Betty Astudillo
Mirada Pública
Cuando la grosería también es un acto político
En teoría, vivimos en una democracia. Un espacio donde el diálogo entre gobierno y ciudadanía fluye, donde las instituciones escuchan, responden y resuelven. En teoría. Porque en la práctica, pareciera que el idioma oficial del poder es otro. Uno donde las decisiones se toman en un dialecto incomprensible, las explicaciones suenan a trabalenguas y la realidad, esa sí, se traduce sola en el bolsillo de la gente.
Y frente a eso, la ciudadanía responde. No con discursos de academia o con citas constitucionales sino con algo mucho más directo: la grosería. Y para eso, los mexicanos nos pintamos solos. No por nada México es uno de los países que lideran los rankings de uso de groserías en internet.
Sí, la grosería, esa palabra que escandaliza a los más pulcros, pero que curiosamente aparece con perfecta claridad cuando sube la gasolina, cuando falla la seguridad, cuando prometen y no cumplen ¡otra vez!
Porque hay que decirlo, la grosería es, quizá, el idioma más honesto que le queda al ciudadano cuando ya le hablaron bonito y no pasó nada. Es el resumen ejecutivo del hartazgo, es el “gracias por nada”, sin rodeos. Es el “ya estuvo” sin necesidad de voceros.
Es el elegante arte de mentarle la madre al poder. Pero claro, desde el poder, el problema no es la causa, es la forma. “Hay que cuidar el lenguaje”, dicen. “Hay que respetar a las instituciones”, insisten. Como si el respeto se decretara o como si la legitimidad se exigiera por reglamento.
Y entonces ocurre algo absurdo: para los exquisitos en el poder, el ciudadano molesto se vuelve el problema. No la inseguridad, no la corrupción, no la impunidad.
El problema es que alguien gritó una grosería. ¡Qué curioso! Porque cuando el poder falla, se le llama “área de oportunidad”. ¡Ah! Pero cuando el ciudadano se harta, se le llama “falta de educación”. Ahí está el verdadero diccionario político.
Uno donde la indignación debe expresarse en tono moderado, con vocabulario aprobado y, de preferencia, sin incomodar demasiado a los políticos frágiles como el papel de china.
El gobierno debería sacar una especie de manual para protestar con etiqueta y casi casi con cita previa. Pero la realidad no pide permiso y mucho menos, corrige el lenguaje.
Cuando una madre no encuentra a su hijo desaparecido, no habla en términos diplomáticos. Cuando un trabajador ve que no le alcanza, no redacta ensayos. Cuando la violencia toca la puerta, nadie responde con eufemismos, responde como puede.
Y muchas veces, eso incluye una grosería. No porque sea elegante, no porque sea deseable, sino porque es lo único que logra atravesar el muro de indiferencia.
Porque seamos honestos, hay decisiones de gobierno que parecen diseñadas para poner a prueba el diccionario completo de insultos.
Y la ciudadanía bueno, la ciudadanía rara vez decepciona. Y aquí viene la realidad, la grosería no es el problema, es el síntoma. El síntoma de una conversación rota, de una confianza desgastada, de una distancia cada vez más grande entre el discurso oficial y la vida real.
Así que quizá, en lugar de escandalizarnos por la palabra altisonante, habría que preguntarnos qué la provocó. Porque un gobierno que se indigna más por cómo le hablan, que por qué le hablan así ya nos está diciendo algo.
Y no, no lo está diciendo con groserías, lo está diciendo con acciones. Acciones que, para muchos ciudadanos, se traducen en una sola respuesta posible, directa, clara y nada diplomática.
En el fondo, la grosería como expresión política nos enfrenta a una verdad incómoda, algo no está funcionando en la comunicación entre el poder y la sociedad.
Y es que cuando el diálogo se agota, lo que queda no siempre es el silencio. A veces, lo que queda es el grito. Un grito que puede incomodar, sí, pero que también puede ser una señal de alerta.
Una señal de que la ciudadanía ya no encuentra canales efectivos para ser escuchada. Y entonces, no es solo pedir mejores palabras sino construir mejores escuchas.
Porque un gobierno que solo exige respeto en el lenguaje, pero no genera condiciones de justicia, termina provocando exactamente lo contrario: descontento, frustración y sí, también groserías.
Y usted, ¿Qué piensa?
Al final, más allá de la forma, lo que importa es el fondo. Y el fondo nos está hablando. Lo preocupante es ¿alguien está escuchando el sentir de la gente?
(Fotografía Quadratín)
Nos escuchamos en la próxima Mirada Pública.

