Betty Astudillo
Mirada Pública
El General incómodo y el silencio que incomoda más
En México hay instituciones que parecen de acero: firmes, respetadas, pero difíciles de mirar por dentro. Las Fuerzas Armadas son una de ellas.
Y, sin embargo, hace más de dos décadas, un general decidió hacer algo inusual: cuestionarlas desde adentro. Su nombre: José Francisco Gallardo Rodríguez.
El General Gallardo no era un rebelde. Era un militar formado en la disciplina, en la lealtad, en la estructura. Pero también era un hombre que entendía que la lealtad no debería estar peleada con la legalidad, ni con la dignidad.
En los años noventa propuso algo que hoy suena razonable, incluso necesario: la creación de un ombudsman militar. Una figura autónoma que protegiera los derechos humanos de los propios soldados frente a abusos internos.
Porque sí, dentro del Ejército también hay silencios que pesan. Jerarquías que pueden aplastar. Órdenes ilegales que no admiten preguntas. Pero el sistema no respondió con apertura. Respondió con castigo.
Gallardo fue encarcelado, acusado, aislado, desacreditado y convertido en ejemplo de lo que ocurre cuando alguien rompe la línea.
Su caso no solo sacudió a México, también cruzó fronteras. Llegó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y a otras instancias internacionales, incluyendo la ONU, que documentaron violaciones a sus derechos y puso en evidencia algo más profundo: la dificultad de cuestionar al poder armado desde dentro.
Y aquí es donde la historia deja de ser pasado y empieza a ser presente.
Porque hoy, en México, las Fuerzas Armadas ya no solo están en los cuarteles. Están en las calles, en tareas de seguridad pública, mal construyendo infraestructura, cometiendo ecocidio, administrando proyectos estratégicos. Su presencia se ha expandido como tinta que avanza sobre el papel institucional.
Y cuanto más poder se concentra, más necesaria debería ser la vigilancia. Pero ocurre algo inquietante: el escrutinio no crece al mismo ritmo. La crítica se vuelve incómoda y la rendición de cuentas parece diluirse entre discursos de confianza absoluta.
Entonces, la pregunta regresa, terca, inevitable: ¿quién vigila a quienes tienen el poder de la fuerza? El caso Gallardo no es una anécdota. Es una advertencia. Nos recuerda que una democracia no se define solo por elecciones, sino por límites, por contrapesos, por la posibilidad real de cuestionar incluso a las instituciones más respetadas. Porque el verdadero patriotismo no es el silencio. Es la vigilancia.
Y entonces, la pregunta ya no es sobre el pasado, ni siquiera sobre el General Gallardo. La pregunta es sobre nosotros, sobre el país que estamos construyendo y el que estamos permitiendo.
Porque cuando una institución crece sin vigilancia, no se fortalece, se vuelve intocable. Y lo intocable, en democracia, siempre es peligroso.
Hoy, las Fuerzas Armadas están cada vez más cerca de la vida pública, pero no necesariamente más cerca de la rendición de cuentas. Y ahí, el silencio deja de ser respeto y empieza a parecerse a la renuncia. La renuncia a preguntar. La renuncia a exigir. La renuncia a incomodar.
El General Gallardo no pidió aplausos. Pidió controles. Pidió límites. Pidió algo que sigue siendo incómodo: que el poder también obedezca.
Porque un país donde nadie puede cuestionar al poder armado, no es un país seguro. Es un país en pausa. Un país donde la democracia deja de respirar, poco a poco sin hacer ruido.
Y cuando eso pasa, ya no importa cuántos soldados haya en las calles. Porque lo que empieza a faltar, no es solo seguridad, es libertad.
Y usted, ¿Qué piensa?
Porque la deuda del Estado mexicano en el Caso Gallardo sigue vigente, dedico esta intervención a la memoria de mi querido General Gallardo en su quinto aniversario luctuoso.
Nos escuchamos en la próxima Mirada Pública

