La ética no se titula

Mirada Pública

Betty Astudillo

La ética no se titula

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Hay documentos que caben en un marco y otros que solo pueden leerse en la conducta de las personas. Un título universitario puede colgarse en una pared. Una cédula profesional puede guardarse en una cartera. Pero la ética no admite sellos ni hologramas. Se revela cada vez que un profesionista decide entre hacer lo correcto o elegir el camino fácil.

El reciente y escandaloso caso de la UNAM volvió a colocar una pregunta en el centro del debate nacional: ¿de qué sirve formar profesionistas si algunos están dispuestos a sacrificar la honestidad para alcanzar una meta?

Una sociedad deposita su confianza en quienes ejercen una profesión. Confía su salud al médico, su patrimonio al abogado, su seguridad al ingeniero, la educación de sus hijos al maestro y su derecho a la información al periodista. Esa confianza es un contrato invisible que no está escrito en ninguna ley, pero sostiene la convivencia social.

La cédula profesional acredita conocimientos; no garantiza valores. Certifica que alguien cumplió con requisitos académicos, pero no puede asegurar que actuará con rectitud cuando nadie lo observe. Ahí radica la enorme diferencia entre estar autorizado para ejercer una profesión y ser digno de ejercerla.

Quizá ha llegado el momento de preguntarnos si México necesita fortalecer la regulación del ejercicio profesional. En muchos países, los colegios de profesionistas no solo representan a sus agremiados. También vigilan el cumplimiento de códigos de ética, investigan conductas indebidas y pueden imponer sanciones cuando se traiciona la confianza pública.

En nuestro país, esa cultura de la rendición de cuentas aún tiene importantes áreas de oportunidad. La actualización profesional, las certificaciones periódicas, los órganos independientes de ética y mecanismos eficaces para atender denuncias podrían fortalecer la calidad de los servicios que recibe la ciudadanía.

Pero ninguna regulación sustituirá a la conciencia. Las mejores leyes fracasan cuando quienes deben cumplirlas deciden ignorarlas. La ética no debería enseñarse únicamente en una asignatura universitaria. Tendría que acompañar toda la formación profesional, porque el conocimiento sin integridad puede convertirse en una herramienta para el abuso, el engaño o la simulación.

Cada vez que un profesionista falsifica información, actúa con negligencia, acepta un soborno o privilegia intereses personales sobre el bien común, no solo daña su prestigio. Debilita la confianza en toda una profesión y alimenta la idea de que el éxito puede obtenerse sin mérito.

Necesitamos profesionistas competentes, sí; pero, sobre todo, personas cuya palabra tenga el mismo valor que su firma y cuyo compromiso con la sociedad sea más fuerte que cualquier ambición personal.

Porque los títulos abren puertas. La ética es la que permite permanecer del otro lado con la frente en alto.

Y en México no solo hace falta formar mejores profesionistas; también hacen falta mecanismos eficaces para supervisar su actuación. Hoy, un ciudadano que recibe un servicio negligente, deshonesto o contrario a la ética suele enfrentar procedimientos largos, costosos y, muchas veces, poco efectivos.

Salvo en algunas profesiones reguladas, no existen colegios profesionales con facultades reales para investigar, sancionar o incluso suspender el ejercicio de quienes traicionan la confianza pública. La consecuencia es preocupante: la ética queda, en demasiadas ocasiones, reducida a un compromiso personal y no a una obligación respaldada por instituciones.

Una sociedad no puede conformarse con expedir títulos y entregar cédulas profesionales. Debe construir instituciones capaces de proteger a los ciudadanos cuando la ética fracasa. Porque un mal profesionista no solo afecta a un cliente; erosiona la confianza en toda una profesión. La excelencia académica es indispensable, pero la ética, la supervisión y la rendición de cuentas son las verdaderas garantías que merece la sociedad.

Y usted, ¿qué piensa?

Porque al final, el documento que más vale no es el que lleva un sello oficial. Es el que cada profesionista firma todos los días con sus decisiones: su conciencia y ¿la tiene?

Nos escuchamos en la próxima Mirada Pública

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