La infancia mexicana

Mirada Pública

Betty Astudillo.

La infancia mexicana

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Hoy celebramos el Día del Niño. Hay globos, dulces, festivales escolares y por supuesto, discursos que hablan de futuro. Pero esta fecha no nació para la fiesta. Surgió como un recordatorio tras las guerras del siglo XX, la infancia debía ser protegida, no expuesta a la violencia, no abandonada a su suerte.

En México lo conmemoramos desde 1924. Un siglo después me pregunto ¿qué estamos celebrando realmente? Porque mientras algunos niños reciben juguetes, otros aprenden a tirarse al piso cuando suenan disparos.

Sí, en pleno 2026 hay niñas y niños en México que ensayan simulacros de balaceras, desde Acapulco a Tampico, desde Ensenada hasta Cancún. Niñas y niños que memorizan rutas de escape, que identifican el sonido de un arma, que saben que hay que guardar silencio, apagar la luz, esconderse. Como si la infancia incluyera, en su currículum, una materia no oficial: sobrevivir.

Pero ¿esto los protege o los marca?

Los especialistas en salud mental advierten que vivir en entornos violentos o prepararse constantemente para ellos puede generar ansiedad, estrés crónico, trastornos del sueño y miedo persistente.

El cerebro infantil no está diseñado para normalizar el peligro. Está diseñado para explorar, jugar y aprender. Cuando lo obligamos a estar en alerta permanente, algo se rompe por dentro. No siempre se ve, pero se queda.

Eso no significa que los simulacros sean inútiles. La preparación puede salvar vidas, pero cuando esta sustituye a la prevención, cuando enseñar a esconderse reemplaza la obligación del Estado de garantizar seguridad, entonces estamos trasladando la responsabilidad a los más pequeños. Y eso no es protección: es renuncia.

A esto se suma otra realidad que tampoco cabe en los discursos festivos: las desapariciones forzadas de niñas, niños y adolescentes. En México, hay familias que no celebran, buscan. Buscan en fosas, en listas, en redes sociales. Buscan en la esperanza rota de que alguien regrese.

Y está también el tráfico sexual infantil, una de las formas más crueles de violencia. Un mercado que se alimenta de la desigualdad, de la impunidad, del silencio y de la complicidad del gobierno. Donde la infancia deja de ser etapa y se convierte en mercancía.

El abuso sexual infantil, muchas veces dentro de espacios que deberían ser seguros, completa este panorama. Es el delito que se esconde, que se niega, que se calla. Y cuando se denuncia, el sistema suele responder tarde, mal o nunca.

La vulnerabilidad infantil no es natural. Es fabricada. Se construye cuando fallan las instituciones, cuando la justicia no alcanza, cuando la protección es solo un discurso repetido cada 30 de abril.

Entonces querida audiencia ¿qué significa celebrar el Día del Niño en este contexto? ¿Qué celebramos realmente, cuando hay niños aprendiendo a sobrevivir a balaceras en lugar de aprender a andar en bicicleta sin miedo? ¿Qué le sucede a una sociedad cuando hay niñas que no regresan a casa? ¿Cuándo hay infancias que crecen demasiado rápido, porque el entorno no les dio opción?

Tal vez el verdadero homenaje no está en el pastel, sino en la exigencia. Exigir seguridad real, no simulada. Exigir políticas públicas que prevengan la violencia, no solo que enseñen a reaccionar ante ella. Exigir atención psicológica accesible para niñas y niños que viven en contextos de riesgo. Exigir que la infancia sea prioridad todos los días, no solo en el calendario.

Porque proteger a la infancia no es un acto simbólico. Es una responsabilidad concreta.

Hoy, más que felicitar, habría que escuchar. Escuchar a quienes tienen miedo. A quienes no duermen bien. A quienes ya aprendieron demasiado pronto lo que es el peligro. Y actuar.

Porque un país donde los niños ensayan cómo sobrevivir a una balacera no está celebrando su infancia. Está, en silencio, aceptando su pérdida.

Y usted, ¿qué piensa?

Les recomiendo el cortometraje de Aluna, Voces del bosque, una animación que recoge las voces de niñas y niños rarámuris desplazados de la Sierra Tarahumara y se darán cuenta de la gravedad de la situación que la infancia mexicana enfrenta.

Nos escuchamos en la próxima Mirada Pública

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