Mirada Pública
Betty Astudillo
Cuando desear la muerte dice mucho de nuestra vida
¡Ojalá se muera! Es una expresión que se ha vuelto inquietantemente cotidiana. Se lanza contra políticos, vecinos, exparejas, delincuentes, famosos e incluso desconocidos en las redes sociales. Parecería una simple descarga emocional, pero ¿lo es?
Desear la muerte de otro implica mucho más que pronunciar unas palabras. Es la renuncia, aunque sea por un instante, al reconocimiento de la dignidad humana. Es aceptar que la desaparición física del otro resolvería aquello que no hemos podido enfrentar mediante la justicia, la razón o el diálogo.
Desde la psicología, esos deseos suelen nacer de emociones intensas como el odio, la frustración, el miedo o la impotencia. No significan necesariamente que alguien vaya a cometer un crimen, pero sí revelan un deterioro emocional y una incapacidad para procesar el conflicto de manera saludable.
Desde la ética, el asunto es todavía más delicado. Cuando normalizamos desear la muerte de quienes piensan distinto, de quienes gobiernan mal o incluso de quienes han cometido delitos, comenzamos a erosionar el principio de que toda vida posee un valor intrínseco. Una sociedad no se fortalece celebrando la muerte de sus adversarios, sino construyendo instituciones capaces de impartir justicia.
En la dimensión social, las palabras crean ambientes. Cuando el lenguaje cotidiano se llena de amenazas, insultos y deseos de muerte, la violencia simbólica deja de ser simbólica y empieza a preparar el terreno para la violencia real, y la historia está llena de ejemplos donde primero se deshumanizó con palabras y después llegaron las agresiones.
En el ámbito espiritual, prácticamente todas las grandes tradiciones religiosas y filosóficas coinciden en algo: alimentar el odio termina dañando tanto a quien lo recibe como a quien lo cultiva. El resentimiento consume energía, nubla el juicio y encadena a quien lo alimenta.
Nada de esto significa justificar la impunidad, hay personas que deben responder ante la ley por actos terribles; pero una sentencia no es lo mismo que un deseo de muerte. La justicia busca reparar el orden; la venganza busca satisfacer una emoción.
También sería ingenuo ignorar el contexto. Cuando la corrupción, la impunidad, la violencia, el abuso de poder y los malos gobiernos se acumulan durante años, es natural que una parte de la sociedad experimente un profundo hartazgo. Muchas personas sienten que las instituciones han dejado de responder, que la justicia nunca llega y que quienes dañan al país permanecen intocables.
Esa frustración explica, aunque no justifica, que algunos terminen expresando deseos de muerte contra quienes consideran responsables de ese deterioro. El enojo ciudadano tiene causas reales y legítimas; pero ¿cómo impedimos que ese enojo se transforme en una cultura donde la eliminación del adversario parezca una solución aceptable?
Es así que tenemos un reto y no es aprender a odiar mejor, sino a indignarnos sin perder nuestra humanidad. Porque el día que celebrar la muerte del otro nos parezca normal, habremos empezado a perder una parte esencial de nosotros mismos.
Y usted ¿Qué piensa?
Recuerde que las sociedades también se degradan cuando la muerte deja de doler y comienza a convertirse en espectáculo, consigna o deseo. Y ese es un precio demasiado alto para cualquier democracia.
Nos escuchamos en la próxima Mirada Pública.

