Día del Niño

Jorge Cárdenas 

En el recuento de los daños que ha dejado la marca del tiempo a lo largo de los años que he vivido, hay algo que siempre logra mantenerse intacto, casi terco: los recuerdos de la niñez. No importa cuánto avance el calendario, ni cuántas responsabilidades se acumulen, esos recuerdos siguen ahí, agazapados, esperando cualquier pretexto para salir y recordarnos quiénes fuimos antes de convertirnos en lo que somos.

Soy de esa generación que se quedó justo en medio, como los puentes que no pertenecen a ningún lado pero conectan dos mundos. Nos tocó despedirnos de lo simple sin darnos cuenta de que era una despedida, y al mismo tiempo darle la bienvenida a lo complejo sin manual de instrucciones. Fuimos testigos de una transición silenciosa pero profunda: de lo analógico a lo digital, de la calle al dispositivo, del juego improvisado a la pantalla programada.

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Nuestra infancia no necesitaba batería ni conexión a internet. Bastaba una cuerda, un trompo, unas canicas o cualquier objeto que pudiera convertirse en juego. Volábamos papalotes hasta que el hilo se nos quemaba en los dedos o el viento decidía quedarse con ellos. Jugábamos hasta que el sol se escondía y alguien gritaba nuestro nombre desde la puerta de la casa, marcando el final del día. No había notificaciones, pero sabíamos exactamente cuándo era hora de regresar.

Bebíamos agua de la llave sin pensarlo dos veces, del río sin miedo, de la manguera como si fuera la mejor bebida del mundo. Había una confianza natural en lo cotidiano, una inocencia que hoy parecería imprudente, pero que en ese entonces era simplemente vida.

Y, sin embargo, también fuimos los primeros en asomarnos a otro tipo de mundo. El Nintendo no solo era un juego, era una ventana. El PlayStation era casi un lujo, una experiencia que se compartía entre varios, turnándose el control con una paciencia que hoy sería impensable. Llegaron los tamagotchis y, de pronto, cargar con una vida digital en el bolsillo se volvió una responsabilidad real… aunque durara poco.

Esa dualidad nos definió: podíamos pasar horas en la calle y luego correr a casa para alcanzar a jugar un rato frente a la televisión. Sabíamos ensuciarnos las manos, pero también empezábamos a acostumbrarnos a los botones.

Nuestra infancia también tenía sabor. Sabía a jamaica en bolsita, a jícama y pepino con chile, a esas meriendas sencillas que no necesitaban envolturas sofisticadas para ser perfectas. Sabía a enchiladas envueltas en papel, a tortillas recién hechas, a encargos en la carnicería donde la manteca te la daban en hoja de tamal, como si fuera un secreto bien guardado entre cliente y vendedor.

Pero también nos tocó ver llegar lo nuevo: las pizzas que al principio parecían algo lejano, los refrescos de colores intensos, los pastelitos con empaques diseñados para conquistarte antes siquiera de probarlos. Era el inicio de una transformación que no solo cambió lo que comíamos, sino también la forma en la que deseábamos las cosas.

Y luego estaban los Reyes Magos. Qué manera tan simple y poderosa de creer. Nuestra carta no requería planeación estratégica ni listas interminables. Se escribía una noche antes, casi de último momento, con la certeza de que la magia haría su parte. No había ansiedad por si llegaría o no: sabíamos que sí. Y lo que llegaba era suficiente. Carritos, soldaditos, pelotas, luchadores de plástico… objetos sencillos que, en nuestras manos, se convertían en mundos enteros.

No conocimos eso de investigar meses antes, de comparar precios, de rastrear disponibilidad. Éramos más de sorpresa que de expectativa, más de ilusión que de exigencia.

Hoy, desde el otro lado, como padre, la historia cambia. Ahora me toca ser parte del equipo logístico de esos mismos Reyes Magos. Y la verdad es que la magia sigue existiendo, pero ahora viene acompañada de estrés, filas, páginas saturadas y juguetes imposibles de conseguir. Celulares, tablets, dispositivos que parecen más herramientas de trabajo que juguetes. Y ese famoso micro hornito, que se convirtió en una especie de prueba de fe moderna: encontrarlo era casi un acto heroico.

Ser mago en estos tiempos requiere más que imaginación. Requiere estrategia.

Y en medio de todo eso, uno no puede evitar preguntarse en qué momento cambió tanto el juego. Tal vez no es que la infancia haya empeorado, sino que se ha transformado al ritmo del mundo. Los niños de hoy saben cosas que nosotros ni imaginábamos, pero quizás también han perdido ese espacio donde lo simple era suficiente.

Antes, la imaginación llenaba los huecos. Hoy, casi todo viene resuelto. Antes inventábamos historias; hoy muchas ya vienen contadas.

Pero hay algo que, afortunadamente, no ha cambiado del todo: la capacidad de asombro. Esa mirada que se ilumina cuando algo sorprende, esa emoción contenida la noche previa a un regalo, esa forma de creer sin necesidad de pruebas. Eso sigue ahí, resistiendo.

Y quizá ese sea el verdadero reto para quienes ya crecimos: no dejar que esa chispa se apague del todo. No olvidar que fuimos niños en un tiempo donde la felicidad no necesitaba tanto, y tratar, en la medida de lo posible, de no complicar demasiado la infancia de quienes vienen detrás.

Porque al final, los tiempos cambian, los juguetes evolucionan, la tecnología avanza… pero la esencia de la infancia debería ser intocable.

Y si algo nos enseña el Día del Niño, es que crecer no debería significar alejarnos de lo que fuimos, sino encontrar la forma de seguir honrándolo, incluso cuando el mundo insiste en que lo dejemos atrás.

 

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