Betty Astudillo
Mirada Pública
El galano arte de leer
Hay artes que aprendemos casi sin darnos cuenta: caminar, conversar, mirar el mar, reconocer el olor de la lluvia. Pero existe un arte que puede transformar nuestra manera de comprender el mundo: leer.
Leer no es solamente juntar letras y pronunciar palabras. Leer es entrar en conversación con alguien que quizá vivió hace siglos, que nació en otro país, que pensó distinto a nosotros o que imaginó mundos que todavía no existen, como Julio Verne.
Por eso hoy quiero hablar de el galano arte de leer.
La lectura nos permite ampliar nuestra mirada. Nos ayuda a comprender una noticia, a cuestionar una mentira, a reconocer una manipulación y también a descubrir una verdad incómoda.
Una sociedad que lee tiene más herramientas para preguntar. Y preguntar es importante, porque quien nunca pregunta puede terminar aceptando como verdad todo aquello que le dicen.
Leer también desarrolla algo que en estos tiempos necesitamos urgentemente: pensamiento crítico.
Vivimos rodeados de información. Las redes sociales nos entregan cientos de mensajes cada día, videos de pocos segundos, titulares llamativos, opiniones convertidas en certezas y, muchas veces, información falsa disfrazada de noticia.
Pero leer con profundidad exige detenernos. Exige comparar, comprender el contexto, identificar al autor, preguntarnos de dónde viene la información y qué intención puede existir detrás de ella.
Leer nos devuelve algo que la velocidad digital nos está quitando: la capacidad de concentrarnos.
Y hay algo más. Leer también nos hace más humanos. Cuando conocemos la historia de otra persona, podemos comprender su dolor. Cuando leemos sobre una cultura diferente, podemos descubrir que nuestras costumbres no son las únicas. Cuando encontramos un personaje que lucha, pierde, ama o vuelve a levantarse, quizá descubrimos algo de nosotros mismos.
Por eso leer no debería ser un privilegio reservado para quienes tienen tiempo, dinero o una gran biblioteca en casa.
La lectura debe estar en las escuelas, en las plazas, en las comunidades, en las bibliotecas públicas, en los hogares y también en los teléfonos que llevamos en el bolsillo.
Porque no importa solamente cuántos libros leemos. Importa qué hacemos con aquello que leemos.
Un libro puede permanecer cerrado durante años en un estante y no cambiar absolutamente nada, pero una página leída en el momento preciso puede cambiar una decisión, despertar una vocación, acompañar una soledad o abrir una puerta que parecía inexistente.
Quizá por eso necesitamos recuperar el gusto por leer sin convertirlo siempre en una obligación escolar.
Leer por curiosidad. Leer por placer. Leer para viajar sin boleto. Leer para conocer otras épocas. Leer para escuchar voces distintas. Leer incluso aquello con lo que no estamos de acuerdo, porque también ahí se construye la tolerancia.
Y quizá deberíamos recuperar también el placer de leerles a los niños. Una madre, un padre, una abuela, un maestro que lee en voz alta no solamente está contando una historia. Está construyendo memoria, imaginación y vínculos.
Un niño que escucha un cuento aprende que las palabras pueden crear universos. Y un adulto que vuelve a leer quizá descubre que todavía conserva dentro de sí a aquel niño que alguna vez creyó que un libro podía contener un mundo entero.
En una época de mensajes instantáneos, algoritmos y respuestas inmediatas, leer es también un pequeño acto de resistencia frente a la prisa.
Porque un buen libro no siempre nos da respuestas. A veces hace algo mucho más valioso: nos enseña a formular mejores preguntas.
Abramos un libro, el que tengamos cerca. Una novela, un cuento, una crónica, un poema, una biografía, un ensayo y regalémonos unos minutos.
Porque quizá entre sus páginas encontremos una idea que nos acompañe durante años. El galano arte de leer no consiste solamente en descifrar palabras. Consiste en aprender a mirar.
Y usted, ¿Qué piensa?
Porque una sociedad que aprende a mirar difícilmente acepta permanecer a oscuras.
Nos escuchamos en la próxima Mirada Pública.

