Por: Betty Astudillo
Hoy quiero hablar de un enemigo que no se ve a simple vista, pero que puede hacer daño a quienes más queremos: nuestros niños: estoy hablando de los parásitos intestinales.
Un estudio reciente realizado en guarderías de la Ciudad de México encontró que casi 1 de cada 5 niños tiene parasitosis intestinal cuando se les revisa con estudios clínicos.
¡El 20%! y en menores de tres años la cifra sube a más de 37%, y en niños con desnutrición los parásitos intestinales llegan ¡hasta un 86%!
Es decir, no es algo marginal. Y si esto sucede en la Capital de la República, imagínese al interior del país!!
Aunque algunos parásitos pueden estar presentes sin síntomas, muchos causan dolor abdominal, diarrea, anemia, fatiga y afectan el crecimiento físico y cognitivo de los más pequeños.
Y estos datos no son aislados. En distintas regiones de México, estudios han registrado tasas mucho más altas: en comunidades marginadas y rurales las parasitosis han alcanzado prevalencias de 38% hasta 100% en niños, dependiendo del lugar y las condiciones sanitarias.
Entonces la pregunta no es si existen parásitos. La pregunta es por qué no estamos actuando para prevenirlos, en vez de solo reaccionar cuando ya hay enfermedad.
Porque aquí está el punto central: la desparasitación periódica y la educación sanitaria sí funcionan. Programas que incluyen revisiones clínicas, higiene en las guarderías y tratamiento cuando hay infección han mostrado que es posible mantener las tasas más bajas de parasitosis.
Pero en México no hay una campaña nacional sostenida de desparasitación. No hay una política pública consensuada que enseñe, recuerde y facilite a las familias este cuidado básico.
Hay recomendaciones aisladas, pero no hay sistema nacional de prevención que llegue a las escuelas, a las comunidades marginadas, a las familias con menos acceso a servicios.
Eso tiene consecuencias humanas y económicas profundas: cuando los niños viven recurrentemente con parásitos, su nutrición se deteriora, la anemia sube, su rendimiento escolar cae, y aumentan las consultas médicas y hospitalizaciones.
Sabemos también que la edad y el estado nutricional importan. Los más pequeños y aquellos con desnutrición tienen riesgo mucho mayor de parasitosis.
Esto no es casualidad: condiciones de pobreza, agua contaminada y hogares sin servicios básicos siguen siendo caldo de cultivo para estos organismos.
La salud pública no es solo vacunación cuando la OMS presiona. Es cuidado preventivo sistemático, es educación sanitaria desde la infancia.
Es hacer de la desparasitación una rutina, como se habían hecho con otras medidas preventivas exitosas, que por cierto se minimizaron en este gobierno que nos habla de bienestar.
Y es una responsabilidad del Estado apoyar eso con campañas sostenidas, con presupuesto, con coordinación entre escuelas y servicios de salud, con información clara para todas las familias.
Porque un niño que no está sano, no aprende igual, no se desarrolla igual y a la larga, no vive igual.
Por cierto, queridos radioescuchas, si sienten que les pica la… curiosidad, ¿ya se desparasitaron?
Porque la prevención es un acto de justicia social. Y la desparasitación periódica no debería ser una excepción, sino una norma.
Usted ¿qué piensa?

