Mirada Pública
Betty Astudillo
La ciudad del discurso y la ciudad de la realidad
En política existe una vieja tentación, cuando no se logra transformar la realidad, siempre queda la posibilidad de transformar la manera en que esa realidad se presenta.
Por eso, los gobernantes deciden cambiar los colores, crear símbolos o construir narrativas. Pero esto no es suficiente, y es que los ciudadanos no viven dentro de los discursos, viven lo que pasa en las calles.
La Ciudad de México se ha construido en los últimos años como una capital progresista: feminista, incluyente, defensora de derechos y orgullosa de su diversidad. Y hay que reconocer que existen avances importantes.
Ha impulsado derechos sexuales y reproductivos, legislación contra la violencia digital y políticas públicas con perspectiva de género. También se convirtió en uno de los grandes escenarios de movilización feminista en América Latina.
Pero ¿una ciudad se transforma porque cambia sus leyes o porque cambia la vida de quienes la habitan? Ya que una cosa es el feminismo como discurso institucional y otra el feminismo como experiencia cotidiana.
Una ciudad no es feminista solamente porque se pinta de morado. El morado representa una lucha histórica, pero no puede convertirse en una capa de pintura sobre los problemas que siguen debajo.
Una mujer que sale del trabajo y enfrenta un transporte público con fallas, saturación o inseguridad no vive la igualdad desde una campaña. La vive desde el miedo, el cansancio y la incertidumbre.
Una mujer que camina por calles con baches, zonas oscuras o infraestructura abandonada no necesita solamente mensajes de empoderamiento, necesita una ciudad que funcione.
Y es que también hay una forma de violencia que pocas veces se nombra: la violencia de una ciudad que obliga a sus habitantes a resolver todos los días lo que las instituciones no resuelven. Y esto nos lleva a otro fenómeno: la política de los símbolos.
En México la identidad indígena representa siglos de historia, resistencia y conocimiento. Por eso resulta profundamente cuestionable cuando los elementos indígenas aparecen únicamente como imagen pública, como vestuario, decoración o fotografía. La cultura no debería ser utilería de nadie. Los pueblos originarios no necesitan ser mostrados como parte del paisaje político; necesitan ser escuchados como sujetos de derechos.
La misma contradicción aparece con otro símbolo convertido en emblema capitalino: el ajolote. Ya está en todas partes: en campañas, diseños, recuerdos turísticos y discursos sobre identidad; pero el verdadero ajolote sigue dependiendo de un ecosistema frágil.
Su protección no se logra multiplicando su imagen, se logra defendiendo su ecosistema en Xochimilco. Convertir una especie en símbolo es fácil, protegerla es mucho más difícil.
Nuestra ciudad tiene un gran dilema: hemos aprendido a comunicar las causas, pero todavía tenemos pendiente resolver las condiciones que hacen necesarias esas causas.
El feminismo no puede medirse por cuántas instituciones usan su lenguaje, sino por cuántas mujeres viven con más seguridad, autonomía y justicia.
La inclusión no puede medirse por cuántas veces aparecen ciertos símbolos, sino por cuánto participan realmente quienes representan esos símbolos.
La defensa ambiental no puede medirse por cuántas veces aparece el ajolote, sino por si el ajolote tiene futuro.
Porque gobernar no es cambiar el filtro con el que vemos la realidad, es cambiar la realidad misma. Y es que una ciudad no puede verse como progresista si no puede vivirse como tal.
Y usted, ¿qué piensa?
Porque una mujer en el poder no garantiza automáticamente políticas feministas. Esta es la diferencia entre representación y resolución. Y en esto último nos están quedando a deber.
Nos escuchamos en la próxima Mirada Pública.

