José Luis Aguirre Huerta *

 

Hay golpes tan fuertes, tan fuertes en la vida, como el tropel de bárbaros Atilas, el autor de “Los Heraldos Negros”, “Trilce” y “Poemas Humanos”, fue golpeado Vallejo, por la injusticia de ser arrastrado a mazmorras pestilentes por hechos que nunca cometió, tal injusticia le imprimió un sello imborrable para conducirlo al autoexilio en París, donde fallece en condiciones de extrema pobreza.

Sus poemas humanos lo han hecho trascender en todo tiempo y lugar, hasta ubicarlo en el sitial de un poeta universal, un hombre con gran contenido humanitarista, quien plasma en su poemario el desgarramiento del sufrimiento humano, evocando en sus oraciones nos dice: “¡Oh Dios porque no fuiste humano para ser mejor Dios!”

Golpes tan fuertes como el odio de Dios y ante ellos la resaca de todo lo sufrido se empoza en el alma, abren zanjas en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte, son Heraldos Negros que nos manda la muerte, ondas caídas de los Cristos del alma, algún pan en la puerta del horno que nos quema  y el hombre vuelve los ojos locos a todo lo vivido.

Cual erráticos bardos prisioneros, los álamos de sangre se han dormido, supervive el azul urdido en hierro amortajando las pupilas.

La cruz que nos alienta no detendrá sus remos hasta cuando esté en el valle de lágrimas, a donde yo nunca dije me trajeran, todo bañado en llanto, cabizbajo y vencido, hasta ¿cuándo la cena durará? y se acerca y aleja de nosotros como negra, cuchara de amarga escancia humana, si he cantado mucho, he llorado más por ti, oh mi parábola excelsa del amor, quédate en la fragua, quédate en la eterna nebulosa y si no has querido plasmarte en mi emoción de amor, deja que me azote como pecador.

La poesía en Vallejo proyecta una deshojación sagrada, se va deshojando en sombras, roja corona de Jesús que se traspola en dulce de esmeraldas, bajo la luna con alocado corazón celeste, bogando dentro de la copa llena de vino hacia el oeste, cual derrotada y dolorida popa; luna a fuerza de volar en vano, con holocausto en ópalos dispersos, tu eres tal vez mi corazón gitano, que vaga en el azul llorando versos.

Su poesía nos sitúa ante el drama del hombre peruano, frente al estigma de la magia que le concede su sangre india y la visión occidental de la vida, dotada por su mezcla española.

El fantasma de la muerte aparece en la mayor parte de sus poemas, sin interpretación metafísica alguna, solo con respeto y temor habla de la muerte como un personaje que asiste acompañante de su vida, que lo sobrecoge y proyecta hacia la reflexión poética, al grado iconoclasta, en “los dados eternos”: Dios si tu hubieras sido hombre, hoy supieras ser Dios, exclama por la angustia en un enfrentamiento ante el Ser que considera superior y le reprocha su actitud de abandono, Dios esta noche sorda y oscura ya no podrás jugar, porque la tierra es un dado roído y redondo, a fuerza de rodar a la ventura y no puede parar sino en un hueco, en el hueco de la inmensa sepultura y la muerte vuelve a asomar su rabia emergente del dolor, los versos brotan como quejidos en los que se funde el ambiente gris de la desilusión.

Su paso por el sistema carcelario adverso a la justicia, durante más de cien días de ignominia, donde emerge una impronta claramente vanguardista, rompiendo con los moldes de la poesía modernista.

César Vallejo incendia la palabra en el horizonte, como tigre de bengala para establecer un punto de contacto entre el sufrimiento y el amor.

JOSÉ LUIS AGUIRRE HUERTA (*)

Abogado de Profesión

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