Por: Betty Astudillo.
Mirada Pública
Libertad religiosa, el derecho que revela todos los demás
Hablar de libertad religiosa no es hablar solo de fe, es hablar de poder. Porque donde una persona no puede creer, tampoco puede disentir, ni pensar libremente, ni ser plenamente ella misma.
Hoy, la libertad religiosa funciona como un termómetro incómodo: mide la salud real de los derechos humanos. Y el diagnóstico global no es alentador.
El Informe de Libertad Religiosa en el Mundo 2025 de La fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN), lo dice sin rodeos: dos tercios de la humanidad viven en países donde este derecho no está plenamente garantizado, esto es, mas de 5 mil millones de personas. No es un fenómeno aislado, es una tendencia.
En 62 países hay violaciones graves: persecución en 24, discriminación en 38. Y el dato más inquietante: la libertad religiosa no solo está en riesgo, está retrocediendo.
El informe identifica un enemigo claro: el autoritarismo. Gobiernos que vigilan, controlan y censuran. Estados que deciden qué se puede creer y qué no. En muchos casos, la religión se vuelve sospechosa si no está alineada con el poder.
A esto se suman conflictos armados, extremismos y nacionalismos religiosos. El resultado es una tormenta perfecta: comunidades perseguidas, desplazadas, y silenciadas.
Pero el fenómeno ya no es exclusivo de regiones en guerra. También en democracias occidentales crecen los delitos de odio, los ataques a templos, la intolerancia disfrazada de ideología.
La señal es clara: cuando la diversidad de creencias incomoda, la libertad empieza a encogerse. En América Latina, la libertad religiosa existe en el papel. Las constituciones la reconocen. Los discursos la defienden., pero en la práctica, la historia es más compleja.
El informe señala una mezcla peligrosa: crimen organizado, debilidad institucional e impunidad. Aquí, los líderes religiosos no solo predican, muchas veces denuncian, acompañan comunidades y enfrentan violencia. Y por eso se vuelven blancos.
No es persecución ideológica en todos los casos. Es algo más crudo, la fe se vuelve incómoda cuando cuestiona al poder, legal o ilegal.
México es un caso emblemático de contradicción. El Estado es laico y la libertad religiosa está garantizada en la Constitución, pero en la realidad, el país ha sido clasificado en el nivel de “discriminación” por el deterioro de las condiciones de seguridad.
Aquí, el problema no es prohibir creer, es castigar, intimidar o silenciar a quienes ejercen liderazgo social desde la fe.
El informe lo advierte: sacerdotes, pastores y líderes comunitarios enfrentan amenazas del crimen organizado. Y cuando el Estado no protege, la libertad se vuelve frágil. Porque la libertad religiosa no se mide en leyes, sino en riesgos.
La libertad religiosa no es un derecho aislado. Es un nodo que cuando cae arrastra otros como la libertad de expresión, la libertad de asociación y la libertad de conciencia.
Por eso el informe lanza una advertencia potente: su deterioro anticipa el colapso de otras libertades. Es simple, si no puedes creer libremente, difícilmente puedes vivir libremente.
Pero hay otra dimensión, menos visible, la libertad religiosa también es una puerta al desarrollo humano. Permite construir sentido, identidad y comunidad. Genera redes de apoyo, educación y ayuda social.
Donde se restringe, no solo se limita la fe, se empobrece el tejido social. Y donde se respeta, ocurre lo contrario: la diversidad convive, el diálogo crece y la sociedad se vuelve más resiliente.
La pregunta no es si alguien cree o no cree. La pregunta es si puede hacerlo sin miedo. Porque una sociedad que no garantiza la libertad religiosa no es neutral, es una sociedad que ya empezó a elegir qué libertades sí importan y cuáles no. Y cuando eso ocurre, el problema ya no es de fe, es de democracia.
Y usted, ¿qué piensa?
Nos escuchamos en la próxima Mirada Pública.

