Mirada Pública
Betty Astudillo
Entre amuletos y milagros. ¿Qué dice la ciencia?
Hoy vamos a hablar de un territorio donde conviven la fe, el miedo, la esperanza y el negocio. Un territorio donde se venden frascos de “energía”, limpias exprés, constelaciones que prometen reordenar el destino, amuletos contra el mal de ojo y remedios milagro que aseguran curarlo todo.
Es un hecho, que la gente se aferra a creer en esto. Pero ¿qué ocurre cuando creemos que eso sustituye nuestra responsabilidad y el conocimiento científico?
La ciencia llama a muchas de estas prácticas pseudociencia: propuestas que aparentan ser científicas, pero no cumplen con evidencia comprobable, replicable y medible.
Por ejemplo, la llamada “curación por fe”, la imposición de manos o ciertos rituales energéticos. Las revisiones médicas sistemáticas no han demostrado que produzcan efectos biológicos más allá del azar. Sí pueden producir algo muy real: el efecto placebo.
¿Y qué es eso? Es cuando la expectativa de mejora genera alivio subjetivo. El cerebro, ese gran alquimista, puede modular dolor, ansiedad y percepción del malestar cuando cree que algo lo ayudará. Pero el placebo no elimina tumores, no controla infecciones graves, no sustituye antibióticos ni quimioterapia.
Ahora bien, también existen fenómenos como las llamadas constelaciones familiares, desarrolladas por Bert Hellinger. Sus defensores afirman que reorganizan conflictos emocionales heredados. El problema es que no cuentan con respaldo robusto de estudios clínicos controlados que demuestren eficacia terapéutica comparable a tratamientos psicológicos basados en evidencia.
Entonces, ¿por qué tantas personas acuden a estas prácticas?
La psicología social ofrece pistas. Cuando enfrentamos enfermedad, crisis económica o incertidumbre, buscamos control. El pensamiento mágico ofrece una narrativa clara: “algo externo me afecta, algo externo me salvará”. Es más sencillo que asumir que el cambio implica decisiones, disciplina, tratamientos largos o enfrentar emociones incómodas.
Desde el punto de vista científico, acudir exclusivamente a soluciones mágicas puede relacionarse con lo que se conoce como locus de control externo: la creencia de que lo que nos ocurre depende más de fuerzas externas que de nuestras propias acciones. No es un juicio moral. Es un patrón cognitivo.
El problema surge cuando esa delegación de responsabilidad sustituye la acción concreta: dejar el tratamiento médico por una “limpia”, gastar recursos en amuletos en lugar de terapia profesional, posponer decisiones esperando que el universo se alinee.
Incluso la Organización Mundial de la Salud ha advertido sobre los riesgos de abandonar tratamientos comprobados por terapias sin evidencia suficiente.
Ahora bien, atención: cuestionar estas prácticas no es burlarse de la fe ni despreciar tradiciones culturales. La espiritualidad puede ofrecer consuelo, comunidad y sentido. Eso es distinto a afirmar que reemplaza la medicina o la psicología basada en investigación.
La diferencia está en algo sencillo y poderoso: la evidencia.
La ciencia no promete milagros. Promete probabilidad, método y corrección constante. Se equivoca, sí, pero se corrige con datos. La charlatanería no se corrige, se reinventa.
En tiempos de incertidumbre, las soluciones mágicas seducen porque son inmediatas. Pero la responsabilidad personal implica algo menos espectacular y más exigente: informarse, contrastar fuentes, consultar profesionales acreditados y aceptar que no todo problema tiene una solución instantánea.
No pretendo ridiculizar creencias, yo misma tengo estudios de maestría en etnobotánica medicinal. Se trata de distinguir entre consuelo simbólico y tratamiento efectivo. Entre esperanza y evidencia. Entre fe personal y decisiones que afectan la salud y el patrimonio.
Porque cuando la desesperación se convierte en mercado, el pensamiento crítico deja de ser una opción y se vuelve una necesidad cívica.
Y usted, ¿qué elige: el amuleto o la información?
Nos escuchamos en la próxima Mirada Pública.

