Por: Betty Astudillo
Hoy quiero hablar de un instrumento poderoso que muchas veces pasa desapercibido: el documental.
No el documental como entretenimiento, sino como denuncia pública.
Desde hace décadas, el cine documental ha sido una herramienta para mirar lo que el poder preferiría mantener fuera de cuadro: desapariciones, violencia estructural, desigualdad, historias que no suelen ocupar la primera plana.

En México, uno de los proyectos más relevantes en este terreno es Ambulante, el festival itinerante de documentales impulsado, entre otros, por el actor Gael García Bernal.
Su propuesta es simple y, al mismo tiempo, profundamente política: llevar el documental a plazas públicas, universidades, barrios, comunidades donde muchas veces el cine no llega.
Porque cuando una historia se proyecta en pantalla, no solo se ve, se discute.
Y muchas de esas historias tienen algo en común: las mujeres.
Madres que buscan a sus hijos desaparecidos. Activistas que enfrentan violencia. Comunidades que viven abusos.
El documental ha permitido que esas voces, que con frecuencia quedan fuera del discurso oficial, encuentren un espacio de memoria y de conversación pública.
Si bien no reemplaza a la justicia, ayuda a que el silencio no sea total.
En sociedades democráticas, el arte y el periodismo cumplen una función esencial: recordarnos aquello que “el poder preferiría no escuchar”.
Por eso el documental incomoda, señala, expone.
Y aquí aparece un contraste inevitable. Mientras iniciativas culturales como Ambulante promueven la visibilidad de historias de violencia, resistencia y búsqueda, el escenario político envía otros mensajes.
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, celebró recientemente el 8 de marzo, fecha simbólica para las mujeres, acompañada por integrantes de las fuerzas armadas.
La imagen de una mujer presidenta, rodeada de uniformes militares fue contraproducente para ella. El mensaje parece claro: autoritarismo y miedo.
Una escena que refleja una contradicción más profunda, además de denigrar a las militares al papel de una labor doméstica: “tejedoras”.
Porque el avance de las mujeres no se mide solo por quién ocupa el poder, sino también por qué voces son escuchadas cuando ese poder se ejerce.
Las madres buscadoras, las defensoras de derechos humanos, las periodistas amenazadas, las mujeres que documentan la violencia en sus comunidades, siguen esperando respuestas institucionales claras.
El documental hace algo que la política muchas veces evita: pone rostro a las estadísticas.
Un número puede olvidarse, una historia no. Y en ese sentido, festivales como Ambulante cumplen una función cívica: abrir espacios donde la memoria, el arte y la crítica social se encuentran.
En tiempos donde la comunicación política privilegia el espectáculo y la imagen, como en el concierto de Shakira, el documental nos recuerda que también existe otra forma de mirar el país: con tiempo, con contexto, con voces que rara vez ocupan el centro del escenario.
Quizá por eso incomoda, porque el documental no aplaude, pregunta. Y las preguntas, cuando se proyectan en pantalla grande, son difíciles de ignorar.
Y usted…
¿qué historias cree que aún faltan por contarse en México?
Nos escuchamos en la próxima Mirada Pública.

