Cuando la música nos unía

Mirada Pública

Betty Astudillo

Cuando la música nos unía

Hubo un tiempo en que la música era mucho más que un sonido de fondo. Era un lenguaje compartido. Las canciones marcaban generaciones, acompañaban historias de amor, despedidas, luchas y esperanzas. Bastaban unos cuantos acordes para que personas de distintas edades supieran exactamente de qué se hablaba.

Pero esa realidad no surgía por casualidad. Durante décadas, unas cuantas estaciones de radio, televisoras y grandes disqueras decidían qué artistas escucharíamos, qué canciones sonarían una y otra vez y quiénes serían elevados a la categoría de ídolos. Era un modelo con enormes limitaciones, pues concentraba el poder cultural en pocas manos. Sin embargo, también producía un curioso efecto: millones de personas compartían un mismo repertorio musical y construían referencias comunes.

Los ídolos de entonces permanecían durante años, sus trayectorias acompañaban la vida de varias generaciones y eran motivo de conversación entre padres, hijos y abuelos. La música se convertía en un puente entre personas que, aun siendo muy distintas, encontraban un punto de encuentro.

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Hoy vivimos el fenómeno contrario. Las plataformas digitales democratizaron la creación y distribución de la música. Cualquier artista puede darse a conocer sin depender de una gran empresa. Esa apertura es valiosa porque multiplica las voces y la creatividad.

Pero esa libertad también vino acompañada de una velocidad vertiginosa. Los algoritmos premian lo novedoso antes que lo perdurable. Un éxito puede alcanzar millones de reproducciones en una semana y desaparecer de la conversación pública al mes siguiente. Los ídolos nacen y se desvanecen con la misma rapidez con la que se desliza un dedo sobre la pantalla.

Cada persona escucha una banda sonora distinta, diseñada por algoritmos según sus gustos. Paradójicamente, nunca habíamos tenido tanta música disponible y, al mismo tiempo, tan pocas canciones verdaderamente compartidas.

Las nuevas generaciones crecen con referentes cada vez más efímeros. Ya no existen tantos artistas capaces de acompañar durante décadas la vida colectiva. Esto no significa que la música actual sea peor; significa que el consumo cambió. La cultura dejó de reunirse alrededor de una fogata para dispersarse en millones de pequeñas pantallas.

No hablo de aferrarnos al pasado, sino preguntarnos cómo construir nuevos espacios de encuentro. Porque una sociedad también necesita canciones que la unan, artistas que inspiren con el ejemplo y obras capaces de sobrevivir a la siguiente actualización del algoritmo.

La música seguirá cambiando, como cambia toda expresión humana. Lo importante es que no perdamos aquello que siempre la hizo extraordinaria: su capacidad de conectar corazones, tender puentes entre generaciones y recordarnos que, aun con gustos distintos, todos compartimos el mismo deseo de emocionarnos.

Y usted ¿Qué piensa?

Porque cuando una canción logra permanecer en la memoria colectiva, deja de ser solamente música y se convierte en parte de nuestra historia.

Nos escuchamos en la próxima Mirada Pública

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