Así soy y qué?

Jorge Cárdenas

ASÍ SOY ¿Y QUÉ?

Mi padre trabajó durante más de 30 años en Novedades Editores. Dicho así suena simple, pero no lo era. Era un mundo entero. Un universo de tinta, papel y ruido que, sin saberlo, me estaba formando desde antes de que yo pudiera entenderlo.

Publicidad

Él era jefe de rotativas en aquel impresionante complejo editorial. Todavía recuerdo —como si lo estuviera viendo ahora mismo— la emoción que me provocaba leer la placa conmemorativa donde se mencionaba que el presidente en turno, Porfirio Díaz, había colocado la primera piedra de ese edificio mítico. Yo no entendía del todo la historia, pero sentía el peso de algo grande, de algo que trascendía generaciones… como si ese lugar tuviera memoria propia.

Ahí conocí el olor de las tintas. Ese aroma espeso, casi embriagante, que se te queda pegado en la ropa y en los recuerdos. El calor del papel periódico recién salido, todavía tibio, casi vivo. Caminar entre aquellas máquinas gigantes era como entrar a una catedral industrial: ver correr las rotativas, escuchar su ritmo ensordecedor pero hipnótico, observar cómo los tambores doblaban los ejemplares con precisión quirúrgica… y luego tener en las manos un periódico “recién horneado”. Eso no se olvida. Eso te marca.

Dicen que los padres influyen en los hijos. El mío no solo influyó: me atravesó la vida en todas las formas posibles.

Recuerdo aquella vez que me llevó —de la mano de mi madre— a los estudios Verde y Oro de la XEW. El programa: Sonrisas y Sorpresas. Yo, un niño, de pronto frente a voces que ya conocía sin haber visto nunca: Paco Stanley, Leobardo Magadán, Evelin Lapuente, “El Polillita”. Estrechar sus manos fue como tocar la magia.

Y luego, hablar al micrófono.

Y luego, escuchar a mi padre decir:
—“Tu voz se escuchó en toda América Latina”.

No entendía la dimensión de esas palabras… pero sentí algo infinito. Ese día me hice una promesa: que mi voz y mi nombre también viajarían lejos. Hoy, sin darme cuenta del todo, creo que voy cumpliendo.

Mi padre llegaba a casa con varios ejemplares del periódico del día. De ahí nació mi afición por la lectura. Aunque, siendo honestos, siempre he sido raro: me gusta leer los periódicos al revés, de atrás hacia adelante. Así soy. ¿Y qué?

También llegaban revistas como Automundo Deportivo. Yo no las leía como debía… las desarmaba con paciencia para forrar mis cuadernos. Cada portada era una declaración de identidad.

Jorge Campos, con sus uniformes imposibles, su irreverencia y su talento, fue mi favorito. No era solo un portero: era un personaje. Después vino Ayrton Senna, que no corría, volaba. Los Petroleros de Houston, que desaparecieron como desaparecen muchas cosas en la vida. Los Hornets de Charlotte, que me hicieron creer que el básquetbol era espectáculo puro.

Y claro, en ese pequeño espacio de pared que me tocaba en el cuarto compartido, vivían pegados los pósters: Michael Jordan suspendido en el aire como si el tiempo no aplicara para él, John Stockton con su estilo impecable, Larry Bird con esa elegancia callada. Después de ellos dejé de ver básquetbol… no porque dejara de gustarme, sino porque el tiempo empezó a cobrarse todo. Siempre ocupado. Siempre corriendo. Siempre debiendo minutos para mí.

Pero si hubo algo que realmente me formó —y me salvó más de una vez— fue el mundo de las historietas.

Las Joyas de la Literatura eran mi salvación académica. Donde otros veían libros pesados, yo encontraba historias digeribles, vivas, ilustradas. En minutos podía entender lo que en páginas y páginas me habría tomado semanas. Lo mismo pasaba con Hombres y Héroes: historia convertida en narrativa visual, en aventura, en algo cercano.

Y luego vino el universo paralelo… el de los “sensacionales”.

Ahí la cosa cambiaba.

Sensacional de traileros no era solo una historieta: era carretera, polvo, pleitos, excesos y personajes que vivían al límite. Historias que parecían exageradas, pero que uno juraba podían existir en algún tramo olvidado del país.

Sensacional de luchas, mi favorito, era otro nivel: máscaras, rivalidades, honor, traición… luchadores que en mi mente eran más grandes que la vida misma. Ahí aprendí que un héroe también puede caer, y que levantarse siempre es parte del espectáculo.

Sensacional de maestros y de oficios retrataban la vida diaria con ese toque entre picaresco y exagerado, donde el albañil, el chofer o el ayudante se volvían protagonistas de historias que mezclaban humor, drama y picardía muy mexicana.

Sensacional de fútbol llevaba el juego a otro terreno: vestidores, conflictos, romances, triunfos y derrotas que iban mucho más allá de la cancha.

Y por supuesto, Sensacional de Así Soy ¿Y Qué?, que hoy le presta el nombre a esta columna: un espejo incómodo de personajes abusivos, gandallas, ventajosos… de esos que todos hemos visto, y a veces —aunque no queramos admitirlo— también hemos sido.

A la par estaban los clásicos que nunca fallaban: Kalimán, siempre sereno; Memín Pinguín, entrañable; El Pantera, crudo; Lágrimas y Risas, sentimental; Capulinita, ligero. Ese mosaico de papel barato —como dirían algunos— fue en realidad una escuela completa de emociones, lenguaje e imaginación.

En la secundaria, la maestra Virginia Aguayo Tapia, en la Escuela Secundaria Dr. Manuel Sandoval Vallarta, llamaba a todo esto “literatura barata”.

Y mírenos ahora.

Cuánto daríamos porque, aunque sea “barata”, las nuevas generaciones leyeran algo. Lo que fuera. Pero que leyeran.

Escribo esto a las 7 de la tarde, mientras suenan canciones de Juan Gabriel. Y sin querer, me voy de regreso a aquellas tardes de radio, cuando de 5 a 6 era sagrada “La Hora de Juan Gabriel”. Tardes de sol cayendo lento, de lluvia golpeando las ventanas, de silencios cómodos y rutinas simples. La única preocupación era esperar el llamado para el café.

La vida era más lenta… o tal vez uno la sentía más.

Donde antes estuvo Novedades Editores, con el tiempo llegó Milenio y también las instalaciones de Canal 6 Multimedios. El edificio sigue ahí, firme, testigo de todo. De generaciones, de historias, de cambios.

Y de alguna manera… yo sigo regresando.

Porque aunque parezca coincidencia, aunque suene a capricho del destino, hay algo que todavía me ata a ese lugar. Algo que no tiene que ver con máquinas, ni con tinta, ni con periódicos.

Tiene que ver con una sonrisa.

Con unos ojos que me hicieron volver sin darme cuenta.
Con una presencia que convirtió un recuerdo en presente.
Con una mujercita hermosa que, sin saberlo, volvió a encender todo eso que creía guardado.

Pero esa… esa historia merece su propio espacio.

Por ahora solo diré que no todo lo que nos marca se queda en el pasado. A veces, la vida encuentra la manera de regresarnos al origen… pero con el corazón en juego.

Porque entre tinta, papel, voces de radio, historietas, ídolos deportivos y canciones de Juan Gabriel… se fue armando esto que soy.

Y sí…
así soy.

¿Y qué?

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí