La ilusión de la mayoría

Mirada Pública

Betty Astudillo

LA ILUSIÓN DE LA MAYORÍA

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Les propongo un ejercicio rápido: abran su red social favorita en este momento. Revisen las tendencias o los comentarios del video político del día. ¿Se han fijado en la cantidad de perfiles sin foto, con nombres llenos de números, que repiten frases similares de apoyo al gobierno en turno? ¿Les ha pasado que intentan reportar una de estas cuentas falsas como spam y, mágicamente, la aplicación les marca un error o no los deja?

Hoy vamos a hablar de los fantasmas que  habitan nuestras pantallas: las granjas de bots y el spam a favor del gobierno. Porque esto no es un error informático casual, amigos; es una estrategia de manipulación masiva diseñada para hacernos dudar de nuestra propia realidad.

En el mundo de la comunicación política esto tiene un nombre elegante: Astroturfing. Viene del célebre césped artificial “AstroTurf”. El término se usa porque busca simular un movimiento “pasto”, un movimiento de raíz, es decir, el apoyo espontáneo del pueblo. Pero no hay nada de espontáneo ahí, son oficinas enteras, extraoficialmente se sabe que son financiadas con dinero público y privado, y que coordinan miles de cuentas falsas al mismo tiempo.

¿Para qué lo hacen? Principalmente por tres razones. La primera: la ilusión de la mayoría. Si tú entras a ver una noticia y ves a mil personas aplaudiendo al gobierno y solo a tres criticándolo, tu cerebro tiende a pensar: “Bueno, tal vez la mayoría está de acuerdo y yo estoy equivocado”. Pretenden modificar el termómetro social.

La segunda razón es hackear el algoritmo. Las redes sociales no premian la verdad, premian el volumen y la velocidad. Si una red de bots posiciona un hashtag oficialista, la aplicación lo vuelve tendencia. Y la tercera es el ataque: estas cuentas también se usan como jaurías digitales para agredir o denunciar masivamente a periodistas, activistas o ciudadanos críticos, logrando que el algoritmo les tumbe sus perfiles reales.

Ahora, vayamos a la segunda parte del misterio, que es lo que más frustración genera: ¿por qué cuando tú, ciudadano de a pie, intentas reportar ese spam evidente, la aplicación parece ponerse del lado del bot? ¿Por qué se traba la pantalla o te dice que “la cuenta no infringe las normas”?

Aquí hay una realidad frustrante. Las plataformas digitales hoy son negocios que cobran por la relevancia. Con la llegada de los modelos de suscripción premium, cualquiera —incluyendo los operadores de bots políticos— puede comprar una palomita azul de verificación. Para los ojos automatizados de la red social, esa marca le da a la cuenta un estatus de alta confianza. Tu reporte individual contra una cuenta que paga es, lamentablemente, una batalla cuesta arriba.

Además, los moderadores humanos ya casi no existen en las redes; todo lo hacen inteligencias artificiales saturadas. Cuando hay campañas políticas intensas, los reportes se cuentan por millones y los sistemas simplemente colapsan o descartan las denuncias para no complicarse.

¿Qué nos queda por hacer ante este ecosistema tan contaminado? Lo primero es entrenar el ojo. Si un perfil no tiene rostro, se creó hace dos meses, solo habla de política, aplaude al gobierno y publica muchos tuits por hora, no discutas. No le respondas, porque tu respuesta le da más relevancia frente al algoritmo.

Y si la aplicación no te deja reportarlo, no pierdas el tiempo peleando con el sistema de denuncias: usa el botón de bloquear. El bloqueo es inmediato, es fulminante y limpia tu pantalla.

Y usted, ¿qué piensa? Al final del día, el activo más valioso que tienes en internet es tu atención. No se la regales a un fantasma digital.

Nos escuchamos en la próxima Mirada Pública.

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