Betty Astudillo
Mirada Pública
La libertad de prensa que esclaviza a periodistas
La salud mental en el periodismo dejó de ser un asunto privado, silencioso o relegado al carácter individual. Durante décadas, las redacciones construyeron una cultura donde el agotamiento era visto como compromiso, el insomnio como profesionalismo y la exposición constante al dolor humano como parte inevitable del oficio.
Se admiraba al periodista que nunca descansaba, que cubría tragedias sin quebrarse, que seguía adelante aun después de mirar de frente la violencia, la guerra, las desapariciones, los desastres naturales o el derrumbe cotidiano de sociedades enteras. Como si sentir menos fuera una credencial profesional.
Pero algo comenzó a romperse. El mundo del periodismo está empezando a reconocer que nadie puede sostener la verdad pública si por dentro está hecho trizas. Y esta frase no es una exageración poética, es una realidad que atraviesa a miles de periodistas en distintos países.
La salud mental se ha convertido en uno de los grandes temas invisibles de la libertad de prensa. Porque no basta con defender el derecho a informar si quienes informan trabajan bajo miedo constante, precarización, hiperexigencia y desgaste emocional acumulado.
En América Latina esto adquiere una dimensión todavía más profunda. Numerosos periodistas cubren violencia criminal, feminicidios, corrupción, migración forzada, crisis climáticas y conflictos sociales sin acompañamiento psicológico, sin protocolos y, muchas veces, sin condiciones laborales mínimas.
Hay reporteros que terminan una cobertura traumática y al día siguiente deben continuar como si nada hubiera ocurrido, como si el cuerpo no guardara memoria, como si la mente pudiera archivar el horror en una nota publicada y continuar funcionando intacta.
La consecuencia no siempre es visible. A veces se manifiesta en ansiedad, agotamiento extremo, insomnio o depresión. Otras veces aparece en forma de cinismo, desconexión emocional o una peligrosa normalización de la violencia. Cuando una sociedad acostumbra a sus periodistas a sobrevivir emocionalmente destruidos, también comienza a erosionarse la calidad humana de la información que produce.
Y, sin embargo, durante mucho tiempo hablar de salud mental en el periodismo parecía un signo de debilidad. Existía la idea de que un buen periodista debía resistirlo todo. El problema es que ningún ser humano resiste indefinidamente vivir rodeado de tragedia sin pagar algún costo interno.
Por eso hoy comienzan a surgir conversaciones que hace apenas unos años parecían impensables, que necesitamos protocolos de cuidado emocional en redacciones, el acompañamiento psicológico después de coberturas traumáticas, un liderazgo empático, prevención del burnout y construcción de espacios laborales más humanos. No se trata de volver frágil al periodismo, sino de volverlo sostenible.
La discusión ya no puede limitarse a consejos individuales como “descansa más” o “aprende a manejar el estrés”. El reto es construir sistemas de cuidado porque el bienestar de la información no puede depender únicamente de la resistencia personal de quienes informan. También depende de las estructuras laborales, de las culturas organizacionales y de la capacidad colectiva para reconocer que detrás de cada nota, fotografía o cobertura hay una persona.
Tal vez el gran cambio cultural del periodismo contemporáneo no será tecnológico, sino humano. Y usted, ¿qué piensa?
Porque entender que cuidar a quienes narran el mundo también es una forma de proteger la democracia.
Nos escuchamos en la próxima Mirada Pública.

