Mirada Pública
Betty Astudillo
El árbol que cura, hasta que lo matamos
Cada Día del Árbol vemos en las noticias, el mismo ritual: un político sembrando un ejemplar pronunciando un discurso sobre la importancia de los bosques y publicando las fotografías o videos, con una pala en la mano. Veinticuatro horas después, el árbol vuelve a quedar solo. La celebración termina y el abandono permanece.
En México existe un árbol que ilustra perfectamente esta contradicción: se trata del guapinol o cuapinole. Un árbol que ha sido un aliado de la medicina tradicional durante generaciones. Su corteza es utilizada para aliviar padecimientos renales y la diabetes tipo 2. Paradójicamente, aquello que le da valor para el ser humano se ha convertido en su sentencia de muerte.
La extracción indiscriminada de su corteza deja al árbol expuesto a bacterias, hongos, insectos y otros organismos que lentamente terminan por destruirlo. No basta con decir que se aprovecha un recurso natural; en muchos casos se está condenando a muerte al organismo que lo produce.
En comunidades rurales de Acapulco ya se observa un fenómeno alarmante. Los grandes guapinoles prácticamente han desaparecido y ahora son los árboles jóvenes quienes sostienen la creciente demanda del mercado furtivo medicinal. Es una explotación que rompe el ciclo natural: los ejemplares no alcanzan la madurez suficiente para producir semillas y reemplazar a los individuos que mueren. Lo que poco a poco vacía el futuro del bosque o la selva.
Lo más preocupante es que esta extracción ocurre sin un programa integral de manejo que garantice la permanencia de la especie. Mientras el mercado encuentra ganancias inmediatas, la naturaleza acumula pérdidas que pueden tardar decenas de años en recuperarse.
El problema trasciende al guapinol. Es el reflejo de una relación profundamente utilitaria con los árboles. Los admiramos cuando nos dan sombra, frutos, madera, oxígeno o medicinas, pero rara vez reconocemos que son seres vivos cuya existencia sostiene la nuestra. Sin árboles no hay suelos fértiles, no hay regulación del clima, no hay agua, no hay biodiversidad y, finalmente, tampoco habrá bienestar humano.
La paradoja es dolorosa: buscamos remedios en la naturaleza mientras destruimos la farmacia natural completa.
Las comunidades campesinas y los comuneros no son los enemigos. Al contrario, son los primeros guardianes del patrimonio forestal y también quienes enfrentan condiciones económicas que muchas veces los obligan a depender de estos recursos. Por ello, la solución no consiste en prohibir, sino en construir alternativas sustentables. Es indispensable que las autoridades ambientales, agrícolas y económicas, desarrollen programas que permitan producir, comercializar y aprovechar estas cortezas sin sacrificar a los árboles que las generan.
Celebrar el Día del Árbol no debería reducirse a sembrar un ejemplar para la fotografía oficial. El verdadero homenaje consiste en garantizar que los árboles adultos permanezcan en pie, que los jóvenes lleguen a ser bosques y que las especies útiles, como el guapinol, no desaparezcan precisamente por ser valiosas.
Porque un árbol tarda décadas en crecer, pero basta una decisión equivocada para condenarlo en unos minutos.
Y usted, ¿qué piensa?
Cuando caiga el último árbol que nos cura, quizá descubramos demasiado tarde que también estaba sosteniendo nuestra propia vida.
Nos escuchamos en la próxima Mirada Pública

