Betty Astudillo.
Mirada Pública
Los alimentos como arma de guerra
En el mapa del mundo, las guerras no solo se pelean con armas. A veces, también se libran con algo tan cotidiano como el pan que llega a nuestra mesa.
Hoy quiero invitarte a mirar un conflicto que parece lejano, pero que en realidad se cuela silenciosamente en la vida diaria de millones de personas: la guerra entre Rusia y Ucrania. No solo es un enfrentamiento militar; es también una disputa por el control de alimentos.
¿Por qué importa esto? Porque ambos países son grandes productores de trigo, maíz y fertilizantes. Es decir, de ahí sale buena parte de los alimentos que consumen regiones enteras del planeta. Cuando ese flujo se interrumpe, el efecto es como tirar una piedra en el agua: las ondas llegan lejos.
En África, por ejemplo, hay países que dependen casi totalmente del trigo importado de esta región. Cuando los barcos no salen o los precios suben, el resultado no es solo inflación, es escasez. Y la escasez no se mide en números, se mide en platos vacíos.
En América Latina, el impacto se siente distinto, pero también real. Aquí lo vemos en el aumento del precio del pan, de las tortillas, de los alimentos básicos. Lo que antes alcanzaba, ahora rinde menos. Y eso, poco a poco, cambia hábitos, decisiones y hasta la tranquilidad en los hogares.
Entonces, ¿qué está pasando realmente?
Desde una forma de entender el mundo llamada Realismo -que en palabras simples dice que los países actúan buscando su propio beneficio y seguridad-, esto tiene mucho sentido. Los países no solo usan ejércitos, también usan recursos y los alimentos se han convertido en uno de ellos.
Rusia, por ejemplo, ha limitado exportaciones y ha bloqueado rutas en el Mar Negro. No es casualidad. Es una forma de presionar, de ganar ventaja, de influir en otros países que dependen de esos productos. Es como si dijera: “si quieres comer, también tendrás que apoyarme”.
Por su parte, Ucrania ha tratado de mantener sus exportaciones a pesar de la guerra. ¿Por qué? Porque eso le permite seguir siendo relevante en el mundo, mantener apoyos y no desaparecer del tablero internacional.
Lo que vemos, entonces, es que el alimento dejó de ser solo una necesidad básica. Se volvió una herramienta de poder.
Y aquí viene lo más importante: esto nos muestra que el mundo está más conectado de lo que parece, pero no necesariamente más protegido. Aunque existen organismos internacionales y acuerdos entre países, la realidad es que cuando entran en juego intereses fuertes, esos acuerdos se rompen con facilidad.
Es como tener reglas en un juego que dejan de aplicarse cuando alguien decide que ganar es más importante que respetarlas. Recordemos la frase “y que no me vengan a mí de que la ley es la ley”.
¿Y qué nos deja todo esto?
Primero, una lección clara: depender demasiado de pocos países para algo tan básico como la comida es un riesgo. Segundo, que la seguridad alimentaria -es decir, tener acceso suficiente a alimentos- no es solo un tema económico, es un tema de estabilidad social y hasta de paz. Y tercero, que lo que pasa en un punto del planeta puede terminar afectando la vida cotidiana en otro, incluso a miles de kilómetros de distancia.
Porque al final, esta guerra también se libra en los mercados, en las cocinas y en las decisiones diarias de las familias.
Así que la próxima vez que veas subir el precio de un alimento o escuches hablar de escasez en otro país, recuerda esto: no siempre es solo economía. A veces, es geopolítica servida en el plato.
Y entenderlo es el primer paso para no ser espectadores pasivos, sino ciudadanos conscientes de un mundo que, nos guste o no, nos conecta a todos.
Y Usted, ¿qué piensa?
Sigamos juntos, mirando lo que pasa allá, para entender mejor lo que vivimos aquí.
Nos escuchamos en la próxima Mirada Pública

