Betty Astudillo
Memoria de un pescador, un padre y una vida honorable
Hay hombres que nacen junto al mar. Mi padre no fue de esos casos: nació lejos de él. Sin embargo, hay encuentros que parecen haber sido escritos desde antes del tiempo, y cuando aquel muchacho dejó Ajuchitlán del Progreso para buscar un destino en Acapulco, no solo encontró trabajo: encontró el lugar donde descansaría su espíritu.
Mi padre decía que era un hombre de mar y tierra. Pero bastaba verlo mirar el horizonte para comprender que, si el Creador le hubiera permitido escoger, habría elegido la inmensidad azul. Allí pertenecía.
No estudió más allá del tercer año de primaria. La vida lo obligó demasiado pronto a cambiar los cuadernos por el esfuerzo. Sus manos aprendieron antes a cargar que a escribir. Fueron manos endurecidas por el trabajo de estibador, curtidas por la sal y el sol; pero también fueron manos capaces de sostener a una familia, rescatar a un compañero cuando el océano quiso arrebatárselo y salvar a infinidad de turistas desconocidos sin esperar jamás un aplauso.

El mar le enseñó lo que ninguna escuela habría podido explicarle. Sabía leer el color de las aguas, entender el lenguaje del viento y descubrir cuándo una corriente escondía peligro. Había visto mantarrayas volar sobre su pequeña embarcación, tortugas gigantes levantarla como si fuera apenas una hoja, bancos de peces que convertían el océano en un espejo vivo y tormentas capaces de recordarle al ser humano su verdadera dimensión. También conoció el dolor de quienes esperaban en la playa a pescadores que nunca regresaban. El mar es noble, pero en conjunción con el viento puede ser implacable.
Nunca perdió el respeto por el mar. Antes de entrar en él se persignaba con la sencillez de quien conversa con Dios todos los días y decía que la mar llevaba el nombre de María de Gracia. Aquello no era superstición: era gratitud.
Su riqueza nunca estuvo en lo que guardó, sino en lo que compartió. Cuando la pesca era abundante o no lograba venderla, regresaba a casa con el corazón tranquilo, porque sabía que algún vecino tendría alimento ese día. Mucho tiempo después comprendí por qué una mujer lloró al recibir aquellos pescados que mi madre enviaba. No lloraba por el pescado. Lloraba porque Dios había respondido a su oración utilizando las manos de un humilde pescador.
Mi padre nunca habló de conservación ni de sustentabilidad. No conocía esas palabras. Pero cuando atrapaba una hembra cargada de vida, la devolvía al mar. Decía que solo así habría peces para el mañana. La sabiduría, descubrí después, no siempre necesita títulos universitarios.
Cada domingo nos llevaba a mi hermana y a mí a Tlacopanocha. Mientras otros disfrutaban la playa, él nos enseñaba que amar un lugar también significaba cuidarlo. Recogíamos vidrios y basura entre protestas infantiles. Él solo sonreía y decía: “Acapulco es nuestra casa; las visitas merecen encontrarla limpia”. Sin saberlo, nos estaba enseñando ciudadanía, respeto y amor por la tierra que habitábamos.
Su fe era tan sencilla como profunda. Decía que de hambre solo moría el flojo. Creía en el trabajo, en la providencia y en la dignidad. Nunca necesitó grandes discursos para educarnos: bastó su ejemplo.
La enfermedad llegó como llegan las peores tormentas: sin justicia. Una negligencia médica terminó apagando la vida de un hombre que jamás faltó a una cita, que confió hasta el final en las instituciones que debían cuidarlo. Durante sus últimos días soñábamos con llevarlo frente al océano para que pudiera despedirse de su viejo amigo. No alcanzamos. El mar lo llamó antes.
Siempre he pensado que una parte de sus ojos sigue navegando entre las olas, porque hay personas cuyo cuerpo abandona este mundo, pero cuyo espíritu permanece donde fue verdaderamente feliz.
Algunos hombres conquistan el mundo; él conquistó algo infinitamente más grande: el respeto del mar, el amor de su familia y la paz de haber vivido haciendo el bien.
Mi padre nunca escribió un libro. Nunca ocupó un cargo importante. Nunca apareció en los periódicos. Sin embargo, dejó una obra mucho más difícil de construir: una vida honorable.

Cuando contemplo el mar, entiendo que él no desapareció: se volvió horizonte. Está en cada amanecer sobre el Pacífico, en la fuerza silenciosa de las mareas, en el pescador que parte antes del alba y en la mano generosa que comparte el pan sin preguntar.
Y mientras exista una ola rompiendo sobre la costa de Acapulco, habrá una parte de él que jamás dejará de regresar a casa.

