
Comentario político del periodista Raymundo Medellín para el programa radiofónico “Hablando Claro, de Radio Expresión México, que conduce Manuel Aparicio.
“La izquierda mexicana lleva 40 años defendiendo que la orientación sexual es un asunto privado e irrelevante para la vida pública. Desde la ley de sociedades de convivencia en 2006 hasta el matrimonio igualitario en 2009, ese principio ha sido bandera. Por eso, cuando en 2024 circuló un señalamiento, no verificado, sobre la vida íntima de Andrés Manuel López Obrador y Carlos Monsiváis, la reacción de algunos sectores de esa misma izquierda dejó ver una contradicción: si la preferencia sexual no debe usarse para juzgar, ¿por qué escandaliza cuando el rumor toca a un líder propio? Con esta mi personal opinión, no busco confirmar chismes, sino preguntar: ¿la tolerancia se sostiene sólo cuando el señalado es otro?”.
Carlos Monsiváis escribió que “en política mexicana, el chisme es el sustituto del debate”. Quizá tenía razón. En 2024, un libro de opinión lanzó un rumor no probado sobre su relación con Andrés Manuel López Obrador. La respuesta de parte de la militancia que por años ha exigido respeto a la diversidad sexual, fue el silencio incómodo o el rechazo airado. El problema no es si el rumor es cierto o falso —no hay evidencia pública que lo sostenga— sino lo que revela: defendemos que la vida privada es privada, excepto cuando nos incomoda. Si la izquierda ha pedido no usar la orientación sexual como arma política, la coherencia exigiría aplicar ese mismo principio aquí, sin importar de quién se hable.
El principio es viejo y es liberal: la vida sexual de un adulto no es asunto público salvo que haya delito. Lo dice el artículo 16 constitucional, lo repite la Corte Interamericana y lo firmó México en tratados desde los 90. La izquierda lo convirtió en bandera cuando el PAN y la Iglesia usaban la orientación para descalificar candidatos. ‘Lo que haga en su cama no importa si gobierna bien’, se repetía. Monsiváis lo llevó a crónica: ‘La moral pública es la coartada de los hipócritas’. Si ese estándar fue válido para defender a un diputado gay en 2003 o a una alcaldesa lesbiana en 2018, tiene que ser válido siempre. La coherencia no tiene cláusulas de excepción por apellido. Un rumor no probado sobre AMLO o sobre cualquiera es, en estricta lógica democrática, irrelevante. Si pedimos que no importe cuando señalan a un activista, no puede importar cuando señalan a un presidente. Punto.”
“Pero duele, y duele por tres razones que no tienen que ver con derechos sino con poder. Uno: la base electoral. Gran parte del voto de Morena sigue siendo socialmente conservador. Las encuestas del INEGI muestran que 43% de mexicanos aún no aceptaría un hijo gay. Ese voto se espanta con el rumor, cierto o falso. Dos: la imagen. AMLO construyó su narrativa sobre ‘el pueblo bueno’, familia tradicional, cartilla moral. El rumor rompe ese marco y le da parque a la oposición para gritar ‘hipócrita’. Tres: la herramienta. Durante años, una parte de la izquierda usó la homofobia del adversario como prueba de su atraso. Si ahora se pone a la defensiva ante un señalamiento sobre los suyos, le entrega a la derecha el argumento: ‘Ustedes también creen que es algo malo, por eso lo niegan’. El escándalo no es sexual, es estratégico. No temen a la cama; temen a la urna. Y por eso, en vez del ‘¿y qué?’ que exigiría su propio discurso, optan por el ‘es mentira’ que convierte la orientación en acusación”.
“El problema, entonces, no es Monsiváis. No es AMLO. El problema es qué hacemos cuando nuestros principios nos cuestan votos.”

