Por: Betty Astudillo
Tema: Espectáculo, poder y la deuda con las mujeres
Hoy quiero hablar de prioridades. No de gustos musicales. No de si un concierto gusta o no.
Sino de lo que comunica el poder cuando decide qué mostrar y qué postergar.

La reciente participación de Shakira en un evento promovido por el gobierno de Morena fue celebrada como un acto cultural, masivo, cercano al pueblo.
Y sí, la cultura popular importa. Su música convoca, une, genera identidad colectiva, pero gobernar no es solo convocar multitudes. Es atender urgencias.
Mientras los reflectores iluminan el escenario, hay mujeres buscando en la oscuridad.
Madres buscadoras que recorren fosas clandestinas, que excavan con sus propias manos ante la insuficiencia institucional.
Hasta ahora, la presidenta Claudia Sheinbaum no ha sostenido encuentros formales públicos con estos colectivos en esta etapa de gobierno.
No es un detalle menor. La escucha también es política pública.
Ahora vayamos a los datos. Según cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, México ha registrado en los últimos años alrededor de 1,000 feminicidios anuales, dependiendo del año y del criterio de tipificación.
Además, cientos de homicidios dolosos de mujeres no siempre se clasifican como feminicidio, lo que abre un debate sobre subregistro y criterios judiciales.
Es decir: la violencia contra las mujeres no es percepción es estadística persistente.
México ha avanzado en representación política femenina. La paridad constitucional es un logro histórico.
Hoy hay más mujeres en el Congreso, en gobiernos estatales, en el gabinete federal que en cualquier otro momento.
Eso es un avance real, pero la representación no sustituye la protección a mujeres. Ni la presencia en cargos elimina la violencia estructural.
Las políticas públicas para mujeres existen: programas sociales, reformas legales, alertas de género, fiscalías especializadas, entre otras.
El problema no es la ausencia de leyes. Es la efectividad. Porque cuando los refugios enfrentan recortes o limitaciones presupuestales, cuando las investigaciones se retrasan, cuando la impunidad supera el 90% en delitos graves, la política pública pierde fuerza en la práctica.
Ahora hablemos de comunicación política.
Los gobiernos modernos entienden que el espectáculo genera narrativa.
Un concierto masivo produce imágenes positivas, trending topics, sensación de cercanía.
Es una estrategia clásica mostrar vitalidad cultural mientras se proyecta estabilidad y respaldo popular.
El problema no es el evento. El problema es el contraste, cuando hay madres buscando restos humanos, cuando hay mujeres asesinadas por razón de género. Cada acto festivo del poder se compara inevitablemente con esas ausencias.
Y aquí surge la pregunta incómoda: ¿está el gobierno mostrando la misma intensidad para escuchar el dolor que para producir espectáculo?
No se trata de oponer cultura contra justicia. Se trata de coherencia política.
Un gobierno puede organizar conciertos y, al mismo tiempo, fortalecer la política de búsqueda, atender a colectivos, reforzar fiscalías, garantizar presupuesto a refugios.
La cuestión es si eso está ocurriendo con la misma prioridad. El espectáculo pasa, la imagen se desvanece, pero la violencia permanece si no se enfrenta con eficacia.
La legitimidad no se construye solo con aplausos. Se construye escuchando a quienes no tienen escenario.
Por ello, las preguntas no son musicales son institucionales:
¿Dónde están las madres buscadoras en la agenda pública?
¿Dónde está la reducción sostenida de feminicidios?
¿Dónde está la política integral que garantice seguridad real para las mujeres?
Porque gobernar también implica decidir a quién se le da el micrófono… y a quién se le da la respuesta.
Y usted, ¿qué piensa?

