Mirada Pública El costo del miedo al otro

Por: Betty Astudillo

En la Mirada Pública de Hoy quiero hablar del miedo, pero no del miedo que nos protege cuando hay un peligro real, sino del miedo que se instala sin rostro concreto: el miedo al otro.

En México, el miedo no es una sensación aislada, es una percepción extendida.

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Según la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del INEGI, más del 60% de la población considera inseguro vivir en su ciudad.

Y esa percepción no solo habla de delitos. Habla de desconfianza.

Cuando la mayoría de las personas siente que el entorno es riesgoso, algo cambia en la forma en que nos relacionamos.

Desde lo individual, el miedo constante tiene un costo alto.

Vivir en alerta permanente eleva el estrés, aumenta la ansiedad y reduce nuestra capacidad de confiar.

El cuerpo no distingue fácilmente entre amenaza real y amenaza percibida.

Si creemos que el otro es peligro, nuestro organismo reacciona como si lo fuera.

Eso impacta la salud mental, la calidad del sueño, la manera en que educamos a nuestros hijos.

Un niño que crece escuchando que el vecino es sospechoso, que el extranjero es amenaza, que el diferente es riesgo, aprende a desconfiar antes de conocer.

Pero el costo no se queda en lo personal. Se expande.

De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Discriminación del INEGI, una parte significativa de la población reconoce que no estaría dispuesta a que ciertas personas vivieran en su colonia: personas migrantes, con orientaciones sexuales distintas o de otras religiones.

Eso no es un dato frío, es una señal de fragmentación social.

Cuando el miedo define nuestras decisiones, la comunidad pierde cohesión, la cooperación disminuye y el espacio público se vacía.

Invertimos más en muros que en puentes, más en rejas que en diálogo.

También hay un costo económico. El miedo modifica patrones de consumo, decisiones de inversión y dinámicas laborales.

Si no confiamos, no colaboramos. Si no colaboramos, no crecemos.

Las sociedades con alta desconfianza interpersonal suelen tener menor capital social, menos participación comunitaria y menor capacidad de organización colectiva.

Y aquí aparece el punto político: el miedo puede ser administrado, puede amplificarse y puede dirigirse hacia determinados grupos.

Cuando el discurso público insiste en dividir entre “nosotros” y “ellos”, la identidad colectiva se vuelve defensiva.

Se fortalece en la exclusión, pero una identidad basada en el rechazo es frágil. Necesita enemigos constantes para sostenerse.

Superar el miedo no significa negar los problemas reales de seguridad.

México enfrenta desafíos serios, pero hay una diferencia entre atender la inseguridad y convertir la sospecha en norma social.

La confianza también es política pública. Se construye con instituciones que funcionan, con información transparente, con espacios de encuentro.

El miedo tiene un costo individual: ansiedad, aislamiento y desgaste.

Tiene un costo social: fragmentación, discriminación y debilitamiento comunitario.

Y la pregunta es profunda: ¿queremos vivir en una sociedad que se protege aislándose o en una que se fortalece confiando?

Porque el otro no siempre es una amenaza, a veces es una posibilidad.

Usted, ¿qué piensa?

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