Una vuelta más al sol

Jorge Cárdenas

UNA VUELTA MÁS AL SOL

El pasado 23 de abril no fue un cumpleaños cualquiera. Fue, sin exagerar, un parteaguas emocional. Una fecha que llegó para romper inercias, para desarmar esa estructura que durante años convertí en costumbre: trabajar, cumplir, resolver, correr, apagar fuegos… y apenas si detenerme a sentir. Siempre celebré así, ocupado, con el reloj encima y la responsabilidad marcando el ritmo. Pero esta vez no. Esta vez la vida me obligó —o mejor dicho, me regaló— una pausa.

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Y en esa pausa encontré mucho más de lo que imaginaba.

Encontré el valor de simplemente estar. De disfrutar el día sin culpas. De mirar alrededor y reconocer que, incluso en medio de la rutina, hay motivos de sobra para agradecer.

Agradezco profundamente por mi familia de sangre: mi padre, mis hermanas y mis sobrinos. Ellos, como cada año, se mantienen firmes en esa tradición tan nuestra, tan simple y tan poderosa: usar mi cumpleaños como el mejor pretexto para reunirnos, para sentarnos frente a una pizza humeante y acompañarla con su respectivo vaso de coca. Y ahí, entre risas, anécdotas y ese caos tan familiar, se construyen los recuerdos que realmente importan. Porque no se trata de la comida, sino de la compañía; no se trata del momento, sino de lo que queda en el corazón.

Hoy también quiero hacer un alto especial para agradecer por ese regalo inmenso que Dios puso en mi vida. Un regalo que no necesariamente se explica con palabras, pero que se siente con fuerza en el alma. Un regalo que sé, con certeza, que habrá de transformar y revolucionar mi camino. Tal vez aún no entiendo completamente su dimensión, ni el rumbo que tomará, pero lo acepto con humildad, con fe y con esperanza.

Y ante eso, solo puedo decir, con toda la convicción que hoy habita en mí:

“NO SE QUE PLANES TENGA PARA MI LA VIDA, PERO HOY ELIJO CREER”.

Creer en los procesos. Creer en los tiempos. Creer en que incluso lo incierto tiene un propósito. Creer, sobre todo, que lo que viene será mejor porque viene cargado de aprendizaje.

En otro espacio igual de profundo, igual de luminoso, está mi hija, la Carmelita. Su presencia no solo alegra mis días, los redefine. Me ha enseñado a mirar el mundo desde otra perspectiva, una más limpia, más noble, más auténtica. Me obliga a detenerme en los detalles, a valorar lo pequeño, a entender que la vida no siempre se mide en grandes logros, sino en momentos sinceros.

Y como si su existencia no fuera suficiente regalo, llegó con un detalle que dice mucho más de lo que aparenta: un par de manzanas, un durazno, un mango. Así, sencillo. Así, perfecto. Porque en esos frutos venía su amor, su inocencia, su forma de decir “aquí estoy”. Y entonces uno entiende que la felicidad no necesita adornos.

¿Qué más le puedo pedir a la vida?

Agradezco también por lo bien que nos trata la vida, incluso cuando parece lo contrario. Agradezco por el privilegio de despertar cada día, de respirar, de sentir cómo el cuerpo responde, cómo la mente se activa, cómo el corazón insiste. Agradezco por la oportunidad de trabajar, de salir a buscar el sustento, de llevar el pan a la mesa de manera honrada. Porque en un mundo donde muchas cosas se tambalean, tener eso ya es una bendición enorme.

Y en este camino, hay palabras que se vuelven refugio, que se convierten en motor. Palabras que no se olvidan, que se quedan resonando y que te comprometen a ser mejor cada día:

“estoy muy orgullosa de ti amor, se que puedes lograr todo lo que te propones y cambiar a las personas que te rodean, eso es lo que te hace autentico en este mundo.”

Una frase que me regaló mi compañera de vida, y que hoy abrazo con responsabilidad. Porque no se trata solo de escucharla, sino de honrarla. De estar a la altura de esa confianza, de ese amor que impulsa, que sostiene y que no te deja rendirte.

También hay palabras que llegan desde la amistad, desde esa complicidad que se construye con los años:

“feliz cumpleaños al mejor reportero, sonidero, fotografo y todo lo que eres de zona volcanes”.

Gracias, querida América Boys, por recordarme quién soy cuando a veces se me olvida. Por valorar cada faceta, cada esfuerzo, cada locura que forma parte de este camino.

Y cómo no detenerme a hablar de mis compañeros de oficina: Lupita, Dianita, Mariana, Martín. Ustedes dejaron de ser solo colegas hace mucho tiempo. Hoy son cómplices, consejeros, ejemplo, inspiración. Son ese equipo que no solo trabaja, sino que siente, que empuja, que sueña. Compartimos algo más que un espacio: compartimos la pasión por comunicar, por contar historias, por dar voz a lo que muchas veces no se escucha. Los quiero con ese cariño sincero que solo se construye entre quienes caminan juntos todos los días.

Un saludo especial también para mis pulgosas, la Chabelita y la Sarita. Mis compis, mis fieles, mis pequeñas guardianas en los momentos difíciles. Porque sí, incluso en los días más complicados, ahí están, acompañando, sintiendo, recordándome que nunca estoy solo. Su presencia, tan genuina, también es un regalo que valoro profundamente.

Y en este recorrido no puedo dejar de agradecer a la superioridad, a Lorena Cobos. Por su paciencia ante la vida, por su fortaleza frente a la adversidad, por ser ejemplo incluso en los momentos donde todo parece cuesta arriba. Su manera de enfrentar las cosas deja huella, enseña sin necesidad de discursos y confirma que la grandeza está en la forma en que se resiste y se avanza.

Hoy, después de esta vuelta más al sol, entiendo muchas cosas. Entiendo que crecer no siempre es cómodo, pero siempre es necesario. Que agradecer transforma la manera en que vemos la vida. Que detenerse también es avanzar.

Hoy entiendo que no se trata de sumar años, sino de darles sentido.

Porque al final, la vida no siempre sigue el guion que imaginamos… pero siempre nos da las herramientas para escribir algo mejor.

Sigue creyendo, incluso cuando no tengas todas las respuestas. Porque quien aprende a confiar en el camino, siempre encuentra la manera de llegar más lejos.

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