El súper Niño

Betty Astudillo.

Mirada Pública

El súper Niño

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Ahora que empezó la temporada de lluvias hablemos de los fenómenos que no hacen ruido, pero que cambian la historia. No rompen ventanas ni sacuden edificios, pero sí alteran cosechas, temperaturas y hasta la rutina de millones de personas: uno de ellos es El Niño.

Y aunque su nombre suene casi inofensivo, sus efectos pueden ser todo, menos pequeños. Dicho en palabras simples, El Niño -que es un fenómeno climático-, ocurre cuando las aguas del Océano Pacífico ecuatorial se calientan más de lo normal.

Puede parecernos algo lejano, algo que pasa “allá en medio del mar”, pero en realidad es como mover una pieza clave en el tablero del clima mundial. Cuando el océano cambia, la atmósfera responde. Y entonces cambian los vientos, las lluvias, las temperaturas ¡cambia todo!

Para México, esto no es un tema abstracto. Nos atraviesa, nos toca, nos afecta. En años de El Niño, muchas regiones del país reciben menos lluvia de lo habitual. Esto se traduce en sequías, en presas que no se llenan, en campos que se agrietan.

Y cuando el campo sufre, no solo sufre quien lo trabaja. Es algo que lo sentimos todos en el precio de los alimentos, en la disponibilidad de agua, en la estabilidad de comunidades enteras y tantas otras consecuencias.

Pero no es lo único, el Niño también suele traer más calor. No un calor cualquiera, sino uno persistente, ese que desgasta. Tenemos olas de calor más intensas que ponen en riesgo la salud, especialmente de niñas, niños y personas mayores.

Un calor que se mete a las casas, que no deja dormir, que incrementa el consumo de energía y que vuelve más frágil lo cotidiano. Y mientras en algunas zonas falta el agua, en otras el problema puede ser el exceso de fuerza.

En el océano Pacífico de América del Norte, los huracanes pueden volverse más intensos durante años con El Niño. No necesariamente más numerosos, pero sí más peligrosos. Es la paradoja del clima: sequía, por un lado, tormenta por el otro.

También hay impactos que no vemos a simple vista. El calentamiento del mar altera los ecosistemas marinos. Algunas especies migran, otras disminuyen y esto afecta directamente a comunidades pesqueras que dependen del equilibrio del océano para sobrevivir.

Ahora bien, es importante aclararlo: El Niño no es un castigo ni una anomalía reciente. Es un fenómeno natural que ha ocurrido durante miles de años.

El problema es el contexto en el que ocurre hoy. Tenemos un planeta más caliente, con ecosistemas más frágiles y con ciudades que muchas veces crecen sin planificación.

En este escenario, El Niño deja de ser solo un ciclo natural y se convierte en un multiplicador de riesgos. Y aquí es donde entra la parte que incomoda al gobierno, ya que no basta con saber que existe.

Necesitamos saber ¿qué estamos haciendo con ese conocimiento? Es decir, ¿Estamos fortaleciendo la gestión del agua o seguimos dependiendo de lluvias cada vez más impredecibles?

¿Estamos apoyando al campo o lo dejamos enfrentarse solo a sequías más frecuentes? ¿Estamos preparando a las ciudades para el calor extremo o seguimos reaccionando cuando la crisis ya está encima?

El verdadero problema no es que el clima cambie, eso siempre ha pasado y seguirá pasando. El problema es cuando cambia más rápido de lo que la sociedad mexicana puede adaptarse, y México, hay que decirlo, sigue reaccionando más de lo que previene.

Hablamos de El Niño cuando llega, cuando ya hay sequía, cuando suben los precios, cuando el calor aprieta. Pero pocas veces lo integramos en la planificación de largo plazo: en políticas públicas, en infraestructura, en educación ambiental. Y eso tiene consecuencias.

Porque cada año que no se anticipa, es un año en el que se repiten los mismos problemas: escasez de agua, pérdidas agrícolas, emergencias por calor, impactos económicos que terminan pagando los mismos de siempre: los más pobres.

Entender El Niño no es un lujo científico. Es una necesidad social, es reconocer que el clima ya no es un telón de fondo, es protagonista. Y que aprender a leerlo, a anticiparlo, a adaptarnos, no es una opción es una condición para vivir mejor.

Al final, El Niño no tiene rostro, no tiene voz, no tiene intención; pero deja huellas muy claras. En la tierra seca, en el aire caliente, en el mar agitado y ¿qué tanto la humanidad está contribuyendo a crear una huella distinta? Una de prevención, de responsabilidad, de visión.

Y entérese querida audiencia que para este 2026, se espera un Súper Niño. Porque si el océano puede cambiar el rumbo del clima, nosotros tendríamos que ser capaces de cambiar la forma en que respondemos a el, y esa, esa sí es una decisión humana.

Y usted ¿qué piensa?

Ante este panorama, nos escuchamos en la próxima Mirada Pública.

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