Mirada Pública
Betty Astudillo
Mascotas, espejos y silencios humanos
Cada vez vemos más carriolas en los centros comerciales, pero no llevan bebés: llevan perros. Hay pasteles de cumpleaños con velas, para gatos, ropa de diseñador para mascotas y cuentas de redes sociales con más seguidores que cualquier vecino. No es una exageración, es una postal cotidiana.
Nadie duda del cariño a las mascotas, eso es evidente y profundamente humano. Pero ¿qué está pasando con nosotros que estamos desplazando vínculos humanos por vínculos con animales que humanizamos?
La humanización de las mascotas no surge de la nada. Es hija de varias ausencias como la soledad urbana, por ejemplo. Vivimos en ciudades donde cada quien habita su burbuja, donde el vecino es un desconocido y la familia se fragmenta por trabajo, distancia o simple desgaste emocional. En ese paisaje, un perro o un gato no solo acompaña, escucha sin juzgar, permanece sin condiciones y no exige explicaciones.
También está el miedo. Relacionarnos con otros humanos implica riesgo, decepción, conflicto o abandono. Las mascotas, en cambio, ofrecen una relación más predecible, son afecto sin negociación y compañía sin contradicción. Y en un mundo que se siente incierto, esto resulta profundamente atractivo.
Pero hay otro ingrediente que pocas veces se señala: el modelo cultural que consumimos. Durante décadas, la industria del entretenimiento estadounidense ha colocado a las mascotas en el centro emocional de la narrativa. Películas donde el perro es el héroe moral, series donde el animal es el único leal, historias donde el vínculo humano falla, pero el animal rescata. No es casualidad, es una pedagogía silenciosa.
Ese modelo -exportado, repetido e idealizado- ha ido moldeando imaginarios. Nos enseña que el amor más puro no está necesariamente entre personas, sino en ese vínculo incondicional con un animal. Y poco a poco, sin darnos cuenta, empezamos a aspirar a relaciones que no nos contradigan, que no nos cuestionen, que no nos obliguen a crecer.
¿El resultado? Vínculos humanos cada vez más frágiles, más evitados, más reemplazables.
No se trata de demonizar el amor por los animales, eso sería absurdo. Las mascotas pueden ser refugio, compañía, incluso soporte emocional en momentos críticos. El problema aparece cuando ese vínculo sustituye -no complementa- nuestras relaciones humanas.
Porque ningún perro, por más leal que sea, puede enseñarnos a resolver un conflicto complejo. Ningún gato, por más cercano que parezca, puede confrontarnos con nuestras propias contradicciones. Eso solo ocurre en el terreno, a veces incómodo, de lo humano.
Estamos frente a una paradoja: en una era hiperconectada, donde podemos hablar con cualquiera en cualquier momento, elegimos relaciones que no hablan, relaciones que no discuten, relaciones que no exigen. Y eso tiene un costo.
La pérdida de interacción humano a humano no es solo un cambio de hábitos, es una transformación social. Afecta la empatía, la tolerancia, la capacidad de escuchar lo distinto. Nos vuelve menos pacientes, menos abiertos, menos dispuestos a construir en colectivo.
Entonces, la interrogante no es por qué amamos tanto a nuestras mascotas, sino ¿por qué nos está costando tanto sostenernos entre nosotros?
Tal vez la respuesta no esté en alejarnos de los animales, sino en recuperar el equilibrio. En entender que el cariño a una mascota puede ser un puente, pero no un reemplazo. Que el afecto más desafiante -y también el más necesario- sigue siendo el que construimos entre personas.
Y hoy, ese tejido, empieza a mostrar grietas.
Y usted, ¿qué piensa?
Al final, una sociedad no se mide por cómo trata a sus mascotas, sino por cómo se sostiene entre humanos.
Nos escuchamos en la próxima Mirada Pública.

