Guadalupe Orona Urías

Pachuca, Hidalgo.- Coincido con quienes señalan que México es un país enfermo, y en parte por eso el Covid-19 está haciendo estragos en nuestra población: enfermo de pobreza y de analfabetismo, factores que son caldo de cultivo prácticamente para cualquier enfermedad. Si analizamos las estadísticas de la población más afectada por el Covid, encontramos que es aquella de menos ingresos (ciertamente el Covid no perdona rango social si el individuo llega a contagiarse, sobre todo si es de los de mayor riesgo por edad o por padecer alguna enfermedad crónica u obesidad); quienes suman más fallecimientos son los trabajadores, que, además, sufren el mayor riesgo de contagio al verse imposibilitados de quedarse en casa ante la imperiosa necesidad de salir a trabajar y obligados a ir hacinados en el transporte colectivo, como en el Metro de la Ciudad de México.  

                (Fotografía Milenio)

           La pobreza hace al individuo presa fácil de cualquier enfermedad: su alimentación, muchas veces desde el vientre de la madre, es deficiente, y por lo tanto su sistema inmunológico, débil; está imposibilitado económicamente para aplicarse pruebas Covid regularmente él y toda su familia (como sabemos el gobierno federal no ha instrumentado un programa de pruebas Covid para detectar al contagiado y actuar con eficacia y prontitud para romper las cadenas de contagio); la falta de acceso a seguridad social, a servicios básicos como agua potable, energía eléctrica y drenaje. Pero otro gran problema, como consecuencia de la pobreza y que es factor de riesgo para aumentar los contagios, es la falta de una vivienda adecuada. De acuerdo con un estudio de la organización “Hábitat para la Humanidad México”, sobre la relación entre la vida en condiciones de hacinamiento y la probabilidad de muerte por Covid-19, concluye que: “dentro de las desigualdades económicas, el hacinamiento es la que tiene una asociación más importante con la letalidad por COVID-19” (infobae 8 de enero de 2021).

Infobae (Foto: EFE/Jorge Núñez/Archivo)

Es decir, el hecho de que tres o más personas vivan y duerman en una vivienda  con un solo cuarto o bien en dos cuartos dormitorio con cinco o más ocupantes, o sea, la convivencia de personas en espacios cerrados con mala ventilación, propician la transmisión del virus: “… La relación entre este tipo de vivienda y la infección por SARS-CoV-2 está vinculada con su principal vía de transmisión. De acuerdo con el estudio, vivir en condición de hacinamiento aumenta en 6.8 puntos la probabilidad de morir en caso de tener una infección confirmada. En el caso de presentar un cuadro sintomático de alguna enfermedad respiratoria similar al COVID, con prueba PCR negativa, el aumento es de 5 puntos”. El mismo estudio revela que es, por mucho, más alta la probabilidad de morir por Covid-19 cuando se vive en hacinamiento que aquellas personas que padecen diabetes u obesidad: “Entre las comorbilidades, la diabetes tiene el mayor efecto marginal promedio en el aumento en la probabilidad de muerte con COVID-19 (2.2 puntos), seguida por la obesidad (2.1 puntos) y la enfermedad crónica renal (1.5 puntos)”. E incluso señala que el hacinamiento tiene una influencia proporcional aun más grande que el acceso a servicios de salud: “En lugares sin altos niveles de hacinamiento, tener acceso al servicio de salud se asocia con un aumento de 1.5 puntos en la probabilidad de sobrevivir. En lugares con altos niveles de hacinamiento, el aumento se reduce a solo 1 punto”. Es decir, es casi 7 veces más probable que una persona que vive hacinada muera por el coronavirus que una que padezca diabetes u obesidad.

            La pobreza mata, pero también la ignorancia, el desconocimiento de las causas de los fenómenos que circundan nuestra realidad; y en el caso de la pandemia catalogamos muchas veces dicho desconocimiento como irresponsabilidad de las personas; por ejemplo que aún a estas alturas, con miles de muertos en México y en el mundo, haya quienes digan que el Covid-19 no existe, que es un invento, o bien, los que se resisten  a usar cubrebocas (claro, siguiendo el mal ejemplo de López Obrador o de su responsable de la pandemia el Dr. López Gatell) y aquellos que desdeñan la sana distancia y hacen fiestas en lo más grave de la pandemia. Pero, generalmente nadie se interroga: ¿por qué un importante número de mexicanos se comporta así? Sin extenderme mucho diré que la causa está en los mismos que levantan su dedo flamígero para decir a sus gobernados: ¡están advertidos! ¡Está en ustedes morirse, si no obedecen las indicaciones dadas por la autoridad! Pues bien, esas autoridades han sido parte de la élite gubernamental y de la casta social gobernante que debió educar y hacer de los mexicanos un pueblo disciplinado; pero los gobiernos mexicanos siempre han querido un pueblo inculto para que sea manipulable y sumiso, y hoy paga el pueblo las consecuencias de esa política con la pérdida de incontables vidas.

            Así que, en este contexto, la gestión y la lucha que el Movimiento Antorchista Nacional ha sostenido durante décadas para que las familias mexicanas tengan una vivienda digna y así una vida más sana desde todos los ángulos del problema, ha sido muy correcta y necesaria, y hoy, en tiempos de pandemia, seguramente está contribuyendo a salvar vidas. A los mexicanos tantos derechos no han negado que prácticamente ya ninguno no nos queda, ni el de la vida. Pero en Antorcha seguiremos porfiando para que se respeten y atiendan problemas tan graves como la falta de vivienda.

Estamos viviendo no un sueño penoso, sino una terrible realidad, donde la irracionalidad ejerce su despótico poder,  y, como dice Goethe: “en que la anarquía reina legalmente y donde se desenvuelve un mundo de errores”. Eso es lo que vivimos actualmente, acentuado con el gobierno de López Obrador: irracionalidad, ignorancia y despotismo.  

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