Betty Astudillo
Mirada Pública
Cuerpos simplemente perfectos
Hace unos días observaba en una alberca a mujeres de distintas edades que llegaban con una mezcla curiosa: ganas de nadar, de convivir y de descansar. Algunas cubriéndose el abdomen, otras acomodándose constantemente el traje de baño, otras más mirando alrededor antes de entrar al agua.
Como si la alberca fuera un escenario donde alguien estuviera calificando, pero ¿en qué momento dejamos de ver el cuerpo como un cuerpo y comenzamos a verlo como un examen?
Resulta interesante observar la diferencia entre una alberca y una playa. En la playa, donde no existe esa regla estricta, muchas mujeres conservan el short, la camiseta, el pareo o cualquier prenda que les dé seguridad. Nadie les exige mostrar más de lo que quieren mostrar.
Pero en una alberca, donde socialmente se espera que la vestimenta sea específica, hay mujeres que sienten que tienen que enfrentarse a una exposición que no eligieron completamente.
Y hay otro contraste que llama la atención, la relación que tenemos con los cuerpos masculinos. En una misma alberca vemos hombres con cuerpos de todas las formas: con abdomen prominente, con kilos de más, con cuerpos alejados de cualquier estándar de revista. Muchos entran, nadan, juegan, conviven sin esa misma carga de vergüenza.
No porque los hombres no tengan inseguridades, sino porque históricamente a ellos no se les ha impuesto con la misma intensidad la obligación de que su cuerpo sea una pieza estética permanente.
A una mujer se le ha enseñado que su cuerpo debe ser observado, corregido y presentado. Que debe desafiar la edad, la gravedad, la maternidad y el paso del tiempo.
Durante décadas nos han vendido la idea de que el cuerpo debe llegar a cierta etapa sin marcas, sin cambios, sin historia. Un cuerpo como fotografía retocada: sin embarazos, sin enfermedades, sin años, sin noches difíciles, sin la vida pasando por él.
Pero los cuerpos reales no son anuncios, son archivos vivos. Un abdomen puede contar la historia de un embarazo. Una cicatriz puede hablar de una batalla ganada. Una piel con arrugas puede ser la evidencia de una vida completa. Un cuerpo que cambia no está fallando, está contando su historia.
La industria de la belleza ha hecho un negocio enorme con nuestras inseguridades. Nos ha convencido de que primero debemos arreglarnos y después disfrutar. Primero adelgazar, tonificar, rejuvenecer y luego permitirnos aparecer. Pero la vida no ocurre después de alcanzar un cuerpo perfecto. La vida ocurre ahora.
Quizá una de las revoluciones más silenciosas sería recuperar el derecho a habitar nuestro propio cuerpo sin pedir permiso.
Entrar a una alberca no debería sentirse como pasar una prueba. Debería ser simplemente entrar al agua. Porque los cuerpos verdaderamente perfectos no son los que cumplen un molde imposible. Son los que respiran, sienten, abrazan, nadan, ríen y acompañan nuestra historia.
Y usted, ¿qué piensa?
Porque para cambiar la sociedad en la que vivimos, hay que transformar la mirada con la que nos vemos.
Nos escuchamos en la próxima Mirada Pública.

