Por: Betty Astudillo
Hoy quiero compartir con ustedes una preocupación que no es solo mía: ¿La democracia mexicana está en riesgo?
Nuestra democracia no se perdió de un día para otro. No hubo un golpe. No hubo una ruptura espectacular, pero sí hay algo más inquietante: se está desgastando poco a poco, desde el poder.
Y conviene decirlo claro, la democracia no es solo votar, es convivir con reglas, con límites, con contrapesos. Es aceptar que nadie tiene toda la verdad y que el poder, si no se vigila, se desborda.
Este desgaste no ocurre solo en México. En el mundo, cada vez más personas viven bajo gobiernos autoritarios, instituciones debilitadas, líderes personalistas, sociedades polarizadas.
México no es una excepción, pero sí tiene su propia historia. Nuestra democracia fue una conquista ciudadana. Costó décadas. Entre los años setenta y noventa se construyeron elecciones competidas, un sistema de partidos plural y algo fundamental: la alternancia pacífica en el poder.
El problema es que esa democracia no cumplió muchas de sus promesas: la corrupción siguió, la violencia creció, la desigualdad persistió. Y cuando la democracia no responde, la gente se desencanta.
Ese desencanto fue el terreno perfecto para un proyecto político que llegó por la vía democrática, pero que hoy pone en riesgo a las instituciones que lo hicieron posible.
La principal señal de alerta es la concentración del poder en una sola figura, en el Ejecutivo.
No es solo un estilo personal de gobernar. Es una estrategia que debilita contrapesos y reduce el espacio para el disenso.
Desde el discurso oficial se ha instalado una división peligrosa: el pueblo bueno contra los enemigos del pueblo.
Cuando se niega la legitimidad del que piensa distinto, se cancela el debate. Y sin debate, no hay democracia.
También hemos visto un Congreso debilitado, órganos autónomos asfixiados presupuestalmente y desprestigiados desde el poder.
Instituciones creadas para vigilar, para proteger derechos, para poner límites, hoy están bajo ataque.
Incluso mecanismos que deberían fortalecer la participación ciudadana, como las consultas populares, se han usado para validar decisiones ya tomadas. Eso no es democracia directa. Es simulación.
La comunicación del gobierno tampoco ha fortalecido la rendición de cuentas. Las conferencias matutinas fijan agenda, polarizan, descalifican; pero no sustituyen la transparencia, ni el diálogo democrático.
A esto se suma una oposición debilitada, sin proyecto claro y una sociedad civil tratada como enemiga.
Cuando los contrapesos políticos y sociales fallan al mismo tiempo, el poder opera sin vigilancia.
Hoy vivimos una paradoja peligrosa: la democracia se está erosionando con respaldo popular. Es la democracia cancelando a la democracia.
Pero el futuro no está cerrado. Aún hay resistencias: medios, organizaciones civiles, ciudadanía activa, espacios que se niegan a desaparecer.
La pregunta no es solo si la democracia está en riesgo. La pregunta es: ¿Qué estamos dispuestos a hacer para defenderla?
Porque las instituciones, cuando se erosionan, rara vez se reconstruyen solas.
Nuestra democracia no ha muerto, pero sí está siendo puesta a prueba.
Y ahora le pregunto a usted: ¿qué piensa?

