Vladimir Galeana

El inicio del sexenio despertó esperanzas en muchos sectores de la población. Pero también escepticismo en aquellos que observaron el regreso del Partido Revolucionario Institucional como la reinstalación del régimen hegemónico y de partido único que distinguió el periodo de 1929 al 2000. Lo cierto es que marcó el inicio de una nueva etapa con un

presidente de la República formado en las viejas estructuras del poder, pero con una visión muy clara de modernidad y disposición para compartir los espacios del poder.

El Pacto Por México reafirmó la esperanza de que las cosas cambiarían. Esa fue la intención, pero como siempre, los intereses de poderosos sectores comenzaron a colocar trabas en el proyecto hasta confrontarlo abiertamente. La desaparición de los normalistas fue la oportunidad que esperaban y no la desperdiciaron.

La estrategia de la subversión supo aprovechar los focos de inconformidad en los estados más atrasados del país: Chiapas, Oaxaca, Guerrero y Michoacán. Aunque también hay que decir que en Chiapas no ha funcionado del todo porque el gobernador ha sabido evitar la proliferación de inconformidades.

Hay quienes aseguran que Enrique Peña Nieto ya agotó su bono democrático y que los cuatro años restantes solamente se dedicará a administrar el gobierno. Quizá tenga mucho de verdad, pero también que las crisis siempre presentan oportunidades y quedan más de tres años y medio para enderezar el rumbo.

El resultado de la elección intermedia marcará la hora de un nuevo comienzo y habrá tiempo para el relanzamiento de ese México que Enrique Peña Nieto nos prometió durante su campaña. Pero comenzar de nuevo quiere decir que las decisiones no pueden seguir siendo tomadas desde unas cuantas voluntades. El proyecto tiene que ampliarse en metas y alcances, pero sobre todo en responsabilidades. La política tiene que ser incluyente. Al tiempo.[email protected]

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