Vladimir Galeana

 

“A todos los héroes anónimos del país”

La historia del México que conocemos ha tenido sus mejores episodios cuando sus hijos decidieron arrastrar las consecuencias antes que permitir que los males o las desgracias cayeran sobre sus hermanos. Son muchos los actos de heroicidad que registran las páginas de nuestra historia, y en la mayor parte de las veces los hombres y las mujeres que los protagonizaron estuvieron dispuestos a perder la vida para evitar que otras fueran arrancadas por la tragedia.

Jesús García, el “Héroe de Nacozari” ha sido reivindicado y venerado por haber sacado del poblado una máquina de tren que se había incendiado, y que llevaba entre su cargamento varías toneladas de dinamita que seguramente hubieran borrado del mapa al poblado y a todos sus habitantes. Ese es el mejor ejemplo de quien en un acto impensable de heroicidad prefiere que sea una sola vida la que se pierda antes que la tragedia envuelva a los demás.

Gonzalo Miguel Rivas Cámara nació en Veracruz, y por designios del destino se aposentó en Chilpancingo, Guerrero, los últimos 20 años de su vida. Trabajaba como ingeniero en Sistemas y acudía habitualmente al expendio de gasolina cercano del lugar preferido por los normalistas de Ayotzinapa para detener el tráfico vehicular cuando de protestar y acosar al gobierno se trataba, para arrancarle prebendas y dinero para seguir con las movilizaciones y su tarea de convertirse en el azote gubernamental en un círculo vicioso consentido por las propias autoridades.

El problema para los guerrerenses es que antes de convertirse en maestros, los normalistas adquieren diversas especialidades que se engloban en las conductas consignadas y tipificadas como delitos en los códigos penales Federal y local. En una de tantas trifulcas, el 12 de diciembre de 2011, los estudiantes delincuentes tuvieron la idea de castigar a la gasolinería que en ese instante visitaba Gonzalo Miguel Rivas Cámara por el  simple hecho de que les negaron gasolina para hacer de las suyas.

Colocaron un contenedor de plástico lleno de combustible para hacerla explotar.

La lluvia de bombas molotov fue incesante porque los estudiantes buscaban provocar un gran incendio sin pensar que morirían todos. Eso lo entendió Gonzalo cuando decidió apagar con un extintor el incendio provocado en una máquina expendedora, cerró las válvulas, pero al derretirse el contenedor plástico y derramarse lo cubrieron las llamas y perdió la vida dejando en la orfandad a tres hijos.

Cuánto habrá sido la mendicidad de los responsables que el propio vocero de los padres de los 43 desaparecidos pretendió que no se le entregara la Medalla Belisario Dominguez porque significaría  criminalizar a los normalistas.

La realidad es que eso poco importó, porque mientras Gonzalo Rivas ha sido considerado un héroe, los normalistas nunca se podrán quitar el epíteto de asesinos, mientras Gonzalo Rivas Cámara será considerado “El Héroe de Chilpancingo”. Así de simple, porque hay que llamarle a las cosas por su nombre. Al tiempo.

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