Todo empezó un día caluroso del mes de julio en que mi jefe estaba malhumorado y con poca disposición para coordinar la reunión de trabajo. El ambiente en el salón era tenso y el resto de mis compañeros y yo nos sentíamos incómodos porque ninguno de nuestros resultados le parecía satisfactorio a aquel hombre que en otras ocasiones había sido bastante tolerante y bonachón. Sin embargo, esta vez no conseguíamos sacarle siquiera un gesto de beneplácito. En realidad parecía ausente, distante de las estadísticas que se presentaban y menos aún presto para diseñar las estrategias de intervención que debíamos aplicar.

A las once de la mañana llegó el tan ansiado descanso que nos daba a todos un poco de aire fresco y la oportunidad de despejarnos de lo estresante del momento. El hombre salió del aula en dos zancadas y yo me precipité tras él casi corriendo. Al salir lo vi al final del pasillo, fumaba a pesar de que estaba prohibido en ese lugar, su rostro reflejaba una mezcla de dolor, molestia y tristeza. Me acerqué a preguntarle si podía ayudarlo; me miró como quien mira el cielo abierto y eso bastó para que me contara todo: tenía problemas con su pareja y se sentía enojado, decepcionado y deprimido. Pensé que necesitaba desahogarse; por eso me senté a escucharlo. El subdirector reanudó la junta sin nuestra presencia y platicamos un par de horas. Al final terminamos riendo de otras cosas.

A partir de entonces la convivencia se volvió más cercana. Durante semanas me abrió su corazón y con toda confianza diariamente me contaba cómo progresaba la situación hasta que una mañana me dijo que la relación había terminado definitivamente. Sentí pena por él porque el día anterior lo había dejado muy optimista respecto a la cita que tendría esa tarde, no podía imaginarme que ella iba a abandonarlo allí mismo. Lo único que pude hacer fue ofrecerle un chocolate y tratar de animarlo; luego siguieron más horas de plática y poco a poco volvieron las risas. Nunca pude prever lo que vendría después.

Esas charlas continuaron en los siguientes días aunque los temas se volvieron diversos hasta que exactamente un mes después del día del chocolate, el hombre se presentó muy temprano en mi área de trabajo, me regaló una orquídea y me propuso iniciar un romance. No puedo negar que el hecho me sorprendió porque hasta hacía poco, el tipo moría por su novia y ahora se sentía listo para empezar una relación. Por supuesto que lo rechacé puesto que yo estaba casada y no tenía ninguna intención de sostener una aventura con mi jefe pero él me pidió que al menos aceptara la flor como muestra de su gratitud. Me quedé con el regalo; sin embargo, como no podía llevarlo a casa lo dejé en el cubículo para adornar a mi escritorio.

Así, a lo largo de todo un año, mes con mes en cada día 14, recibí el mismo regalo: un arreglo que contenía igual número de orquídeas como meses habían transcurrido. Nunca hubo mayor insistencia, solo las flores y una tarjeta que expresaba su declaración de amor. Traté de espaciar nuestras conversaciones y limitar el trato a lo estrictamente profesional para disminuir su interés por mí. Me incomodaba pensar que hubiera interpretado mi obsequio del chocolate como un coqueteo o insinuación de mi parte cuando yo solo buscaba animarle en un mal día. Pero a pesar de mis intentos, las flores llegaban invariablemente.

Las orquídeas se convirtieron en mis flores favoritas, mi escritorio siempre lució alegre y elegante con ellas. Fue una lástima que nunca pudiera llevarlas a casa, seguro que se habrían visto muy lindas en la estancia pero estoy segura que me habrían dejado más conflictos que satisfacciones.

El 14 de septiembre el arreglo no podía ser más hermoso, doce orquídeas blancas delicadamente acomodadas en un recipiente de cristal se enseñoreaban por todo mi cubículo, sin embargo la tarjeta romántica que siempre lo acompañaba no estaba por ningún lado mas, discretamente oculta entre las flores, había una carta donde me agradecía lo que había hecho por él y se despedía simplemente. Ese día él se fue de la oficina dejándome un extraño sentimiento que aún no sé si es tristeza o culpa.

 



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