Mirada Pública
Betty Astudillo
El campeón del Mundial
Hay trofeos que se levantan con las manos y otros que se conquistan con el alma.
El verdadero campeón del Mundial no siempre es quien alza la copa. Sino quien entra al campo con respeto, reconoce al rival, acepta la derrota con dignidad y celebra la victoria sin humillar. Es quien entiende que el futbol nació para unir pueblos antes que para dividir aficiones.
Erling Haaland representa esa generación de deportistas que recuerda que el talento, por sí solo, nunca es suficiente. Detrás de cada gol hay decenas de horas de entrenamiento, disciplina silenciosa, constancia y un profundo respeto por el juego. Su mayor virtud como delantero no es solo la potencia de su disparo, sino la seriedad con la que honra su profesión.
El futbol tiene la extraordinaria capacidad de borrar fronteras durante noventa minutos. En las tribunas conviven idiomas distintos, colores diferentes, culturas que jamás se habían encontrado y personas que, sin conocerse, se abrazan después de una jugada memorable. Ese instante vale mucho más que cualquier campaña publicitaria.
Sin embargo, el espectáculo moderno amenaza con convertir esa esencia en un gigantesco escaparate donde los millones pesan más que los valores. La mercadotecnia vende rivalidades permanentes, fabrica héroes desechables y transforma la pasión en mercancía. El negocio es legítimo, pero nunca debería eclipsar aquello que hizo grande a este deporte: el encuentro entre seres humanos.
Y es que el campeonato más importante no se disputa en una cancha, sino en nuestra capacidad para reconocernos como una sola familia. Cuando un niño en México celebra un gol de un noruego, cuando un francés aplaude una jugada de un japonés o un brasileño admira a un marroquí, el balón ha logrado lo que muchas veces la política no consigue: tender puentes, hermanar corazones.
El futbol seguirá teniendo campeones cada cuatro años. Pero el mundo necesita, todos los días, campeones de la humildad, del respeto, de la fraternidad y del juego limpio.
Y usted ¿Qué piensa?
Porque las copas se llenan de polvo. Los valores, en cambio, permanecen generación tras generación. Ese es el campeonato que nunca debería terminar.
Nos escuchamos en la próxima Mirada Pública.

