Por: Betty Astudillo.
Mirada Pública
La ciudad que vemos y la que evitamos mirar
Hoy quiero hablar de una escena cotidiana. Tan cotidiana que hemos aprendido a ignorarla: personas viviendo en la calle. No como concepto, no como estadística sino como realidad concreta.
Hoy, por ejemplo, sobre el Viaducto Miguel Alemán y también en Río Churubusco, vi algo que resume mucho de lo que somos como ciudad.
Escenas de personas lavando ropa y tendiéndola entre estructuras urbanas.
Organizando su vida en medio del tránsito, del ruido y de la indiferencia. No es una imagen aislada. Es un síntoma.
La presencia de personas en situación de calle en la Ciudad de México ha crecido en visibilidad en los últimos años y con ella, también han crecido las tensiones.
Por un lado, la ciudadanía expresa inconformidad por la ocupación de espacios públicos, problemas de higiene y la percepción de inseguridad.
Por otro, las personas en calle sobreviven en condiciones extremas: sin acceso constante a servicios básicos, salud, protección o redes de apoyo.
Dos realidades que chocan, pero que rara vez dialogan. Aquí aparece una pregunta incómoda: ¿qué están haciendo las autoridades?
Porque no se trata solo de retirar a las personas de un punto visible. Eso no resuelve el problema. Solo lo desplaza.
La atención a población en situación de calle requiere políticas públicas integrales: salud mental, atención a adicciones, refugios dignos, programas de reintegración social y laboral.
Y eso implica presupuesto, coordinación institucional y voluntad política sostenida.
La inacción o las acciones superficiales, tienen consecuencias.
Para la ciudadanía, porque el espacio público se percibe abandonado. Para las personas en calle, porque su situación se cronifica.
Y para la ciudad, porque se normaliza una fractura profunda: la coexistencia de dos realidades que apenas se tocan.
También hay algo más que vale la pena decir. No todas las personas en situación de calle están ahí por la misma razón.
Hay historias de ruptura familiar, enfermedad mental, adicciones, desempleo, violencia. Reducirlo a “no quieren trabajar” es simplificar un problema complejo.
Pero tampoco se puede ignorar el impacto que esta situación genera en la vida urbana. La convivencia se deteriora cuando no hay reglas claras, cuando no hay intervención efectiva, cuando todo queda en una zona gris.
El espacio público es de todos, pero eso implica responsabilidades compartidas.
El Estado tiene la obligación de intervenir con políticas serias. La sociedad tiene el reto de no deshumanizar, porque cuando dejamos de ver personas y solo vemos “problemas”, algo también se rompe en nosotros como comunidad.
La escena de hoy no es anecdótica. Es un recordatorio de que una ciudad no se define solo por sus avenidas, sus edificios o sus eventos.
Se define por cómo trata a quienes han quedado fuera de todo eso. Y la pregunta es inevitable: ¿estamos gestionando este problema o simplemente aprendiendo a convivir con él sin resolverlo?
Usted, ¿qué piensa?

