Betty Astudillo
Mirada Pública
Lavarse la boca con jabón
A veces creemos que las palabras fuertes son solamente falta de educación. Que quien dice una grosería perdió el control, la compostura o el respeto.
Pero la ciencia acaba de abrir una ventana curiosa: quizá las malas palabras también funcionan como pequeñas válvulas de escape emocional.
Un estudio consideró las palabrotas como mecanismos de autodefensa y enfatizó su papel catártico en el estrés, la ansiedad y la depresión, y fue publicado en la revista Depression Research and Treatment y analizó la relación entre el uso de lenguaje altisonante y los niveles de estrés, ansiedad y depresión.
Los resultados fueron inesperados, las personas que utilizaban más groserías reportaban menores niveles de estrés y depresión.
No, esto no significa que debamos convertir cualquier conversación en una tormenta de insultos. Tampoco que gritarle al mundo resuelva los problemas emocionales. Lo interesante es otra cosa, las groserías podrían funcionar como un mecanismo psicológico de desahogo.
Como cuando alguien se golpea el dedo con una puerta y suelta una palabra prohibida casi por reflejo. El dolor sigue ahí, pero algo dentro se libera. El cerebro parece usar esas palabras como pequeñas bengalas emocionales para atravesar momentos de tensión.
De hecho, investigaciones previas ya habían encontrado que decir groserías puede ayudar a tolerar mejor el dolor físico. Este nuevo estudio explora si también ayudan frente al dolor invisible, es decir, el estrés cotidiano, la ansiedad constante y la tristeza acumulada.
Y aquí aparece algo fascinante, vivimos en sociedades donde muchas veces se nos enseña a contenerlo todo: “no llores”, “no te enojes”, “compórtate” o “habla bonito”. Como si las emociones intensas pudieran guardarse eternamente en un cajón sin consecuencias.
Pero las emociones no desaparecen por decreto, se filtran, salen por la ansiedad, por el insomnio, por el agotamiento mental o a veces por una palabra explosiva dicha en el tráfico de la ciudad.
Quizá por eso las groserías tienen una fuerza tan particular. Son palabras que rompen el protocolo. Un cortocircuito del lenguaje elegante, un martillazo verbal que el cerebro utiliza cuando siente que las palabras normales ya no alcanzan.
Aunque el mismo estudio aclara algo importante, no todas las personas ni todas las culturas viven esto igual. Lo que en un lugar se considera ofensivo, en otro puede ser una expresión cotidiana o incluso afectuosa.
En México, por ejemplo, una misma palabra puede ser pelea o abrazo entre amigos, dependiendo del tono y del contexto. Somos un país donde el lenguaje baila entre el humor, el enojo y la supervivencia emocional.
Tal vez por eso este tema toca algo profundamente humano. Porque detrás de cada grosería no siempre hay agresión. A veces hay cansancio, frustración, dolor, presión acumulada o simplemente una necesidad urgente de sacar vapor antes de reventar por dentro.
Claro, también existe el otro extremo. Cuando el insulto se vuelve violencia, humillación o agresión permanente, deja de ser catarsis y se convierte en daño. La diferencia está en si las palabras liberan tensión o destruyen a otra persona.
La ciencia no está diciendo que las groserías sean terapia, pero sí nos recuerda algo importante, que los seres humanos necesitamos vías para expresar emociones reales. Porque una sociedad que obliga a fingir serenidad permanente termina fabricando personas agotadas por dentro.
A veces, detrás de una mala palabra, no hay mala educación. Hay un corazón saturado buscando oxígeno.
Y usted, ¿qué piensa?
Quizá entender esto también es una forma de escuchar mejor a los demás.
Nos vemos en la próxima Mirada Pública

