Mirada Pública
Betty Astudillo
Derechos en el papel, necesidades en la realidad
Cada vez que se habla del sistema de salud en nuestro país, la discusión suele centrarse en presupuestos, instituciones o reformas. Sin embargo, pocas veces se habla de lo que realmente está en juego: la vida cotidiana de las familias.
Los datos del Panorama de la Salud 2025 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, la OCDE, que deberían encender señales de alerta, suelen ser minimizados. México invierte mucho menos en salud que el promedio de los países miembros de esta organización y cuenta con menos personal de enfermería y menor capacidad hospitalaria. Pero el problema no son solamente los números; el problema es lo que esos números representan.
Representan a la madre que pierde un día de trabajo para conseguir una consulta. Al adulto mayor que espera meses por un estudio. A la familia que, desesperada por una atención oportuna, termina pagando servicios privados, aunque ello signifique endeudarse. Cuando el sistema público no puede responder a tiempo, el costo de la enfermedad se traslada directamente a los hogares.
Por eso sostengo que hablar de salud es también hablar de desigualdad. Quien tiene recursos encuentra alternativas; quien no los tiene suele enfrentar esperas más largas, diagnósticos tardíos y mayores riesgos. La enfermedad deja de ser únicamente un problema médico para convertirse en un problema económico y social. Actualmente, le está estallando al gobierno federal, toda esta situación.
Uno de los errores más frecuentes en el debate público ha sido confundir cobertura con capacidad. Tener derecho a la atención médica es indispensable, pero resulta insuficiente cuando no hay personal suficiente, camas disponibles o servicios oportunos. Los derechos existen en el papel, pero las necesidades ocurren en la realidad.
También es momento de plantear si ¿estamos evaluando al sistema por lo que anuncia o por los resultados que obtiene? Lo verdaderamente importante no es cuánto se promete invertir, sino cuántas muertes pueden evitarse, cuántas complicaciones se previenen y cuántas personas reciben atención antes de que su condición se agrave.
México necesita fortalecer la atención primaria, recuperar coberturas de vacunación, mejorar el control de enfermedades crónicas y ofrecer una atención más eficiente y transparente. Pero también necesita reconocer un desafío que suele quedar fuera de la conversación: la salud mental y la carga de cuidados que recae, casi siempre, sobre las familias.
No se trata de desconocer los avances si los hubiera, ni de caer en el pesimismo. Se trata de asumir que los datos son una llamada de atención. Los informes internacionales como el de la OCDE tienen valor únicamente cuando sirven para corregir el rumbo y no cuando terminan archivados como una estadística más.
Al final, la salud pública no se mide por discursos ni por anuncios. Total, prometer no empobrece. Se debe medir por la capacidad de atender a tiempo, prevenir enfermedades y evitar que una emergencia médica se convierta en una tragedia financiera. El verdadero desafío para México sigue siendo el mismo: lograr que enfermar no signifique también empobrecerse.

